Pienso que su bohemia estaba más cerca de la de Charles Aznavour y de Manuel José Arce que de la versión ligera que hoy se cuenta en algunas entrevistas. Usted ya no puede recordar del todo, pero yo sí me acuerdo. Nos conocimos en casa de Manuel, cuando Pablo todavía no había llegado a Marsella.
Usted llegó para trabajar algunos detalles de la edición del libro sobre la situación en Guatemala del “Tribunal de los Pueblos”. La acuarela que aparece en la portada era de Manuel. Estábamos en aquel apartamento del Boulevard de la République, en un quinto piso sin ascensor, cansados pero felices, sobreviviendo como podían sobrevivir los exiliados: entre libros, discusiones políticas, humo de tabaco y sueños imposibles. Fue ahí donde usted propuso utilizar aquella acuarela como portada.
No quiero que este recuerdo sea malinterpretado. Por eso vuelvo a Aznavour y a su canción sobre los latinoamericanos en las capitales europeas: pobres, orgullosos, enamorados de la vida aun cuando la vida parecía negarles todo.
La bohemia suya y la de Manuel se parecen mucho a esa canción.
¿Se recuerda cuando Bernadette, mi esposa, mi hijo y yo fuimos a visitarlo a Madrid? Usted vivía en la calle de Lourdes. Llevábamos la mascota de mi Chepito, un conejo, y por no dejarlo encerrado en el camping-car lo subimos a su apartamento. El maldito conejo se escondió y lo perdimos durante horas enteras. Años después, cuando le conté a Bernadette que usted se había escapado de este mundo, ella me preguntó con ternura: «¿Estás triste, verdad?». Y luego añadió, con la misma tristeza en la voz: «Yo también».
¿Se recuerda que actuaba con una pequeña tropa teatral que recorría los pueblos alrededor de Madrid representando “La venganza de Don Mendo”? Días después fuimos a la piscina donde usted alegraba las tardes haciendo de payaso entre los niños. Recuerdo a la muchacha argentina que era su compañera de escena: simpática, luminosa, llena también de aquella pobreza digna de los artistas emigrados. Creo que ella misma confeccionaba los vestuarios porque comprar trajes era demasiado caro.
Esa era la verdadera bohemia: el teatro hecho con hambre, con amistad y con orgullo.
También recuerdo cuando vino a Toulouse para acompañar a Beatriz durante los días difíciles de la muerte de Manuel. Le hicimos un velorio digno de un guatemalteco lejos de su patria amada. Aquella noche contamos historias de nosotros, de nuestra condición de sudakas, y del amor inmenso que Manuel sentía por Guatemala y por los guatemaltecos, a quienes llamaba con humor «guatemaludos».
Reímos, contamos chistes, bebimos vino —un vino malo, barato, el único que nuestra pobre bohemia podía pagar— y esperamos juntos la llegada del amanecer. Cuando comenzó el frío de la madrugada, usted me dijo:
«Chepito, Manuel estuvo contento de haber tenido un verdadero velorio de su amada Guatemala».
¿Se recuerda de Rudy Cotton? Lucky y Rudy, siempre inseparables junto a Manuel en sus últimos días. ¿Y se recuerda que el primer hijo de Rudy se llama Sebastián? ¿Y que estaba también el yerno de Amadeo García con Mirtala, recién llegado de África, donde trabajaba para Médicos del Mundo?
Qué bohemia la suya, mi querido Roberto.
¿Se recuerda cuando hicieron el homenaje a nuestro escritor y usted vino desde España rascando gavetas para reunir el dinero del pasaje? ¡Haaaa… qué bohemia! Durante la cremación pusieron la grabación de una conferencia de Manuel y todos sentimos que su voz todavía seguía entre nosotros.
Unos días después, ya de regreso en España, volvió nuevamente a Albi para la inauguración de la sala de cine «Manuel José Arce». No quiero extenderme demasiado; solamente deseo traer un recuerdo de aquel día.
Estábamos en un café frente al centro cultural cuando entró Jaime Díaz Rozzotto, quien también asistiría a la inauguración. Yo se lo presenté y ustedes comenzaron a hablar de recuerdos, de cine, de exilios, de Guatemala. En un momento Jaime le preguntó:
—¿Y usted de qué vive?
Entonces usted le contó su vida: la publicidad, el cine, el teatro, los pequeños trabajos para sobrevivir… y terminó diciendo:
—Y hago de payaso en una piscina de Madrid, amenizando las tardes de los niños.
Jaime lo miró con una ternura infinita y le respondió:
—Qué lindo… debe ser hermoso cuando usted hace de payasito.
Al salir hacia la inauguración, Jaime preguntó al mesero:
—¿Cuánto deben los muchachos?
Y pagó la cuenta.
Quizás Jaime comprendió entonces su bohemia; la suya, la mía, la de Manuel, la de Gómez Carrillo y también la suya propia.
Muchos años pasaron después. Nos vimos nuevamente en Guatemala. Me invitó a una presentación cerca de Antigua, pero ya no quise perderme en un país que sentía extraño. Luego volvimos a encontrarnos en Cannes, durante el festival de cine. Usted había llegado para la presentación de una película.
Todavía me río recordando que no me invitó a verla.
Aquella noche me contó que, después de la función, terminó bailando en una discoteca al lado de Michael Jackson.
Mi querido Roberto, espero que le vaya bien donde quiera que esté. Salúdeme a Manuel, a Camilo «El Explosivo», como le decía Manuel, a David Barahona, otro payasito hermoso de nuestra bohemia, y también a Jaime Díaz.
Pero no le diga ni pura mierda a Miguel Ángel Asturias ni a Gómez Carrillo; de todas maneras no los conocí, así que mejor vaya usted a chingar a otro velorio.
José Luis Paredes
dias despues del fallecimiento de Roberto, con el una parte nuestra desaparece.
