Siempre he viajado en las palabras que amo.
Mucho antes de conocer los países, conocí sus nombres. Antes de caminar por sus calles, recorrí sus sílabas como quien atraviesa un territorio secreto. Hay palabras que no designan un lugar: lo inventan. París fue durante años una palabra antes de ser una ciudad. Lo mismo ocurrió con Moscú, Florencia, Buenos Aires o Samarcanda. Las habité mucho antes de pisarlas, y cuando por fin llegué a algunas de ellas tuve la extraña impresión de regresar, como si los libros hubieran construido un recuerdo anterior a la experiencia.
Tal vez por eso nunca me convenció la palabra mitomanía.
Los diccionarios la describen con la severidad de quienes creen que toda imaginación necesita un diagnóstico. Hablan de individuos que alteran la verdad, que inventan historias, que exageran los hechos hasta confundirlos con la realidad. Los médicos la clasifican entre las patologías de la conducta y la emparentan con la simulación o con ciertas formas de histeria.
Pero yo siempre sospeché que los diccionarios conocen demasiado bien las palabras y demasiado poco a los hombres.
Porque hay mentiras que nacen del deseo de engañar y otras que nacen de la necesidad de respirar.
Durante mucho tiempo pensé que la imaginación era una forma elegante de desobedecer a la realidad. Hoy creo que era, simplemente, la única manera de sobrevivir a ella.
Soñé tanto con irme que un día confundí el sueño con el mapa. Leí tanto sobre ciudades lejanas que terminé creyendo que me esperaban desde antes de que yo naciera. Dante me enseñó que el infierno podía tener una arquitectura perfecta; Boccaccio, que las desgracias también saben reír; Pushkin me habló de la nostalgia antes de que yo conociera el exilio; Víctor Hugo llenó de catedrales y de miserables una Europa que todavía no existía para mí; Zola convirtió las calles en organismos vivos; Napoleón atravesó la historia con la obstinación de quien cree que la voluntad basta para mover el mundo.
Todos ellos viajaban conmigo mientras yo seguía viviendo en el mismo lugar.
Quizá fue entonces cuando empecé a comprender que la imaginación no siempre inventa lo inexistente. A veces se limita a llegar antes que nosotros.
Y si eso es mitomanía, debo confesar que he pasado la vida ejerciéndola con una felicidad que nunca me produjo remordimiento alguno
Hubo días en que desperté dentro de una prisión y, aun así, seguí creyendo que el destino ignoraba los barrotes. Las rejas sólo conseguían detener el cuerpo; nunca supe de una capaz de cerrar el paso a la imaginación. Mientras los demás contaban las horas por el movimiento de la luz sobre las paredes, yo las medía por la distancia que alcanzaba a recorrer antes del anochecer. Bastaba cerrar los ojos para salir de allí.
Sobre papeles que no existían dibujaba mapas invisibles. Caminaba por calles cuyo empedrado conocía mejor que el de mi propio barrio. Llegaba a Roma sin haber cruzado el océano, atravesaba París bajo una lluvia que todavía no había mojado mis zapatos, me perdía en Praga, escuchaba el rumor de las plazas de Moscú y me sentaba en las piedras antiguas de Epidauro como si hubiera nacido entre ellas. Había ciudades que vivían dentro de mí mucho antes de concederme el privilegio de conocerlas.
Con los años comprendí que aquello tenía un nombre poco amable.
Mitomanía.
Nunca me gustó esa palabra. Sonaba a enfermedad inventada por quienes jamás habían necesitado imaginar otra vida para soportar la que les había tocado. Durante mucho tiempo acepté esa culpa. Pensaba que alteraba la realidad porque me negaba a aceptar el pasado, cuando en verdad ocurría exactamente lo contrario: necesitaba inventar caminos porque el pasado era demasiado estrecho para contener el tamaño de mis sueños.
La mitomanía iba siempre acompañada de otro mal, uno que ningún médico ha descrito y que yo terminé bautizando con un nombre desmesurado: el síndrome de Moisés atravesando el Mar Rojo.
Consistía en una necesidad casi física de no volver jamás sobre los propios pasos.
No mirar atrás.
No detenerse.
No permitir que las aguas volvieran a cerrarse sobre el camino recorrido.
Durante mucho tiempo confundí esa obstinación con el valor. Después descubrí que quizá sólo era miedo. Porque regresar obliga a enfrentarse con la persona que uno dejó abandonada en otra época, y no siempre existe el coraje suficiente para sostenerle la mirada.
Hay viajes que no admiten retorno.
No porque el camino desaparezca, sino porque quien vuelve ya no encuentra el lugar que buscaba. El regreso nunca invierte el tiempo. Apenas revela hasta qué punto el tiempo ha seguido avanzando sin pedirnos permiso.
Recuerdo con una claridad casi dolorosa la primera vez que comprendí esa verdad. Fue como si alguien hubiera rasgado una tela invisible dentro de mí. La palabra exacta sigue siendo la misma: desgarradura.
Toda partida auténtica contiene una pequeña muerte.
Se abandona a los padres.
A los hermanos.
A los amigos.
A los árboles que aprendieron a soltar hojas al aire en otoños lejanos.
A las calles que sabían reconocer el sonido de nuestros pasos.
Creo que todos los seres humanos atraviesan alguna vez una separación semejante. La primera ocurre al nacer. Salimos del cuerpo de nuestra madre creyendo que comenzamos una vida, cuando quizá lo primero que aprendemos es el arte de perder.
Cuando me fui hacia ninguna parte llevaba apenas diecisiete años y una confianza casi insolente en el porvenir. Me prometí partir sin arrepentimientos. No concederle al pasado el privilegio de llamarme de regreso. No volver la cabeza. Había leído demasiadas historias para ignorar que hay un instante en el que toda vida exige cerrar una puerta antes de abrir la siguiente.
No sabía entonces que las puertas nunca terminan de cerrarse.
Permanecen entreabiertas durante décadas, esperando que una palabra, un olor o una música las empujen otra vez.
En aquellos días, sin saber por qué, las frases de Cicerón aparecían en mi memoria con la obstinación de un estribillo.
«¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia? ¿Hasta cuándo seguirá burlándose de nosotros tu locura?»
No las repetía por erudición. Las repetía porque intuía que algunas palabras sobreviven dos mil años únicamente cuando siguen respondiendo a preguntas que todavía no hemos terminado de formular.
Siempre sentí una inclinación casi física por la oratoria.
Desde niño participé en concursos donde las palabras parecían adquirir un peso semejante al de las piedras. Admiraba a Cicerón, pero quien verdaderamente me acompañaba era Demóstenes.
Nunca he sabido si la historia de las piedras en la boca ocurrió exactamente como la cuentan los libros. Tampoco me importa. Hay leyendas que contienen una verdad más profunda que los hechos. Me bastaba imaginar a aquel muchacho enfrentándose al mar, disputándole su voz al viento, convencido de que la voluntad podía corregir aquello que la naturaleza había dejado inconcluso.
Aquella imagen me enseñó algo que todavía hoy sigo creyendo: el destino no siempre se vence; muchas veces basta con discutirle el derecho a decidirlo todo
Yo tenía apenas cuatro años cuando decidí aprender a leer.
No fue por amor a las letras. A esa edad nadie ama todavía el alfabeto. Se ama otra cosa. Se ama la voz que nos llama por nuestro nombre, las manos que nos buscan, los brazos donde creemos que el mundo termina sin peligro.
Yo quería recuperar los brazos de mi madre.
Había un libro que ocupaba demasiado espacio entre nosotros. Ella permanecía horas enteras con los ojos fijos sobre aquellas páginas, y yo no alcanzaba a comprender cómo unos signos negros, alineados con tanta disciplina, podían arrebatarme una parte de su mirada. Sentía celos de aquel objeto silencioso. No de sus historias, que todavía ignoraba, sino del tiempo que conseguía robarme.
Quise ser tan importante como aquel libro.
Quise averiguar qué secreto escondían aquellas páginas para que mi madre olvidara durante un instante el resto del mundo. Me dije que, si aprendía a descifrar aquellos signos misteriosos, quizá también descubriría el camino de regreso hacia sus brazos.
Fue por amor que aprendí a leer.
Mi padre y mis hermanos comenzaron a enseñarme las primeras letras. Yo las recibía como quien recoge piedras de un río sin sospechar todavía que un día podrán levantar una casa. Pasaba las tardes jugando con aquellos signos extraños, fingiendo comprender lo que apenas intuía. Hasta que ocurrió uno de esos milagros discretos que nadie recuerda con precisión.
Un día las letras dejaron de ser dibujos.
Se transformaron en voces.
Y las voces comenzaron a contarme el mundo.
Todavía hoy me pregunto en qué instante exacto sucede esa transformación. Debe de existir un momento preciso en que los ojos dejan de mirar tinta para empezar a escuchar pensamientos. Nadie puede señalarlo. Sin embargo, todos los que aprendimos a leer hemos atravesado ese umbral invisible.
Aquella mañana tuve por primera vez la sensación de ser libre.
Descubrí que los libros abrían puertas que ninguna prisión podía cerrar. Mucho tiempo después, cuando las circunstancias me obligaron a conocer el encierro, comprendí que aquella libertad seguía intacta. En los días más oscuros me escribía frases enteras dentro de la cabeza. Las repetía una y otra vez, como si cada palabra fuese capaz de mover apenas un milímetro el engranaje del destino.
Nunca supe si aquellas frases cambiaban realmente mi vida.
Pero sí cambiaban al hombre que debía vivirla.
Porque nada permanece para siempre.
Ni el dolor.
Ni la desesperación.
Ni la huida.
Las desgracias poseen una extraña vocación de eternidad mientras las estamos atravesando. Después descubrimos que también ellas envejecen, se desgastan y terminan convirtiéndose en otra cosa: una enseñanza, una cicatriz o, simplemente, una historia que un día acabamos contando sin que la voz vuelva a quebrarse.
Con el tiempo comprendí que incluso las derrotas tienen la cortesía de dejarnos alguna lección, aunque casi siempre la entreguen demasiado tarde.
Así, después de atravesar América Central, empujado por las circunstancias y por esa vieja costumbre mía de no regresar jamás sobre los pasos dados, terminé llegando a Europa.
¿Te acuerdas?
Era nuestro primer viaje a París.
Y todavía me conmueve pensar que, casi veinte años después de haber aprendido a leer para recuperar el amor de mi madre, acabara caminando por el cementerio de Montmartre buscando el origen de las historias que ella había amado antes que yo.
Hay círculos que el destino tarda décadas en cerrar.
Mi madre hablaba con frecuencia de María Duplessis. Pronunciaba aquel nombre con una mezcla de ternura y compasión que entonces yo no alcanzaba a comprender. Mucho después descubrí que aquella mujer, inmortalizada por Alejandro Dumas hijo bajo el nombre de Margarita Gautier, se había llamado en realidad Rose-Alphonsine Plessis.
Había nacido en la pobreza más absoluta.
Su padre, Marín Plessis, vendedor ambulante y bebedor incansable, convirtió la infancia de la niña en un territorio donde la violencia parecía una forma cotidiana del lenguaje. Su madre murió cuando ella apenas tenía siete años y, poco después, el padre desapareció también de su vida, dejándola al cuidado incierto de unos parientes que apenas podían alimentar su propia miseria.
Quizá por eso mi madre nunca dejó de quererla.
Las mujeres desgraciadas de las novelas terminaban pareciéndose demasiado a las mujeres que ella había conocido en la vida.
Y quizá por eso yo terminé amando los libros.
Porque descubrí que la literatura era el único lugar donde las existencias humildes podían escapar del olvido. Allí comprendí que la verdadera nobleza nunca había pertenecido a los poderosos, sino a quienes habían sufrido sin dejar de conservar la dignidad.
Un año después de la muerte de María Duplessis, Alejandro Dumas hijo escribió La dama de las camelias. Más tarde la llevó al teatro y, cuando parecía que aquella historia ya había encontrado su forma definitiva, Giuseppe Verdi la transformó en La Traviata y la hizo cantar para siempre.
Me gusta pensar que las grandes historias nunca terminan de pertenecer a un solo hombre.
Van pasando de unas manos a otras como las viejas maletas de los viajeros.
Cada generación añade una página.
Cada lector las vuelve a escribir en silencio.
Y quizá toda lectura no sea otra cosa que eso: una conversación interminable entre los vivos y los muertos.
Entonces apareció Petrarca.
No llegó como llegan los profesores, con fechas cuidadosamente alineadas y bibliografías impecables. Llegó como llegan los verdaderos compañeros de viaje: sin hacer ruido, sentándose a mi lado cuando el insomnio ya había ocupado toda la habitación.
Con él descubrí que la nostalgia también podía escribirse.
Hasta entonces había creído que el exilio pertenecía únicamente a quienes abandonaban una patria. Petrarca me enseñó que también se puede vivir desterrado del tiempo, de una mujer, de una juventud o incluso de uno mismo. Bastaba leer unas páginas para comprender que todos los siglos terminan pareciéndose cuando un hombre escribe sobre aquello que ha perdido.
Durante aquellos años yo iba reuniendo una familia extraña.
No era una familia de sangre.
Era una familia de libros.
Dante conversaba con Víctor Hugo sin sorprenderse de los siglos que los separaban. Boccaccio sonreía mientras Horacio discutía con Cicerón sobre la dignidad del destierro. Demóstenes seguía hablando frente al mar con las piedras en la boca, y yo tenía la impresión de escuchar su voz mezclada con el ruido de los trenes que atravesaban las estaciones francesas.
Nunca estuve completamente solo.
Los muertos poseen una cortesía que los vivos han ido perdiendo.
Nunca preguntan de dónde vienes.
Nunca les importa el oficio que desempeñas ni el dinero que llevas en los bolsillos. Les basta con saber que has abierto uno de sus libros para recibirte como a un viejo conocido.
Quizá por eso terminé creyendo que las bibliotecas son la única patria donde los emigrantes nunca necesitamos mostrar un pasaporte.
En ellas nadie era extranjero.
Virgilio seguía esperando pacientemente a quien necesitara un guía para atravesar los infiernos. Cervantes continuaba riéndose de las derrotas humanas con una compasión que sólo poseen quienes también fueron vencidos. Dostoievski conocía demasiado bien las cárceles para sorprenderse de las mías. Tolstói parecía convencido de que ningún hombre termina de comprender la vida antes de haber perdido varias veces aquello que más ama.
Yo caminaba entre aquellos estantes como quien atraviesa una ciudad poblada por amigos invisibles.
A veces abría un libro buscando una respuesta.
Otras veces era el libro el que parecía haberme estado esperando durante años.
Nunca he creído demasiado en las casualidades.
Los encuentros importantes siempre ocurren cuando todavía ignoramos que los necesitábamos.
Así fue también con Montaigne.
Él me enseñó algo que ningún maestro había sabido explicarme: que escribir no consiste en demostrar lo que uno sabe, sino en averiguar quién es mientras escribe.
Aquella idea me acompañó durante mucho tiempo.
Porque yo todavía no escribía.
Ensayaba mi vida.
La corregía una y otra vez dentro de la imaginación, cambiando conversaciones, inventando regresos imposibles, pronunciando palabras que nunca me había atrevido a decir cuando todavía era tiempo.
Quizá todos los mitómanos hacemos exactamente lo mismo.
No mentimos.
Corregimos.
Intentamos convencer al pasado de que todavía acepta modificaciones.
Es un oficio inútil, desde luego.
Pero profundamente humano.
Con los años comprendí que la imaginación nunca fue mi manera de escapar de la realidad.
Fue mi forma de soportarla.
Los hombres solemos creer que primero vivimos y después recordamos.
A mí me ocurrió al revés.
Muchas veces imaginé una ciudad durante tanto tiempo que, cuando finalmente llegaba a ella, tenía la impresión de estar regresando.
Así me sucedió con Florencia.
Y también con Roma.
Las conocía antes de haberlas pisado.
Las había recorrido de la mano de los escritores, de los pintores, de los viajeros antiguos, de los poetas que habían dejado en sus calles una respiración más duradera que las piedras.
Entonces comprendí una verdad que todavía hoy me acompaña.
Uno nunca viaja únicamente hacia un lugar.
Viaja también hacia todos los libros que lo habían estado esperando allí desde hacía siglos.
Por eso los verdaderos viajeros nunca llegan del todo.
Siempre continúan buscando la ciudad que permanece escondida detrás de la ciudad visible.
La que sólo existe para quien ha aprendido primero a recorrerla con la imaginación.
Tal vez ésa haya sido siempre mi enfermedad.
O mi fortuna.
Creer que cada puente conduce a otro puente, que detrás de cada nombre existe otro nombre más antiguo, y que ninguna historia termina realmente mientras alguien siga pronunciándola en voz baja.
Porque la memoria, igual que los viejos ríos, nunca avanza en línea recta.
Da rodeos.
Desaparece bajo la tierra.
Vuelve a surgir muchos kilómetros más adelante.
Y cuando creemos haber encontrado finalmente su desembocadura, descubrimos que apenas acabamos de llegar a su nacimiento.
Tenía veintidós años.
La misma edad que yo cuando, después de haber atravesado varios países, llegué finalmente a Florencia con la extraña sensación de estar alcanzando una ciudad donde una parte de mí había vivido mucho antes de que yo naciera.
Con los años he llegado a creer que ciertas edades no nos pertenecen.
Son edades que heredamos.
Los veintidós años de Petrarca terminaron encontrándose con los míos, igual que los caminos de dos viajeros que jamás imaginaron compartir la misma posada.
Él era un hombre dividido.
Entre Italia y la Aviñón de los papas.
Entre el Vaucluse y la nostalgia.
Entre Laura y la ausencia.
Yo todavía no sabía entonces que casi todos los exiliados terminamos viviendo de esa manera: con el cuerpo instalado en un país y la memoria respirando obstinadamente en otro.
Petrarca había nacido en Arezzo, hijo de un florentino desterrado.
«Nací en el exilio, de padres honrados, florentinos de nacimiento y de una fortuna cercana a la pobreza», escribiría muchos años después.
Cada vez que leo esa frase tengo la impresión de que la escribió para todos nosotros.
Porque el exilio cambia los idiomas, las fronteras y las épocas, pero nunca modifica el temblor con que un hombre recuerda la tierra de donde salió.
Su padre había sido expulsado de Florencia por razones políticas, igual que Dante.
La familia pasó por Pisa, por Marsella y terminó llegando al Comtat Venusino, antes de instalarse en Aviñón.
Cuando uno sigue sobre un mapa el itinerario de un desterrado descubre que las ciudades dejan de ser ciudades.
Se convierten en estaciones de una misma espera.
Allí, bajo la enseñanza del maestro toscano Convenevole de Prato, Petrarca comenzó a construir la biblioteca que habría de acompañarlo toda la vida.
Siempre me ha conmovido una historia que él mismo cuenta en una carta dirigida a Guido Sette.
Había prestado a su viejo maestro varios manuscritos de Cicerón, entre ellos el De Gloria. El profesor, perseguido por las deudas como tantos hombres buenos a quienes la vida termina presentándoles cuentas imposibles de pagar, entregó aquellos libros en prenda.
Nunca logró recuperarlos.
Cuando murió, Petrarca lamentó la pérdida del maestro.
Pero entre las líneas de su carta uno adivina otro duelo más silencioso.
También lloraba aquellos libros.
Comprendí entonces que existen dolores que sólo los lectores entienden.
Hay quien pierde una casa.
Hay quien pierde una fortuna.
Hay quien pierde una patria.
Y hay quienes pierden un libro sabiendo que nunca volverán a encontrar exactamente ese mismo ejemplar, con las huellas de unos dedos, con las manchas de humedad, con el olor de un tiempo que tampoco regresará.
Los libros también conocen el exilio.
Viajan de unas manos a otras, sobreviven a incendios, a guerras, a herencias mal repartidas y a bibliotecas olvidadas. Algunos desaparecen para siempre. Otros vuelven inesperadamente, igual que esos amigos de la infancia que reaparecen cuando ya habíamos aprendido a vivir sin ellos.
Quizá por eso nunca pude desprenderme de un libro sin experimentar una ligera sensación de abandono.
Recuerdo que una tarde, hojeando un volumen dedicado a Jacques-Louis David, encontré una pintura que me obligó a cerrar el libro durante unos minutos.
Era Belisario pidiendo limosna.
No supe inmediatamente por qué aquella imagen me había herido.
Belisario había sido el más grande general de Justiniano.
Había conquistado ciudades, derrotado ejércitos, ampliado las fronteras del Imperio y conocido una gloria que pocos hombres alcanzan.
Sin embargo, bastaron las intrigas de la corte y la ingratitud de un emperador para convertirlo en un anciano olvidado.
En el cuadro aparece sentado junto a un niño.
Las manos extendidas.
No tienen el gesto de quien exige.
Tienen la humildad de quien ya no espera justicia.
Permanecí largo rato mirándolo.
Sentía que aquella escena no hablaba únicamente de un general bizantino.
Hablaba de todos los hombres que alguna vez fueron expulsados de la vida que creían haber conquistado.
Belisario terminó sus días lejos de la gloria.
Y quizá por eso sentí hacia él una fraternidad inmediata.
No porque nuestras historias se parecieran.
Sino porque reconocí en sus ojos esa expresión que sólo poseen quienes han comprendido que el destierro empieza mucho antes de abandonar un país.
Empieza el día en que uno deja de sentirse esperado.
Con el tiempo descubrí que los exiliados terminamos reconociéndonos sin necesidad de palabras.
Da igual que hayan vivido en Bizancio, en Florencia, en Guatemala o en París.
Hay una manera de mirar las estaciones.
Una forma de detenerse delante de los puentes.
Una manera de escuchar el nombre de una ciudad.
Es algo casi imperceptible.
Como una música que sólo alcanza a oír quien también ha tenido que marcharse.
Los siglos cambian.
Las fronteras se desplazan.
Los imperios desaparecen.
Pero la herida permanece idéntica.
La nostalgia habla siempre el mismo idioma.
Y el hombre que vive lejos termina perteneciendo, poco a poco, a esa nación invisible donde sólo habitan quienes llevan consigo una patria que ya no cabe en ningún mapa.
Belisario terminó sus días lejos de la gloria.
Y quizá por eso sentí hacia él una fraternidad inmediata.
No porque nuestras historias fueran semejantes. Ningún emperador me había condenado al destierro, ni yo había dirigido jamás un ejército. Pero comprendí que el exilio posee una extraña democracia. Reduce todas las biografías a una misma condición. Al final importa poco haber sido general, poeta, campesino o estudiante. Todos terminamos aprendiendo el mismo oficio: sobrevivir.
Fue entonces cuando dejé de mirar el cuadro.
Comencé a reconocerme en él.
Porque también yo había conocido esa manera discreta de extender las manos sin pedir limosna. Esa forma silenciosa de aceptar trabajos que nunca imaginamos para seguir creyendo que el mañana todavía era posible.
Durante dos meses recogí basura en las calles de Marsella.
Salíamos cuando la ciudad aún dormía y sólo los camiones de limpieza parecían conocer el secreto de aquellas madrugadas. Las bolsas rotas dejaban escapar un olor agrio que terminaba instalándose en las manos, en la ropa y hasta en los pensamientos. Hay olores que desaparecen con el agua. Otros permanecen mucho tiempo dentro de la memoria.
Nos repetíamos una frase que había aprendido al llegar a Francia:
«No se puede vivir sin amor propio»
Era verdad.
Nunca he creído que un trabajo pueda quitarle dignidad a un hombre. La dignidad no vive en el oficio, sino en la manera de ejercerlo. Pero existe una diferencia que sólo los emigrantes comprenden: una cosa es trabajar con orgullo y otra muy distinta aceptar cualquier cosa para no dejar de existir.
Éramos dos sombras empujando los desperdicios de una ciudad magnífica para conservar aquella ayuda miserable destinada a los refugiados.
Había mañanas en que el corazón pesaba más que los contenedores.
Fue allí donde comprendí una verdad que todavía me acompaña.
El orgullo también tiene hambre.
Y cuando el hambre aprieta durante demasiado tiempo, uno termina negociando con aquello que juró no vender jamás.
El mío resistió exactamente dos meses.
El día que abandoné Marsella no llevaba más dinero que el necesario para seguir avanzando, pero recuperaba algo infinitamente más valioso.
Mi dignidad.
Comprendí entonces que la pobreza no consiste únicamente en carecer de bienes. También puede consistir en olvidar quién se es.
Y después vino Florencia.
Todavía hoy me parece imposible escribir esa frase sin sentir que alguien exagera mi propia vida.
Yo, el muchacho que durante las noches había recorrido Europa con los ojos pegados a los libros y que durante las madrugadas recogía basura para sobrevivir, caminaba finalmente hacia el Ponte Vecchio.
No iba simplemente a conocer un puente.
Iba al encuentro de una promesa.
Durante años aquel puente había existido únicamente dentro de mi imaginación. Lo cruzaba mientras dormía, mientras trabajaba, mientras esperaba un tren o permanecía sentado en una estación cualquiera. El Ponte Vecchio era menos un lugar que una forma de esperanza.
Entonces comprendí que los sueños también construyen ciudades.
No las levantan con piedra ni con ladrillos.
Las construyen dentro de nosotros.
Y cuando por fin llegamos a ellas sentimos la extraña impresión de estar regresando a un sitio donde nunca antes habíamos estado.
Detrás del Ponte Vecchio aparecía siempre Giorgio Vasari.
Sus Vidas de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos me habían enseñado que el arte nunca nace de la perfección. Nace de una obsesión. Del deseo profundamente humano de permanecer un instante más que el tiempo.
Gracias a él conocí a Dominico Bigordi, aquel artesano que fabricaba guirnaldas para las muchachas florentinas y que terminaría entrando en la historia con el nombre de Ghirlandaio. Comprendí que incluso los grandes artistas habían comenzado siendo hombres corrientes, aprendices que todavía ignoraban que un día el mundo pronunciaría sus nombres con respeto.
Cada historia escondida detrás de un fresco, de una escultura o de una iglesia me producía el mismo vértigo.
Porque empezaba a sospechar que toda obra de arte nace de una herida.
De una ausencia.
De una necesidad desesperada de impedir que el tiempo tenga la última palabra.
Pero detrás de Vasari siempre terminaba apareciendo otro hombre.
Dante Alighieri.
Era imposible caminar por Florencia sin sentir que su sombra seguía doblando las esquinas de las calles estrechas, cruzando los puentes sobre el Arno o deteniéndose unos instantes frente a las viejas piedras que todavía conservaban el color de la Edad Media.
Dante también había conocido el exilio.
También había perdido su ciudad.
También había aprendido que hay puertas que un hombre abandona creyendo que volverá a cruzarlas y que, sin embargo, permanecen cerradas para siempre.
Quizá por eso nunca pude leer la Divina Comedia como un simple poema.
Era el largo regreso de un desterrado que sabía que algunas patrias sólo continúan existiendo dentro de la memoria.
Todavía hoy resuenan en mí aquellas palabras grabadas sobre la puerta del Infierno:
«Por mí se va a la ciudad doliente,
por mí se va al eterno dolor,
por mí se va entre la gente perdida…»
No sé cuántas veces repetí esos versos mientras intentaba convencerme de que el infierno no existía.
Y, sin embargo, comprendía cada vez mejor que Dante no hablaba solamente del otro mundo.
Hablaba también de éste.
Porque todo emigrante atraviesa alguna vez un infierno silencioso.
No siempre tiene fuego.
A veces tiene la forma de una estación vacía.
De una habitación alquilada.
De una madrugada recogiendo basura.
De un idioma que todavía no consigue pronunciar nuestro nombre.
Pero incluso allí, en medio del cansancio y de la incertidumbre, seguía creyendo que los libros conocían un camino que la realidad todavía ignoraba.
Quizá por eso continué leyendo.
Porque había comprendido que un hombre puede perder un país, una casa, un trabajo, incluso una parte de sí mismo.
Pero mientras conserve la capacidad de imaginar otro horizonte, el exilio todavía no habrá pronunciado la última palabra.
El Mitomano Novela para nosotros Manuel José y yo
1989
