Se Llama Martín Sánchez y también se fue para el otro lado
Hace meses que esta idea se pasea por mi cabeza como un animal antiguo que hubiera encontrado en mis recuerdos el único lugar donde todavía puede dormir. No me extraña. Desde hace muchos años convivo con los fantasmas del pasado, con los vagabundos de mi infancia que siguen caminando por los mismos senderos de tierra, como si el tiempo hubiera olvidado borrarlos y ellos se empeñaran en impedir que aquellos caminos llegaran alguna vez a su final. De día, cuando el sol apenas alcanza para espantar la nostalgia, y de noche, cuando el sueño se niega a cerrar los ojos, esa idea galopa dentro de mí atravesando mi infancia, mi adolescencia y el instante preciso en que abandoné aquella tierra donde estaban enterrados todos los nombres que alguna vez pronuncié con amor.
Mi partida… Tal vez sea esa la razón que me despierta antes del alba y que tantas noches me deja mirando la oscuridad hasta que cantan los gallos. Haber salido de Quetzaltenango con las manos vacías, como lo hicieron cientos de hombres antes que yo y miles después, sin saber que la pobreza no era el equipaje más pesado. Me fui creyendo que sólo abandonaba una ciudad, sin sospechar que también dejaba atrás el amor de mi vida, y que uno puede sobrevivir al hambre, al frío y al exilio, pero rara vez sobrevive intacto al lugar donde dejó su corazón.
Cuando uno abandona la tierra donde aprendió a caminar, no se marcha solo. Carga sobre los hombros la voz del padre llamándolo desde el patio, las manos de la madre acomodando la mesa para una cena que nunca volverá a repetirse, las risas de los hermanos, los amigos que prometieron esperarlo para siempre y las traiciones que, con el tiempo, terminan pareciéndose demasiado a los viejos amores. Porque son precisamente esas traiciones, y los amores rotos por el desengaño, los que nos vuelven hombres mientras lloramos en silencio por los caminos del destierro, convencidos de que nadie escucha el ruido que hace un corazón cuando se rompe lejos de su casa.
Muchos partieron detrás de mí. Algunos se quedaron para siempre en algún rincón del camino donde nadie recuerda sus nombres. Otros regresaron antes de cruzar la mitad del desierto porque comprendieron que también existe una derrota digna. Algunos atravesaron el río, vencieron la frontera, burlaron a la aduana y encontraron al otro lado los amores que habían perdido o, al menos, encontraron alguien que les hizo creer durante un tiempo que el pasado podía olvidarse.
Me contaron que, allá por Veracruz, en México, existe un grupo de mujeres que espera el paso del tren con los ojos llenos de una misericordia que sólo conocen las madres. Cuando aparece aquella inmensa bestia de hierro, lanzan bolsas con comida y botellas de agua a los migrantes que viajan aferrados a los vagones como si abrazaran el último pedazo de esperanza que les queda. Dicen que algunas rezan mientras lanzan el pan, porque saben que el tren devora hombres con la misma facilidad con la que otros animales devoran la hierba.
Siempre he pensado que los nombres no nacen por casualidad. Los nombres de las personas, de los pueblos, de los ríos, de los apellidos y hasta de los apodos esconden una historia que sólo el tiempo conoce por completo. Esa bestia de hierro me hace recordar a mi abuelo, quien aseguraba que cuando el primer tren llegó a su aldea la gente corría a esconderse detrás de los árboles y de las paredes de adobe. «¡Corran, muchachos, que ya viene el Perrocarril!», gritaban, pronunciando aquella palabra con el mismo temor con que otros nombraban al diablo, porque el tren parecía un animal descomunal que resoplaba humo negro y sacudía la tierra como si anunciara el fin del mundo.
Pero esa bestia nos lleva todavía más lejos, hasta hace más de dos mil quinientos años, cuando Alejandro Magno logró domesticar a un caballo salvaje llamado Bucéfalo, la cabeza de toro, cuya bravura era tan grande que sólo aceptó inclinarse ante un hombre que supo mirarlo sin miedo. Montado sobre aquel caballo conquistó imperios enteros, como si la historia hubiera decidido que los hombres nacidos para marcharse sólo podían hacerlo sobre criaturas indomables.
Plutarco cuenta que Bucéfalo era tan feroz que muchos creían que descendía de las yeguas de Diomedes, aquellas bestias que se alimentaban de carne humana y que Hércules tuvo que capturar en uno de sus doce trabajos. Encadenadas por un rey tan cruel como ellas, devoraban a los viajeros inocentes que tenían la desgracia de pasar por sus dominios. Desde entonces he pensado que las bestias nunca desaparecen; simplemente cambian de piel para seguir alimentándose de los hombres.
Hoy ya no tienen forma de caballo.
Tienen ruedas de acero.
Cruzan la noche con un silbido interminable.
Y siguen alimentándose de la carne de los migrantes.
No hace falta decir nada más.
Todo este rodeo, que parece desviarse entre trenes, caballos y caminos de destierro, no ha sido más que la manera que tiene la memoria de prepararme para hablar de un hombre al que nunca conseguí olvidar. Porque los recuerdos son como los ríos de la montaña: jamás avanzan en línea recta; dan vueltas, desaparecen bajo las piedras y reaparecen muchos kilómetros después, como si hubieran estado buscando el momento preciso para volver a la superficie.
Ese hombre se llamaba Martín Sánchez.
Él también emprendió el viaje hacia el otro lado. Nunca supe con certeza cuál fue el sendero que eligió ni cuántas fronteras tuvo que dejar atrás, pero sí sé que la vida lo llevó muy lejos, tan lejos que el muchacho que un día conocí terminó convertido en otro hombre. Sin embargo, a diferencia de muchos, Martín fue de los que regresaron. Hay personas que vuelven con las manos llenas y otras que regresan cargando únicamente los silencios que recogieron durante el camino. Nunca pregunté cuál de las dos cosas traía Martín, porque hay preguntas que sólo el tiempo tiene derecho a responder.
Venía de una familia trabajadora. Tenía una madre y un padre que en el barrio eran conocidos por la dignidad con la que enfrentaban la vida. Decían que su padre era un hombrazo de esos a quienes el trabajo jamás les producía miedo, hombres que parecían hechos de la misma madera con que se construían las puertas antiguas: resistentes al sol, a la lluvia y a las desgracias. Creo recordar que también se llamaba Martín, como si el nombre hubiera decidido quedarse para siempre en aquella familia. Siempre pensé que los Sánchez guardaban algún parentesco con la estirpe de los De Paz; quizás con doña Elisa o con Martín De Paz, porque en nuestros pueblos las familias terminaban entrelazándose de maneras que nadie alcanzaba a explicar y que sólo las abuelas conocían de memoria.
Su madre era una mujer silenciosa, de esas que nunca necesitaban levantar la voz para hacerse respetar. Cuando nosotros atravesábamos la adolescencia creyéndonos dueños del mundo, la veíamos caminar por las calles del barrio con una elegancia que no dependía de la ropa sino de la serenidad con que llevaba la vida sobre los hombros. Caminaba siempre ligera, con la mirada fija hacia adelante, como si conociera un destino que los demás todavía ignorábamos. Al cruzarse con las otras mujeres las saludaba con aquella mezcla de respeto y discreción que tenían las madres de entonces, mujeres educadas para sostener una familia sin hacer ruido, convencidas de que la bondad era una forma de fortaleza que no necesitaba exhibirse.
Muchos años después, cuando la distancia ya había convertido a Quetzaltenango en un lugar donde sólo podía regresar con la memoria, comenzaron a llegarme largas cartas y, más tarde, interminables correos electrónicos escritos por los amigos que permanecieron en el barrio. Me contaban las pequeñas noticias que para cualquier otro habrían sido insignificantes, pero que para mí tenían el peso de una patria entera.
«¿Te acordás de aquel…?»
Y entonces empezaban a desfilar los nombres como si los estuvieran llamando lista en una escuela que el tiempo se había negado a cerrar.
El Chino.
El Chapis.
El Moncho.
Y, tarde o temprano, siempre aparecía Martín Sánchez.
Porque hay personas que nunca terminan de irse. Permanecen viviendo en la memoria de quienes compartieron con ellas una calle polvorienta, un partido de fútbol, una tarde de lluvia o un pedazo de infancia. Y mientras alguien siga pronunciando su nombre, continúan caminando por las mismas calles del barrio La Cumbre y de El Caracol, donde el tiempo parece haber aprendido el secreto de quedarse inmóvil.
