
Un pasado simple
Historia familiar de los Paredes, Zea, Salguero y Ceas
Los apellidos nacieron en China hace aproximadamente cinco mil años y florecieron en Europa durante la Edad Media. En aquel período comenzaron a simbolizar la propiedad privada y la identidad de las personas. En Guatemala, ejemplos como Lo de Bran y Lo de Coy, en Mixco, evidencian esta antigua tradición. A lo largo del mundo, los apellidos han sido un hilo conductor entre culturas diversas. Curiosamente, sociedades distantes entre sí crearon sistemas similares para formar apellidos, lo que sugiere un fenómeno cultural que trasciende fronteras y épocas.
En Armenia, los apellidos suelen incluir el nombre del padre acompañado del sufijo «ian», que significa «hijo de», como en Agopian, Karlakian o Tachdjian. En los países nórdicos se utiliza el sufijo «sen», de la misma manera que en Andersen o Petersen. En otras regiones de Europa aparecen prefijos y terminaciones que reflejan el mismo origen familiar. Muchos apellidos derivan de profesiones —como Carpintero o Herrero—; otros nacen de la geografía —Madrid, Bilbao o España—, mientras algunos reflejan la conexión con la naturaleza: Montes, Cuevas o Valle.
Los apellidos revelan historias ocultas de sus portadores, de sus raíces y emociones. Nombres como Expósito, Iglesias, Tirado o De María brindaron identidad a huérfanos: un abrazo legal en medio de la soledad. En la antigua Roma, los apellidos reflejaban rasgos físicos, como el curioso Manius Curius Dentatus o Marco Tulio Cicerón, cuyo lunar en forma de garbanzo dio origen a su nombre. En España, muchos apellidos derivan del nombre del padre: Álvaro se convierte en Álvarez; Domingo, en Domínguez. Otros provienen de la herencia romana consecuencia del Imperio: Aurelius, Aureliano, Orellana, Rajoy o Galiano.
Hoy, apellidos como Cabeza o Calvo continúan esa tradición descriptiva. En el País Vasco, los apellidos evocan paisajes: Celaya significa «llanura sembrada»; Cucullo, «gran corral»; y Guevara, «llano plano». En el Magreb, los apellidos se tejen con la herencia familiar, como Mohammed Ben Ahmed, «hijo de Ahmed». También las profesiones y los lugares dan vida a los nombres: El Fassi, el alfarero; El Mekki, el originario de La Meca.
El apellido Paredes
El apellido Paredes posee una etimología cautivadora, con raíces que podrían provenir del hebreo y relacionarse con la idea de huerto o vergel. Su forma original, «Par’des», evoca la conexión con la naturaleza y la fertilidad, pintando paisajes de exuberancia y abundancia. Este término tiene además un profundo trasfondo histórico vinculado al pueblo judío tras la caída del Primer Templo de Jerusalén. La Enciclopedia Judaica lo describe como un jardín real, un refugio de belleza y esplendor.
En la Biblia, la palabra aparece relacionada con jardines y paraísos. El Cantar de los Cantares resalta la belleza de los huertos; Eclesiastés y Nehemías también aluden a parques y jardines, subrayando la abundancia natural. En algunas traducciones griegas, «Par’des» aparece como el paraíso donde habitaron Adán y Eva, símbolo de plenitud y vida.
El relato del Edén narra que «Jehová Dios plantó un huerto en Edén», reflejando la riqueza de aquel entorno. El jardín albergaba árboles hermosos y frutos que alimentaban a todos sus habitantes: un verdadero edén de vida. Ese territorio, que la tradición asocia con la antigua Mesopotamia, permanece como símbolo de fertilidad y memoria.
Paredes de Nava: un inicio
PAR’DES, el jardín del conocimiento, representa un símbolo de sabiduría eterna. Este apellido se ancla también en la historia de una batalla crucial: Las Navas de Tolosa, en 1212, un acontecimiento que transformó el destino de España.
El apellido Paredes se entrelaza con otros como Salguero, Ceas y Zea. La dispersión de estos nombres narra historias de migración, mestizaje y fusión cultural. En Guatemala, su legado se remonta a la época colonial, enriqueciendo nuestra identidad latinoamericana.
Valorar nuestras raíces es celebrar la continuidad de nuestras comunidades. Nuestros apellidos son más que simples etiquetas: son portadores de relatos, tradiciones y legados que nos conectan con el pasado. Al explorar la etimología de apellidos como Paredes, Salguero, Ceas y Zea, descubrimos una compleja trama de influencias culturales y sociales.
Cada apellido cuenta una historia única y refleja las vivencias de quienes nos precedieron. La narrativa familiar es un viaje enriquecido por cada generación, marcado por desafíos y transformaciones. Fuimos reconocidos como españoles; luego, en registros posteriores, aparecimos clasificados como mulatos y más tarde como ladinos. Nuestra identidad evolucionó junto con la historia social de Guatemala.
Existe un vacío de dos siglos que todavía debemos explorar y comprender. Nombres como José, Martín o Ramón resuenan en nuestra historia familiar, mientras otros más recientes —Arcely, Perla, Wendy o Xiomara— muestran el cambio de los tiempos y las transformaciones culturales.
Los Paredes, Zea, Ceas y Salguero reflejan la fortaleza de una identidad que sobrevivió a divisiones sociales y raciales. Antes de la fundación de la República de Guatemala en 1847, ya éramos parte de esta tierra. Nuestras raíces se hunden en épocas previas a la independencia.
Ese vínculo con la historia nos impulsa a preservar nuestra cultura y nuestras tradiciones. Aunque en algunas actas aparecemos definidos como «naturales», pareciera que en otro momento de nuestra historia fuimos considerados «tributarios». En cuanto a la identidad indígena de nuestra familia de Jutiapa, pocos se sentirían inclinados a reconocerse como tales bajo el apellido Paredes, asociado a un terrateniente hispánico. Sin embargo, es evidente que los nombres y apellidos de origen maya coexistieron y continúan coexistiendo con otras culturas en Guatemala.
La historia de nuestra familia es un canto a la diversidad y a la resistencia cultural. Llevamos en nosotros el legado de quienes nos precedieron. La condición de mulato aparece reflejada en familias antes clasificadas como indios o mestizos en antiguos registros civiles, como si una pluma administrativa hubiera transformado identidades enteras.
Ser ladino pudo convertirse en un fenómeno social que unió a personas con herencias culturales compartidas. La noción de nación se tejió con los hilos de nuestras historias comunes. Pronto, el ADN revelará nuevas verdades sobre nuestras raíces étnicas, aunque nada cambiará la riqueza de la vida ya vivida.
Somos un colectivo unido por lazos que van más allá de las etiquetas. Recordemos que, en tiempos de piratería y guerras coloniales, mulatos y mestizos defendieron territorios hispánicos como soldados. España aprovechó la fuerza de pardos y mestizos para resistir invasiones.
Al explorar nuestros apellidos, descubrí que Paredes, Zea, Salguero, Sea y Ceas provienen de una misma región cercana a Palencia, en pueblos separados apenas por unos cincuenta kilómetros. Más que linajes de grandes conquistadores, parecieran historias de migrantes trabajadores que huyeron de la expropiación de tierras, las guerras, la peste y la pobreza. Aunque hubo personajes históricos como el capitán Alonso García de Paredes o Mariano de Paredes, estos no parecen pertenecer a nuestra rama familiar.
Es cierto que muchos emigrantes españoles vivieron formas de explotación similares a las sufridas por indígenas y africanos en las minas. Eran vistos únicamente como mano de obra, sin reconocimiento de su humanidad. A partir de 1860, la situación de algunos migrantes comenzó a mejorar. Muchos habían abandonado su tierra natal en busca de nuevas oportunidades.
En mi familia, la identidad ladina se entrelaza también con la conversión religiosa. Después de años de investigación, no encontré evidencia de una herencia judía directa en nuestras raíces. Nuestras tradiciones, nombres y creencias muestran una continuidad profundamente católica.
Nuestra historia comienza con la llegada de extranjeros a estas tierras. Tal vez nuestros antepasados compartieron el viaje con quienes ya habitaban la región. Sin embargo, los primeros ecos de esa travesía se pierden en dos siglos de silencio. Al llegar al siglo XVII contemplamos tanto un pasado ausente como un presente que nos invita a seguir indagando.
Cómo llegamos a este punto
A veces es más fácil dejar que el tiempo fluya e ignorar los vientos de recuerdos que traen consigo tormentas. Tormentas que arrastran a nuestros seres queridos, nuestros sueños y las metas que anhelábamos alcanzar. Huracanes que nos arrancan de raíz y nos obligan a abandonar la tierra que nos vio nacer en busca de un nuevo destino.
En el desconsuelo, algunos buscaron refugio en las sombras del alcohol y las drogas. Sin embargo, incluso en medio del odio y la confusión, también encontramos amor en las miradas cruzadas por la calle.
Ustedes son la esencia de mi ser: los cabellos lacios, los cabellos rizados, los ojos de José María Sarvelio, el llanto de Onofre al despedirse de la vida, los recuerdos de Teresa, el viaje de Blanca Lidia, las manos del clarinetista, los dolores de las Marías, las lágrimas ocultas cuando dejé a mis hermanas.
Ustedes son el reflejo de mis raíces: el cáncer de mi mamá, los amantes de Julia, los hijos de Dora, Josefina y Blanca Lidia; el drama de nuestras soledades en tierras extranjeras. Son las manos del albañil, los pies con caites, los primos y hermanos que nunca conocimos. Son también los títulos y diplomas que hemos alcanzado.
Nosotros somos el eco de nuestros recuerdos.
En este viaje de la vida sufrimos violencias, desprecios, humillaciones, robos, secuestros, desapariciones y despojos. Lo que le hicieron a uno de los nuestros nos lo hicieron a todos. Por eso debemos recordar que somos uno: sufrimos juntos y celebramos juntos. Cuando alguien de nosotros muere, algo dentro de nosotros también muere. Cuando alguien triunfa, todos triunfamos.
Hablaremos de nosotros y descubriremos que, más allá de la tristeza y la alegría, somos formidables.
El relato de la abuela Francisca
En mi adolescencia, mi abuela Francisca me llevó a su trabajo en una lavandería. Mientras restregaba la ropa, me narró la historia de nuestra familia con la ternura de los viejos. Me habló de Calixta, Herlinda, Florencio, Francisco y Timotea; de los Chinchilla, Velásquez, López y Monterroso; de lugares como Chinautla, Amatitlán, Villalobos y Bárcenas.
Me animó a buscar a nuestros parientes y a presentarme con orgullo. También me habló de sufrimientos y humillaciones que, a veces, provenían de nuestros propios seres queridos. Quizá la superación económica trajo consigo celos y divisiones familiares.
Llevamos nuestro pasado en el cuerpo
Hace años, una conversación fugaz con mi primo Julio Martín, hijo de Teresa —hermana de mi padre—, reveló un legado familiar oculto. Ese conocimiento, guardado durante generaciones, despertó en mí una profunda curiosidad.
Durante dos décadas he reflexionado sobre este tema. En un viaje a Guatemala visité a Julio en su trabajo en un banco. Aunque abordé el asunto de manera ligera, sentí la necesidad de comprender la magnitud de nuestro legado familiar.
En una conversación, Julio evocó la herencia de su madre, Teresa de Jesús, y la rica historia familiar que la acompaña. La memoria se convirtió entonces en un lazo que nos une a nuestras raíces y tradiciones.
«Me llamo Julio Martín y soy abogado»
Soy abogado. Mi madre, Teresa, me habló mucho de mi abuela María Dolores, a quien nunca conocí. Su figura se convirtió en un espectro que habitó mis noches mientras escuchaba los relatos sobre las penurias de su vida.
María Dolores, hija de Rodrigo Salguero y Onofre Zea, tuvo ocho hermanos: José Lino, Margarita, Adrián, Filiberta, Timoteo, Margarito, Alberto y Piedad Ramón. Cuando nacieron los gemelos, mi madre contaba que Onofre murió durante el parto. Recuerdo cómo hacía pausas, suspiraba y decía con la voz quebrada: «¡Ah, los cuachitos!». Esa misma noche murieron también los gemelos, y lo ocurrido quedó grabado en la memoria familiar como una maldición.
Rodrigo Salguero nació en 1853. Durante sus 72 años de vida desempeñó distintos oficios: soldado de infantería, agricultor y también guisache. Parece que ejerció este último oficio con especial talento, pero tras la muerte de Onofre, en 1904, su vida quedó marcada por la desgracia.
Días después, sin explicación aparente, Rodrigo vendió la pequeña casa que protegía a la familia y abandonó a sus hijos al cuidado de unos conocidos del pueblo. Desapareció con la misma promesa que Fantine hace en «Los miserables» cuando deja a Cosette con los Thénardier: «Ya volveré por ustedes».
Los seis hermanos quedaron sumidos en una infancia de miseria. Dormían en el suelo y sobrevivían con sobras. El pueblo parecía aceptar con indiferencia la tragedia de aquellos niños despojados del amor de su madre y del refugio de su hogar.
Las preguntas sobre el abandono resonaron durante años en la mente de mi madre. ¿Por qué Rodrigo vendió la casa? ¿Por qué olvidó a sus hijos?
Los relatos de mi mamá, siempre interrumpidos por silencios interminables, reflejaban la angustia de una hija que buscaba respuestas. Cada pausa parecía contener un grito. En esos silencios yo imaginaba a María Dolores atravesando la puerta, cansada de la vida, para continuar ella misma el relato del destino de los Zea Salguero.
El pueblo de Jutiapa, como un tribunal permanente, juzgaba la conducta de Rodrigo. Cuidar a seis niños era una carga inmensa: seis bocas que alimentar, seis pares de zapatos, seis platos en cada comida.
Todavía veo a mi madre llorar mientras me contaba estas historias. Y yo tampoco puedo evitar llorar cuando pienso en ese destino.
Son rosarios de palabras que avanzan unas detrás de otras, llevando consigo las vidas de Onofre, María Dolores, Teresa, Ramón, Julia Elena, Josefina y también las nuestras.
Yo, Julio Martín, abogado, quisiera que la injusticia compareciera ante un tribunal simbólico por el daño causado a nuestra familia. Quisiera que las lágrimas de nuestros padres y madres fueran reconocidas como inocentes y que todos pudiéramos entrar dignamente en esta casa hecha de palabras para afirmar que, más allá de nuestros errores, distancias, tristezas y despedidas, nos hemos amado profundamente.
Lourdes Paredes Zea: la madre y la mamá
Para saber quiénes somos llevamos un nombre; para saber de dónde venimos, llevamos dos apellidos. A través de ellos podemos adivinar la historia, el carácter y la dignidad de nuestros padres.
Me llamo Lourdes. Mi nombre proviene de la comunidad francesa de Lourdes, en los Pirineos, cerca de la frontera española, donde según la tradición apareció la Virgen ante unos niños pastores, entre ellos Bernadette.
Llevo los mismos apellidos de mi madre, de mamita Teresa y de Julia Elena. Teresa tuvo el coraje de asumir tanto el papel del padre que trabaja como el de la madre que protege y da cariño.
Comprendo ahora que sé muchas cosas de nuestra familia porque mamita Teresa nos las contó. María Dolores, mi abuela, sufrió profundamente, tanto por pobreza como por desamor. En aquellos tiempos, sin el apoyo de un marido responsable, muchas mujeres sobrevivían trabajando como sirvientas y viviendo en cuartos miserables.
Esa fue parte de nuestra herencia: trabajo, pobreza y machismo. Teresa, Julia, Josefina y José Ramón crecieron en medio de esas dificultades.
Pero mi verdadera mamá fue Teresa. Ella me protegió siempre, trabajó como sirvienta, lavó ropa, hizo flores y realizó cuantos oficios pudo para darme abrigo y cuidado.
Mi madre biológica, Josefina, vivía atrapada en sus propios sufrimientos. Hoy pienso que pudo haber padecido una enfermedad mental. Varias veces puso mi vida en peligro y llegó incluso a dejarme con extraños. Pero Teresa siempre estaba allí para rescatarme.
Recuerdo especialmente a Rosanita, hermana de mi abuela María Dolores. Un día, aprovechando la ausencia de mamita Teresa, me llevó consigo. Fue un secuestro silencioso que duró años. Me obligaba a trabajar para ella y su familia sin recibir nada a cambio.
Con el tiempo comprendí que Teresa no me abandonó: simplemente no tenía el poder legal para recuperarme. Aun así, siempre supe que un día volvería por mí. Y así ocurrió. Cuando cumplí dieciocho años reuní fuerzas para escapar de aquel lugar.
Con esfuerzo estudié, me gradué de bachiller y luego de enfermería. También enfrenté la muerte de mi esposo, padre de mis dos primeros hijos. Comprendí entonces que el cariño recibido puede romper cadenas de tristeza y pobreza.
La mamá es quien da reglas de vida, quien arropa, quien cuenta historias antes de dormir y quien llora en silencio cuando no sabe qué dará de comer al día siguiente. Así era mamita Teresa.
Con el paso del tiempo aprendí a perdonar, aunque no a olvidar. Esa es la condición para vivir en paz. El 27 de febrero de 2024 falleció mi esposo, víctima de cáncer. Hoy encuentro fortaleza en mis hijos y en la continuidad de nuestra familia.
María Dolores, la nieta
A lo largo de nuestra vida vivimos en distintas casas: cerca de la parroquia, por Matamoros, en la zona 6 y junto al antiguo cine popular. Recuerdo especialmente a mi madre durante las festividades, fabricando y vendiendo flores.
En Navidad hacía flores de pascua; para el Día de la Madre elaboraba monjas blancas; y para el Día de Muertos confeccionaba coronas funerarias. Caminaba hasta la zona 18 y Llano Largo para venderlas.
Nosotros la acompañábamos. Cerca había una panadería donde compraba unos cachitos deliciosos. Esos pequeños gestos se convertían en grandes alegrías.
Mi madre también nos enseñó a cocinar y a trabajar. Julio se convirtió en un excelente cocinero gracias a ella. Vivía además con nosotros la tía Julia, quien sufrió una fractura en la pierna en circunstancias nunca aclaradas.
Julio, con apenas cinco años, ayudaba a cuidar a la tía Julia y colaboraba en la cocina. Un día pregunté a mi madre por el origen de mi nombre y me explicó que era un homenaje a mi abuela María Dolores. También me dijo que los apellidos Paredes Zea provenían de ella y representaban una herencia familiar que nos unía.
Mi madre era creativa. Reciclaba rollos de cartón y latas para transformarlos en macetas decoradas con flores. También hacía piñatas para cumpleaños y primeras comuniones.
Además, tenía una hermosa voz de soprano lírica. Cantaba en iglesias durante bodas, funerales, bautizos y novenas. Su fe católica se expresaba a través de la música, y su voz quedó grabada en la memoria de quienes la escucharon.
Vivimos también durante un tiempo en Antigua Guatemala debido al trabajo de mi madre. Julio se quedó estudiando con una tía. En aquellos años ocurrieron muchas cosas: Blanca Lidia tuvo una hija que murió siendo apenas una niña y fue enterrada en Antigua.
Después de esa experiencia, mi madre decidió regresar a la capital para no permanecer lejos de sus hijos. Trabajaba hasta las tres de la mañana confeccionando flores mientras yo preparaba el almuerzo al volver de estudiar.
Así transcurrió nuestra historia: entre pérdidas, sacrificios, migraciones, amor y memoria. Y aunque muchas veces la tristeza pareció imponerse, seguimos aquí, unidos por el relato de quienes vinieron antes de nosotros.
