El clarinetista que tocaba jazz

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Muchos años después, frente a la luz agonizante de un candil de queroseno, los nietos habrían de recordar las noches en que el abuelo Mariano regresaba de los confines de la tierra con el periódico bajo el brazo, como un mensajero de realidades remotas que nadie más alcanzaba a comprender.

Todo esto para hablar de mi padre y de mi abuelo Mariano el era el padre de mamà.

Aquella estirpe había comenzado en Jutiapa, una región de olvidos donde nació Ramón, bajo el signo de un padre militar llamado Sarvelio. Aquel abuelo de uniforme ostentaba el grado de teniente y gobernaba la autoridad de un pueblo impreciso de la geografía, hasta que una pulmonía de cuartel lo fulminó en Amatitlán, dejándole como única herencia a su viuda y a tres hijas una orfandad de solemnidad y miseria.

Fue entonces cuando Ramón, con la urgencia del hambre, descubrió que su destino estaba atado a los vientos. En su adolescencia indómita, recorrió el mapa de fiesta en fiesta y de circo en circo junto a su hermana Teresa. Eran dos espectros cantores que amenizaban las ferias locales con voces tan prodigiosas que, cuando la función del circo declinaba en el tedio, el público rugía con una impaciencia casi sagrada: «¡Que cante Teresita y Monchoooo!».

Sin embargo, los primeros acordes de aquella vida andariega se ahogaron muy pronto en la humedad de los pozos. Convertido en el sostén prematuro de la casa, Ramón entró a trabajar en una tenería familiar. Allí, entre los vapores ácidos y las fosas donde se curtían las pieles, se desvanecieron los primeros sueños de la música.

Al término de unas semanas de labor infatigable, cuando el muchacho fue a reclamar el salario de su sudor, el encargado le respondió con una frialdad de piedra que los dineros ya habían sido entregados a su madre por adelantado. Era la primera lección de una verdad inalterable: la necesidad no tiene memoria cuando el padre ya no está. No había forma de torcer el rumbo.

El pasado es un mecanismo implacable, semejante al diafragma de una cámara fotográfica que se abre y se cierra con la velocidad del relámpago; una vez fijado el retrato del tiempo, la imagen queda congelada para siempre. La pobreza parecía tener ese único propósito en el mundo: achicar el horizonte de los hombres para que no miraran más allá de sus propios pies. Acaso por eso las revoluciones de la tierra no cambiaban nada, pues existía un pacto secreto y eterno entre la desgracia del estado actual de las cosas y el ímpetu inútil de los revolucionarios.

De Ramón se sabía poco porque hablaba en susurros y contaba su historia en fragmentos dispersos. Su propia madre, María Dolores, llevaba un nombre que era un designio exacto de su tránsito por la tierra; desde el día de su nacimiento fue proscrita por el orgullo de un padre que, aunque la declaró ante los registros del mundo, se negó a concederle el derecho de su apellido Zea. Sería necesario que, muchas décadas más tarde, Ramón gastara sus pocos centavos en un abogado de la capital para abolir legalmente aquella afrenta notarial que a nadie le importaba ya.

Pero Ramón nunca abandonó la persecución de la música. Era un hombre imantado por el estruendo de las orquestas y las maderas sonantes de la marimba. Fatigado de perseguir el destino en los oficios sucesivos de curtidor, arriero de caballos y albañil de andamios, un mediodía se desplomó desde una altura de vértigo. El accidente le fracturó las costillas y sumió a las mujeres de su casa en una penumbra de escasez absoluta. Fue al cumplir los dieciocho años cuando Ramón tomó la determinación más extraña de su vida: caminó con paso firme hacia el parque central de Jutiapa.

Era la época aciaga en que las patrullas gubernamentales cazaban a los jóvenes en las esquinas para reclutarlos a la fuerza; Ramón, desafiando las leyes del miedo, fue el único voluntario que se entregó por su propia voluntad, entregando su juventud a las armas para salvar de la inanición a su madre y a sus tres hermanas.

Gracias a una sombra de influencia que aún proyectaba el recuerdo del papá Sarvelio, el muchacho logró ingresar en la Escuela de Sustitutos Militares, aquel santuario fundado en los tiempos en que el presidente García Granados retuvo al maestro italiano Pietro Visoni para que sembrara la primera Banda Marcial en los pechos de Centroamérica, antes de que Justo Rufino Barrios impusiera su ley de hierro.

Fue en esos años de partituras e himnos guerreros donde Ramón conoció a Adela, una muchacha de pies descalzos y estirpe pokomam, cuyas raíces se hundían en los lodos antiguos de Villalobos, Bárcenas y Chinautla. Era hija de la abuela Pancha, una mujer de manos encallecidas por el oficio de lavar ropas ajenas y palmear tortillas sobre el comal.

Ramón, que venía de una familia zurcida con los hilos de la venganza, el desprecio y el abandono, encontró en el hogar de los Jiménez Velásquez un remanso para sus tormentos. El patriarca de aquella casa, el abuelo Mariano, también era un iniciado en los misterios de la música. Tocaba una melodía extraña y remota, una música de la tierra que resonaba en los campos olvidados de Villa-Nueva como un conjuro para no ser borrados por el polvo del olvido.

Mariano era un jornalero atrapado en las plantaciones de tabaco, un hombre que durante años tuvo que vivir escondido en la espesura de los montes para escapar de la guardia del general Jorge Ubico. En aquellos tiempos de tiranía, tener la piel de indio o la condición de pobre era un delito que se pagaba con el calabozo o el trabajo forzado, según lo dictaba el implacable Decreto Número 1996 de la Ley Contra la Vagancia. Justo Rufino Barrios había despojado a los indios de sus tierras ancestrales para luego obligarlos a cultivar tres manzanas de café o tabaco bajo la amenaza del látigo. «¿De qué tierra habla la ley si nos la quitaron toda?», se preguntaba Mariano en la clandestinidad.

El abuelo Mariano no dejó partituras ni testamentos musicales; era un campesino cuya mayor obra de arte fue la fuga perpetua frente al régimen dictatorial. Sin embargo, en los días de bautizos y casamientos, se juntaba con una cofradía de músicos ancianos para hacer que las guitarras y el aire vibraran con un eco de felicidad que desafiaba a la tiranía. Aquellos viejos, que habían trabajado desde la infancia con caites de cuero y que habían aprendido a leer entre las sombras, terminaron sus días como los mendigos del nuevo siglo, muriendo en los callejones o pidiendo posada en los ranchos de otros pobres, confirmando que las revoluciones solo servían para cambiar el nombre de los gobernantes.

Pero Mariano no murió en el abandono. Pertenecía a una familia descomunal donde los hijos, por una herencia moral que llevaban sellada en la sangre, se hacían cargo de los padres hasta el último suspiro. La abuela, con una piedad que parecía no pertenecer a este mundo, abría las puertas a parientes lejanos de familias ya extinguidas por las pestes o el tiempo, y los acompañaba a morir con una paciencia de santa. Ella repetía siempre una advertencia bíblica: cuando los hombres mueren, el Creador les concede un plazo de gracia para recorrer todos los caminos que anduvieron en vida, con el único fin de recoger los desperdicios de su cuerpo: las uñas cortadas, los cabellos perdidos y las lágrimas derramadas en los días de dolor.

En sus años finales, el abuelo Mariano se empleó como repartidor del diario El Imparcial. Salía a las cuatro de la tarde de los talleres de la zona uno y caminaba leguas enteras hasta La Pedrera y los proyectos remotos, llevando las noticias del mundo a unos lectores invisibles que jamás conocieron su rostro.

Al regresar a casa, cerca de las diez de la noche, los nietos lo esperaban alrededor de la mesa para devorar la cena y leer los periódicos bajo la luz vacilante de un candil de queroseno. En sus horas de vigilia, Mariano se dedicaba a escribir y adaptar « loas », aquellas piezas de teatro religioso y moralizante que se escenificaban en las plazas entre acordes de vihuelas y arpas. En los días ordinarios, sembraba maíz, frijol y guisquiles en un pedazo de tierra prestada donde florecía un platanar de guineos majunches. Cuando los nietos tuvieron uso de razón, él ya era un anciano que dominaba las letras y el destino, y cuya imagen tocando la guitarra junto a su banda de viejos navegaba en la memoria familiar como un barco fantasma que el tiempo no podía hundir.




Luis

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