Yo Iliana

Durante mucho tiempo creí que los recuerdos pertenecían a quien los había vivido. Después comprendí que no era así. Algunos pasan de una persona a otra, como una prenda que se conserva en una casa aunque ya nadie recuerde quién la usó primero. Se guardan en las conversaciones, en las fotografías, en los papeles doblados dentro de un cajón y, algunas veces, en los nombres.

Yo tenía historias que me habían contado cuando era niña. No siempre sabía quién las había contado. Una podía ser de una tía, quizá hermana de mamá, y otra de mi abuela. Sus voces se confundieron con los años y acabaron formando una sola voz en mi memoria.

Una de aquellas historias decía que me llevaban en brazos desde nuestra casa hasta el edificio de Correos. Allí trabajaba mi madre. La persona que me llevaba llegaba conmigo, me entregaba a mamá y ella me daba el pecho.

Yo no podía acordarme de aquello. Era demasiado pequeña.

Pero la historia había quedado guardada en otra persona y, muchos años después, llegó hasta mí.

A veces pienso en aquel trayecto. No sé cuánto tiempo duraba ni por qué calles pasaban. Imagino solamente unos brazos llevando a una niña y otros brazos esperando en una oficina. Entonces todavía no sabía nada de las distancias, ni de las separaciones, ni de las cosas que los adultos callaban.

La historia era sencilla.

Una mujer llevaba a una niña.

Otra mujer la esperaba.

Y durante un momento del día, las dos se encontraban.

También recuerdo una casa.

Era una casa vieja. Quizá más vieja que mi abuela.

Muchos años después volví a pasar frente a ella. Me sorprendió encontrarla tan pequeña. Yo la había conservado en la memoria como una casa enorme, con grandes puertas y ventanas inmensas. Las habitaciones parecían más profundas y el patio más grande de lo que realmente eran.

Comprendí entonces que la casa no había cambiado.

Había cambiado yo.

Cuando era niña, todo parecía grande.

Vi a mi abuela en la puerta.

Cerré los ojos.

Y entré.

Los automóviles pasaban por la calle. Sus motores se mezclaron con otro ruido que ya no pertenecía a la calle. Era como un aguacero.

Caminé hasta el fondo de la casa y desde allí miré hacia la casa vecina.

En aquellos tiempos era un hospicio. Allí dormían niños que no tenían familia. Algunos permanecían allí durante años.

También recuerdo a una anciana, una mujer de nariz grande, y una voz que la llamaba desde lejos:

—¡Doña Politaaaa!

No recuerdo quién gritaba.

No recuerdo qué edad tenía ella.

Sólo recuerdo aquella voz.

La memoria conserva cosas que no parecen importantes.

Después estaba Edmundo.

Jugaba con mi hermano como juegan los niños cuando todavía no saben que la vida puede separarlos de las personas que aman.

Nuestro padre estaba en Melchor de Mencos.

Edmundo esperaba que regresara.

Para él, la distancia no tenía una medida precisa. Nuestro padre estaba lejos y, por lo tanto, podía volver en cualquier momento. Los niños no saben cuánto dura una ausencia. Esperan.

Algunas tardes, cuando mamá regresaba sola después de sus diligencias, yo miraba a Edmundo.

No decía nada.

Pero en sus ojos aparecía algo que yo no sabía nombrar.

Era decepción.

Tal vez era tristeza.

Tal vez las dos cosas.

A unas cuadras de nuestra casa estaban el Mercado de la Democracia, el estadio de fútbol y la Escuela de Señoritas, donde estudiaban las jóvenes que después serían maestras y señoras respetables del occidente del país.

También estaban la iglesia de San Juan de Dios y el hospital que llevaba el mismo nombre.

Todo estaba cerca.

El mercado.

La escuela.

El estadio.

La iglesia.

El hospital.

Sólo nuestro padre estaba lejos.

Yo no preguntaba demasiado.

Para mí estaba en Melchor de Mencos. Eso bastaba.

Muchos años después comprendí que las ausencias de mi padre quizá tenían otras razones. No eran solamente el trabajo ni el destino. También estaba su divorcio de la madre de mis otros hermanos y todo lo que había quedado pendiente después de aquella separación.

Pero yo era una niña.

Los asuntos de los adultos quedaban fuera de mi alcance.

Cuando Edmundo nació, nuestro padre estaba lejos. Tiempo después encontré entre documentos viejos un acta que había firmado desde el lugar donde se encontraba para reconocer que era el padre de mi hermano.

Encontré también los documentos en los que había acudido al registro civil para declararme como su hija.

Los papeles estaban amarillos.

La tinta había envejecido.

Pero allí estaban los nombres.

A veces los documentos dicen cosas que las personas no dicen.

Durante mi infancia nunca comprendí el rencor de la madre de mis otros hermanos. Nadie nos explicaba nada. Había un silencio alrededor de aquel asunto.

Yo pensaba que eran cosas de adultos.

Los niños aceptan muchas cosas porque no tienen otra explicación.

Ahora sé que sienten lo que ocurre aunque no sepan cómo llamarlo.

Sólo cuando fui adulta comprendí algunas de aquellas historias.

La vida me llevó muchos años después a una situación semejante. Entonces conocí el rencor y la desolación de sentirse desamparada frente a una historia que parecía repetirse.

Fue entonces cuando comprendí a mi madre.

Y también comprendí a la madre de mis hermanos.

Hasta entonces había mirado a mamá solamente como se mira a una madre. Después empecé a verla como una mujer.

Había trabajado.

Había cuidado de nosotros.

Había seguido adelante.

No nos mostraba sus lágrimas. Si lloraba, lo hacía lejos de nosotros. Por las noches debía de haber tenido preocupaciones que no conocíamos.

Cuando nació José Fernando y la soledad llegó también a mi propia mesa, comprendí mejor lo que ella había vivido.

Entonces pensé en sus tristezas.

En sus sacrificios.

En aquellas cosas que había guardado dentro de sí para protegernos.

Me pregunté muchas veces si aquella era la única manera de aprender la vida.

Quizá ella tampoco conocía otra.

A las personas les enseñan a vivir de la misma manera en que fueron educadas. Algunas aprenden a callar. Otras aprenden a resistir. Hay quienes confunden ambas cosas con el amor.

Habían pasado muchos años.

Cuando esperaba por segunda vez una hija, tuve una certeza que no sabía explicar.

No me la había dicho nadie.

No la había leído.

No la había escuchado.

Un día simplemente apareció.

Annie.

Ese sería su nombre.

No pensé en otros nombres.

No hice una lista.

No pregunté a nadie.

Lo sabía.

Con el tiempo empecé a preguntarme de dónde había venido aquella certeza.

Entonces miré hacia atrás.

Mi bisabuela en cuarta generación se llamaba Ana Basilia. Compartió la vida con Genaro Montejo. De aquella unión nació Gregorio Domínguez Camposeco, quien tuvo cinco hijos.

Entre ellos estaba Maximiliano, mi abuelo.

Maximiliano unió su destino al de Elena Beatriz Matamoros Rodríguez.

Cada generación había dejado algo detrás.

Yo no sabía qué.

A veces era un nombre.

Otras veces una costumbre.

Quizá una forma de trabajar.

Quizá una manera de soportar las dificultades.

Cada vez que encontraba uno de los pocos papeles que habían quedado de mi abuelo Max, me detenía a leerlo.

Los papeles eran viejos.

Habían pasado por muchas manos.

Entonces aparecía Nentón.

Nentón todavía joven, en aquellos años en que los pueblos akatecos seguían viviendo al ritmo de las montañas.

Había una fotografía.

Mi abuelo estaba junto a Beatriz, rodeado por sus hijos.

También estaba mi padre.

La fotografía había detenido su rostro en la juventud.

Yo lo miraba durante un tiempo.

Después limpiaba los cristales de mis lentes, que a veces se empañaban.

Volvía a leer una inscripción:

«Además de agricultor, fue maestro, oficio que desempeñó en su pueblo natal, Nentón».

La frase era corta.

Pero se quedó conmigo.

Mi hija se llama Annie.

Yo también soy maestra.

Como mi abuelo, enseñé en las montañas de Huehuetenango.

Entonces pensé que quizá no era una coincidencia.

En nuestra familia la educación había sido importante.

Una escuela era una casa sencilla. Allí un niño aprendía letras, números y nombres de lugares que todavía no conocía. También aprendía que el mundo continuaba más allá de su pueblo.

Quizá eso era lo que había hecho mi abuelo.

Y quizá algo de él había llegado hasta mí.

No sabía cómo.

Nunca había hablado con él de eso.

Sin embargo, allí estaba.

Un nombre.

Una profesión.

Una montaña.

Una hija llamada Annie.

Poco antes de que naciera tuve un sueño.

Me veía dentro del vientre de mi madre.

Había una tibieza alrededor de mí.

Sentía unas manos que acariciaban el vientre.

No veía el rostro.

Pero sabía que aquellas manos eran las de mi madre.

Era el comienzo del frío en Quetzaltenango.

Desde aquella oscuridad escuchaba voces. Había gemidos, llantos y personas que hablaban en alguna parte.

Quizá eran familiares.

Quizá habían llegado para recibir a una nueva vida.

No lo sé.

En el sueño sabía que estaba soñando.

Después desperté.

Pasaron los días.

Los días se hicieron meses.

Los meses se hicieron años.

Yo había nacido el 25 de octubre de 1960.

Mi vida comenzó en Guatemala, en un país que todavía atravesaba sus propias dificultades.

Apenas un mes después de mi nacimiento, un grupo de oficiales jóvenes se levantó contra el gobierno del general Miguel Ydígoras Fuentes. Denunciaban la corrupción y el entrenamiento de exiliados cubanos en territorio guatemalteco, con apoyo de los Estados Unidos, para la futura invasión de Cuba.

Yo no sabía nada de eso.

Era una niña.

Pero la historia de mi país ya había entrado en mi vida.

La historia también había pasado por mi casa.

Mi padre había participado en la guerra de 1954.

Fue enviado al Petén como telegrafista.

Mi madre también era telegrafista.

Así se conocieron.

Entre cables.

Mensajes.

Horas de trabajo.

Telégrafos de Quetzaltenango.

Cientos de veces pasé frente a aquel edificio sin saber lo que había ocurrido allí.

A veces me detenía delante de la gran puerta.

Pensaba en mis padres cuando eran jóvenes.

Los imaginaba trabajando juntos.

Quizá se miraban.

Quizá conversaban.

Quizá se querían.

Ellos todavía no sabían nada de lo que vendría.

No sabían cuántos hijos tendrían.

No sabían las alegrías que conocerían.

No sabían las separaciones.

No sabían las despedidas.

No sabían que muchos años después una de sus hijas pasaría frente a aquella misma puerta intentando reconstruir sus vidas.

Yo todavía no existía.

Y, sin embargo, algo de mí ya estaba allí.

En los mensajes.

En las conversaciones.

En las esperas.

En aquellos cables por los que viajaban palabras que tardaban sólo unos segundos en llegar a otra parte, mientras la vida necesitaba años para revelar su significado.

Mucho tiempo después murió mi madre.

Entre sus cosas encontré papeles.

Había documentos de diferentes años, algunos doblados y otros dentro de sobres que habían perdido su color.

Entre ellos apareció un acta.

Reconocí la letra de mi padre.

Allí estaba su firma.

La miré durante mucho tiempo.

No decía nada nuevo.

Sin embargo, al verla sentí que mi padre volvía a hablar.

Entonces comprendí que aquellos papeles no eran solamente papeles.

Guardaban una parte de las personas que habían desaparecido.

Desde entonces empecé a mirar los documentos de otra manera.

Una casa podía ser una puerta hacia el pasado.

Una fotografía también.

Un acta.

Un nombre.

Incluso una profesión.

Todo podía conducir a alguien.

La casa vieja me llevaba hasta mi abuela.

La memoria de aquella casa me llevaba hasta Doña Polita.

Los recuerdos de Edmundo me llevaban hasta nuestro padre.

Los documentos me llevaban hasta mi padre.

La fotografía me llevaba hasta mi abuelo Max.

El nombre de Annie me llevaba hasta Ana Basilia.

Todo parecía formar una misma familia, aunque los años hubieran colocado grandes distancias entre unos y otros.

Con el tiempo comprendí que la memoria familiar no vive solamente en las fotografías.

También vive en las cosas que hacemos sin saber por qué.

En los nombres que escogemos.

En las profesiones que seguimos.

En las palabras que repetimos.

En las casas que recordamos más grandes de lo que fueron.

En las personas que esperamos aunque ya no sepamos exactamente cuánto tiempo llevamos esperándolas.

Los muertos tampoco desaparecen completamente.

Quedan en las fotografías.

En las cartas.

En los documentos.

En las casas.

Quedan en nuestros gestos.

A veces los reconocemos en el rostro de un hijo.

Otras veces en una manera de hablar.

O en una costumbre que nadie nos enseñó.

Yo pienso ahora en aquella certeza que tuve cuando llevaba a Annie dentro de mí.

Quizá no venía del futuro.

Quizá venía del pasado.

Tal vez había viajado lentamente por la familia.

Había pasado de unos nombres a otros.

De una generación a la siguiente.

Había atravesado fotografías, papeles, silencios y recuerdos.

Había llegado hasta mí sin que yo supiera que la estaba esperando.

Yo sólo tuve que escucharla.

Annie.

Luis

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