La cuesta del Caracol diagonal 4 y 9 avenida Quetzaltenango

La Cuesta del Caracol

Muchos años después, cuando ya nadie recordaba con exactitud cuándo habían comenzado a desaparecer las casas, las voces y hasta el olor del carbón mojado, el autor de estos días habría de recordar, al pie de la subida mítica de El Caracol, aquella tarde remota en que su padre lo llevó con sus hermanos a poblar los inviernos de Quetzaltenango.

Venían de Mazatenango, un pueblo calcinado por un sol de bruma donde las cosas parecían recién inventadas y el mundo tenía la consistencia engañosa de los espejismos. Allí los helados se derretían entre los dedos antes de que uno alcanzara a probarlos, y los días parecían obedecer al compás secreto de las partituras nómadas de su padre, un músico trashumante que viajaba de pueblo en pueblo con la obstinación de quien pretendiera descifrar el universo mediante el orden de las notas.

La familia había vivido hasta entonces como viven los pueblos que no encuentran todavía un sitio donde enterrar sus raíces: de casa en casa, de patio en patio, arrastrando muebles, recuerdos y temores por habitaciones ajenas. Habían padecido un nomadismo bíblico, hecho de paredes prestadas, de puertas que nunca terminaban de ser ajenas y de noches en que los miedos no encontraban un lugar propio donde ser sepultados. Porque nadie sabe de qué está hecho un solo día cuando se ha vivido con los materiales del odio, el rencor y las violencias sufridas, y no se tiene un techo seguro bajo el cual aprender a olvidar.

Pero los vientos errantes amainaron por fin la mañana en que el padre anunció, con la solemnidad de un profeta que acabara de recibir una revelación, que la errancia de gitanos y judíos terminaría en la encrucijada de la Calle «C» y la Novena Avenida.

Fue allí donde el destino decidió detenerlos.

Y fue allí, bajo el milagro implacable de los atardeceres fríos de noviembre, donde él terminó de incubar la infancia y se entregó, sin defensas y sin comprender todavía que los años felices sólo adquieren su verdadera dimensión cuando ya han desaparecido, a los rigores desoladores de la adolescencia.

En aquella esquina florecieron sus primeros amores, tan contrariados como ardientes, y quedaron sellados bajo la complicidad silenciosa de los portones antiguos. Allí también el destino, en uno de sus pocos arrebatos de generosidad, le entregó a sus amigos, esos seres que aparecen en la juventud sin que nadie advierta que algunos de ellos habrán de acompañarnos para siempre, aunque después la vida se encargue de dispersarlos por ciudades y países y hasta por regiones de la memoria donde resulta imposible encontrarlos.

Los transeúntes de aquellos años cruzaban la calle sin sospechar el peso de sus propias sombras. Venían desde la mítica Salida de Almolonga y serpenteaban junto a la antigua Licorera, un paraje fantasmal donde todavía parecía flotar el eco de una medianoche en que los policías militares, poseídos por un súbito delirio alcohólico, desenfundaron las armas, hicieron estallar dos granadas y dispararon varias ráfagas de metralleta que estremecieron los cimientos del aire.

El barrio aprendió entonces que la violencia también podía tener memoria.

Y siguió viviendo.

Porque los barrios, como las familias, poseen una manera particular de sobrevivir a sus muertos.

Siguiendo ahora el hilo invisible de los recuerdos, como quien descifra un pergamino enterrado durante generaciones, el viajero pasa de largo frente al Palacio de los Tribunales, aquel vetusto Palacio Figueroa, caserón de estirpe neoclásica levantado a finales del siglo XVIII, que parecía resistirse con una obstinación de piedra a los terremotos y al derrumbe del tiempo.

Pero los pasos que llevan a los hombres hacia la cuesta de El Caracol siempre terminan encontrando el rumbo de regreso a la Novena Avenida.

Allí sigue él.

Caminando sobre sus propios recuerdos.

Las calles adoquinadas se le aparecen entonces cubiertas de una nostalgia que no estaba allí cuando era niño, porque la nostalgia es una enfermedad que sólo se manifiesta cuando las cosas han desaparecido. Y mientras avanza vuelve a ver las tardes de su infancia, una tras otra, como si alguien hubiera abierto una puerta secreta en el tiempo.

Al inicio de la subida, donde el tiempo comenzaba a torcerse y las casas parecían saber más de sus habitantes que los propios habitantes, estuvo una vez un lupanar legendario cuyos secretos terminaron sepultados muchos años después, cuando un amigo compró la propiedad para convertirla en un mundano parqueo de automóviles.

Frente a aquel lugar se alzaba una casa verde.

Y al viajero siempre le pareció una lástima que el burdel no hubiese tenido aquel mismo color de selva, porque entonces habría poseído, según pensaba, tantas cosas que contar como la mítica casa de Vargas Llosa, aquel relato coral donde los destinos humanos se entrecruzan en medio del caos, el deseo, la violencia y la supervivencia.

A la derecha permanecía la casa de la familia Tucush, una dinastía de artesanos que parecía haber hecho un pacto con el tiempo para no desaparecer. Allí hubo sucesivamente una tienda, una panadería y un taller de sastrería, y cada negocio parecía heredar las paredes del anterior como si las paredes mismas fueran las verdaderas propietarias de la casa.

Un poco más allá, después de la casa amarilla y del portón de Martín Sánchez, la cuesta guardaba uno de sus misterios más profundos.

De la casa de Martín el viajero conservaba una memoria mineral.

Habían pasado tantos años que por modestia no diría que milenios, aunque quienes sobrevivieron a aquella época sintieran exactamente el peso de las eras.

Fue una mañana, alrededor de las diez, cuando la cuesta recibió una revelación que parecía haber sido preparada por la tierra desde hacía diez mil años.

Los operarios realizaban unas excavaciones domésticas en el patio de los Sánchez Ixcaragua cuando las palas tropezaron con una estructura masiva y petrificada. Al principio creyeron que se trataba de un escombro antiguo, uno de tantos que el tiempo suele esconder debajo de las casas para que los vivos tropiecen con él sin preguntarse de dónde viene.

Pero la tierra terminó por parir el caparazón inmóvil de un armadillo gigante.

Era un megamamífero del Pleistoceno que había escogido el subsuelo de Martín para dormir una siesta de diez mil años.

Durante un tiempo, aquella criatura enterrada pareció formar parte natural del vecindario.

Nadie podía explicar cómo había llegado hasta allí.

Nadie podía explicar por qué había esperado tantos siglos precisamente debajo de aquella casa.

Y tal vez por eso mismo todos terminaron aceptándola.

En la acera izquierda, una estirpe de zapateros dictaba el ritmo de sus vidas a golpes de martillo.

Tac.

Tac.

Tac.

El sonido se confundía con el de la cuesta y parecía medir las horas del barrio.

Allí, un amigo de la infancia llamado Carlos Armando aprendió las artes del cuero, dentro de una hermandad de artesanos cuyos pormenores habrían de pertenecer algún día a las crónicas futuras.

Sus maestros zapateros lo llamaban cariñosamente “Chaly” fue musico dirigió la banda de guerra de “El glorioso INVO” en su centenario y muchos años mas, se graduó de abogado y notario.

De entre aquellos hombres surgió Mariano, un joven de voluntad nocturna que estudiaba para perito contador en la ENCO y que, la misma semana en que recibió su título de tipógrafo del destino, desapareció de la faz del barrio con la volatilidad de un fantasma.

Decían que se había ido a la capital para venderle el alma al comercio.

Pero nadie volvió a saber de él.

Y durante algún tiempo su ausencia fue una pregunta más entre tantas otras que permanecieron sin respuesta en aquella cuesta.

Frente a los zapateros vivía Pilo, futbolista de dotes magnas, que estuvo a punto de ser reclutado por el equipo Pepsi. La gloria deportiva estuvo al alcance de sus manos, pero los centavos reales que ganaba en la fábrica de tejidos de la Cuesta Blanca terminaron siendo más poderosos que los sueños.

Pilo escogió la fábrica.

O quizá fue la pobreza la que escogió por él.

Sobre su casa, sin embargo, pesaba una tragedia que nadie del barrio consiguió olvidar. Su pequeña hija había muerto ahogada en un charco de agua de lluvia mientras la madre se ocupaba del que hacer del cuarto donde vivían.

Era una muerte demasiado pequeña para una tragedia tan grande.

Y desde entonces aquella esquina quedó marcada por una cicatriz que los años no pudieron borrar.

Al lado de aquella casa de dolores vive el maestro pintor Otto Estrada, en su taller de arte, un maestro a quien el autor vio durante años subir y bajar la cuesta frente a la tienda «La Cumbre», repitiendo el mismo trayecto con la paciencia de un péndulo humano.

De sus manos nació un retrato encargado que hoy descansa en un estudio lejano, después de que el lienzo original cruzara el océano en las manos de Angiee, una francesa melancólica que trabajaba en la embajada de su país.

Así también viajaban las cosas de aquel barrio.

Un hombre podía marcharse.

Una pintura podía cruzar el océano.

Una casa podía convertirse en parqueo.

Un muerto podía quedarse debajo de la tierra durante diez mil años.

Y, sin embargo, el recuerdo permanecía.

La cuesta seguía subiendo.

En la parte más alta estaba la tienda de la madre de Franz, un dentista apasionado por el frenesí del fútbol, justo frente a la casa de los Hurtado, allí donde la cuesta se convertía en una cuchilla definitiva entre la Novena Avenida y la Diagonal 4.

Muy cerca de allí, junto a la pila pública de El Caracol, parecía habitar todavía el recuerdo de Román Bethancourt, marimbista de la familia de Domingo.

De aquella pila sí me acuerdo bien.

Todavía puedo verla.

Aunque ya no sé si veo la pila que existió o la que mi memoria decidió conservar.

Era una pila necesaria.

Y las cosas necesarias suelen convertirse en invisibles hasta que desaparecen.

Allí íbamos a buscar agua para la casa, porque el agua potable era entonces una promesa incierta en aquel lugar donde vivíamos. La pila pertenecía a la vida de todos, igual que pertenecían las calles, las cuestas, los pregones y las voces que lentamente se fueron quedando atrapadas en ellas.

Allí llegaban los lecheros, tirando de sus mulas cargadas con tarros de leche.

También llegaban aquellos hombres que transportaban carbón.

Y por unos instantes parecía que toda la vida del barrio dependía de aquellas bestias pacientes que subían y bajaban la cuesta con una resignación de siglos, como si hubieran nacido para caminar eternamente por las mismas piedras.

Lo extraño es que nunca he visto una fotografía de aquella pila.

Ninguna.

Una cosa que fue tan necesaria para nuestra vida desapareció sin dejar otra prueba que el recuerdo.

Quizá así desaparecen las cosas verdaderamente importantes.

No cuando las derriban.

Sino cuando dejan de existir las personas que todavía podían recordarlas.

La pila todavía existía cuando Salvador Galvez Mora, compañero mío de la escuela Francisco Muñoz Pinto, pintó desde aquella cumbre un paisaje que, según recuerdo, hizo cuando tendría unos doce años.

Ya entonces poseía un talento que no necesitaba explicación.

Pintaba como si estuviera recordando algo que los demás todavía no habíamos visto.

Con aquel cuadro obtuvo el tercer puesto en un certamen de pintura muy connotado en aquellos tiempos.

Yo recuerdo la escena como se recuerdan las cosas de la infancia: sin saber que algún día serían importantes.

Desde La Cumbre, empinados sobre la acera de los Canches y sentados en las gradas de la casa de Franz, vimos también el incendio del Mercado Central.

Era la madrugada del 2 de diciembre de 1966.

La ciudad dormía cuando el fuego comenzó a crecer.

Primero fue una luz.

Después otra.

Y finalmente el cielo entero pareció incendiarse.

Nosotros mirábamos desde lejos sin comprender del todo lo que significaba aquello. Éramos demasiado jóvenes para saber que estábamos contemplando una de esas imágenes que el tiempo guarda para siempre, aunque después se lleve casi todo lo demás.

Muchos años después todavía podía cerrar los ojos y volver a ver aquella madrugada.

El fuego.

La oscuridad.

Las casas inmóviles.

Y nosotros mirando.

Como si la ciudad estuviera ardiendo solamente para enseñarnos que también las ciudades tienen una infancia y que algún día, inevitablemente, la pierden.

Sobre la Novena Avenida vivía la familia de León: don Repinaldo y su esposa, doña Flery, con sus hijos Moncho, Sergio, el nenon y dos niñas cuyos nombres se me han perdido en alguna habitación de la memoria.

León Camping se dio a conocer fabricando mochilas para los andinistas y, según recuerdo, pertenecía al Club Andino Los Cuervos.

Hay nombres que uno cree haber olvidado y que, muchos años después, aparecen de pronto como si hubieran estado esperando pacientemente en algún rincón oscuro de la memoria.

Guardo un cariño especial por doña Flery.

Por insistencia de Moncho, aquella familia me acogió en su casa durante un viaje de regreso de Francia.

Nunca he sabido por qué algunas personas quedan ligadas para siempre a uno, mientras otras, con las que quizá compartimos muchos más años, desaparecen sin remedio.

Doña Flery quedó ligada a una casa.

A una calle.

A un viaje de regreso.

Y con los años aquella circunstancia adquirió una importancia que ninguno de nosotros podía sospechar.

«Cabal enfrente de los de León, y a la par de donde Franz, vivían los canches… Gente de piel blanca, ojos claros, entre verdes y grises marchitos. Su estampa contrastaba de una forma casi extraordinaria con nuestras fachas bronceadas, de ojos oscuros…

Vivían, según me acuerdo, de vender tortillas, tamales o alguna cosa parecida… Todo ese bendito chance parecía parte natural de la casa y de la cuadra, tan normal como el hollín del carbón, las mulas, los botes de leche y el agua mansa de la pila… de un lugar donde la plata no es un rio.

El más patojo de ellos se colgo de amor por la Crucita… ¿Y el resultado? La dejó embarazada. Tenía que ser.

En ese tiempo, éramos tan patojos, frente a las desgracias. No entendíamos nada. ¿Y los grandes sabían qué hacer? ¡Qué iban a saber! ¡Igual de perdidos y ahogados que nosotros! Así que se tiraron de cabeza a lo que parecía la única salida, el tiro de gracia de los pobres: el aborto clandestino. La carnicería en la sombra…

Solo que la Crucita no aguantó. Se quedó muerta en plena operación. Se desangró y ahí terminó todo. Pero la desgracia no paró ahí, qué esperanzas… Detrasito se fue su pobre madre, que se murió de la pura tristeza. Y meses después, el abuelo, ese viejo don Tanito, también entrego el equipo. La muerte se metió a esa casa y la vació por completo.

Siempre he pensado que esa familia murió de tristeza, aunque la tristeza no figure en los certificados de defunción y ningún médico haya podido demostrar que el dolor tiene la costumbre de matar despacio.

Así fue como la muerte entró en aquella esquina de nuestras vidas.

No llegó anunciándose.

No llamó a la puerta.

Simplemente se instaló.

Se mezcló con el olor del carbón, con el paso de las mulas, con el agua de la pila pública y con las voces de quienes todavía no sabíamos que algunos recuerdos estaban destinados a acompañarnos durante toda la vida.

Ahora, cuando intento reconstruir aquel barrio, descubro que la memoria no tiene la cortesía de respetar el orden de los acontecimientos.

Primero vuelve la pila.

Después las mulas.

Luego la casa de los León.

La voz de doña Flery.

Los ojos claros de aquella familia.

Crucita.

Don Tanito.

Y de pronto, sin ninguna advertencia, vuelve aquella madrugada del 2 de diciembre de 1966, con el cielo encendido por el incendio del Mercado Central.

También vuelve Salvador Galvez, muchacho todavía, inclinado sobre su paisaje, sin saber que estaba pintando algo más que una cumbre.

Quizá estaba pintando, sin saberlo, el mundo que nosotros también habríamos de perder.

Porque de aquel barrio quedan los nombres, algunas casas transformadas por el tiempo y unas cuantas imágenes que regresan cuando menos se las espera.

La pila ya no está.

Las mulas ya no suben la cuesta.

Los zapateros dejaron de marcar las horas con sus martillos.

El viejo lupanar desapareció debajo de los automóviles.

Las voces de muchas familias se apagaron hace años.

Algunas personas se fueron sin despedirse.

Otras murieron.

Otras simplemente desaparecieron de la memoria de los vivos.

Pero hay noches en que todo vuelve.

Vuelve el agua de la pila.

Vuelve el olor del carbón.

Vuelven las mulas subiendo lentamente la cuesta.

Vuelven las gradas de la casa de Franz.

Vuelve la voz de doña Flery.

Vuelve Crucita.

Vuelve don Tanito.

Vuelve Salvador con sus doce años y su paisaje.

Vuelve el fuego del Mercado Central iluminando la madrugada.

Vuelven los nombres de quienes fueron nuestros vecinos, nuestros compañeros y nuestros primeros testigos del mundo.

Y por un instante el barrio vuelve a ser el mismo.

Las casas recuperan sus colores.

Los muertos regresan a sus puertas.

Los niños vuelven a ocupar las aceras.

La pila vuelve a llenarse.

Y nosotros volvemos a ser aquellos muchachos que todavía no sabían que estaban viviendo los días que un día recordarían con desesperación.

Entonces comprendo que quizá nunca hemos perdido del todo aquel lugar.

Tal vez los lugares verdaderamente perdidos son los que terminan viviendo dentro de nosotros.

Tal vez la Cuesta del Caracol no desapareció.

Tal vez somos nosotros quienes seguimos subiéndola, año tras año, mientras el tiempo nos lleva de la mano hacia la cima.

Y quizá por eso, cuando cierro los ojos, todavía puedo escuchar el agua de aquella pila.

Puedo oír las mulas.

Puedo escuchar los martillos de los zapateros.

Puedo ver el fuego distante sobre la ciudad.

Y puedo sentir que, en alguna parte de aquella cuesta que ya no existe como entonces, todavía camina el niño que fui, llevando entre las manos el único equipaje que el tiempo no pudo quitarle:

la memoria.

Luis

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