{"id":12,"date":"2024-01-25T14:18:20","date_gmt":"2024-01-25T13:18:20","guid":{"rendered":"https:\/\/luis-paraiso.art\/?p=12"},"modified":"2026-08-26T17:13:24","modified_gmt":"2026-08-26T15:13:24","slug":"le-musicien-de-jazz","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/luis-paraiso.art\/?p=12","title":{"rendered":"El clarinetista que tocaba jazz"},"content":{"rendered":"\n<p>en construction<\/p>\n\n\n\n<p>Muchos a\u00f1os despu\u00e9s, frente a la luz agonizante de un candil de queroseno, los nietos habr\u00edan de recordar las noches en que el abuelo Mariano regresaba de los confines de la tierra con el peri\u00f3dico bajo el brazo, como un mensajero de realidades remotas que nadie m\u00e1s alcanzaba a comprender.<\/p>\n\n\n\n<p>Todo esto para hablar de mi padre y de mi abuelo Mariano el era el padre de mam\u00e0.<\/p>\n\n\n\n<p>Aquella estirpe hab\u00eda comenzado en Jutiapa, una regi\u00f3n de olvidos donde naci\u00f3 Ram\u00f3n, bajo el signo de un padre militar llamado Sarvelio. Aquel abuelo de uniforme ostentaba el grado de teniente y gobernaba la autoridad de un pueblo impreciso de la geograf\u00eda, hasta que una pulmon\u00eda de cuartel lo fulmin\u00f3 en Amatitl\u00e1n, dej\u00e1ndole como \u00fanica herencia a su viuda y a tres hijas una orfandad de solemnidad y miseria.<\/p>\n\n\n\n<p>Fue entonces cuando Ram\u00f3n, con la urgencia del hambre, descubri\u00f3 que su destino estaba atado a los vientos. En su adolescencia ind\u00f3mita, recorri\u00f3 el mapa de fiesta en fiesta y de circo en circo junto a su hermana Teresa. Eran dos espectros cantores que amenizaban las ferias locales con voces tan prodigiosas que, cuando la funci\u00f3n del circo declinaba en el tedio, el p\u00fablico rug\u00eda con una impaciencia casi sagrada: \u00ab\u00a1Que cante Teresita y Monchoooo!\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Sin embargo, los primeros acordes de aquella vida andariega se ahogaron muy pronto en la humedad de los pozos. Convertido en el sost\u00e9n prematuro de la casa, Ram\u00f3n entr\u00f3 a trabajar en una tener\u00eda familiar. All\u00ed, entre los vapores \u00e1cidos y las fosas donde se curt\u00edan las pieles, se desvanecieron los primeros sue\u00f1os de la m\u00fasica.<\/p>\n\n\n\n<p>Al t\u00e9rmino de unas semanas de labor infatigable, cuando el muchacho fue a reclamar el salario de su sudor, el encargado le respondi\u00f3 con una frialdad de piedra que los dineros ya hab\u00edan sido entregados a su madre por adelantado. Era la primera lecci\u00f3n de una verdad inalterable: la necesidad no tiene memoria cuando el padre ya no est\u00e1. No hab\u00eda forma de torcer el rumbo.<\/p>\n\n\n\n<p>El pasado es un mecanismo implacable, semejante al diafragma de una c\u00e1mara fotogr\u00e1fica que se abre y se cierra con la velocidad del rel\u00e1mpago; una vez fijado el retrato del tiempo, la imagen queda congelada para siempre. La pobreza parec\u00eda tener ese \u00fanico prop\u00f3sito en el mundo: achicar el horizonte de los hombres para que no miraran m\u00e1s all\u00e1 de sus propios pies. Acaso por eso las revoluciones de la tierra no cambiaban nada, pues exist\u00eda un pacto secreto y eterno entre la desgracia del estado actual de las cosas y el \u00edmpetu in\u00fatil de los revolucionarios.<\/p>\n\n\n\n<p>De Ram\u00f3n se sab\u00eda poco porque hablaba en susurros y contaba su historia en fragmentos dispersos. Su propia madre, Mar\u00eda Dolores, llevaba un nombre que era un designio exacto de su tr\u00e1nsito por la tierra; desde el d\u00eda de su nacimiento fue proscrita por el orgullo de un padre que, aunque la declar\u00f3 ante los registros del mundo, se neg\u00f3 a concederle el derecho de su apellido Zea. Ser\u00eda necesario que, muchas d\u00e9cadas m\u00e1s tarde, Ram\u00f3n gastara sus pocos centavos en un abogado de la capital para abolir legalmente aquella afrenta notarial que a nadie le importaba ya.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero Ram\u00f3n nunca abandon\u00f3 la persecuci\u00f3n de la m\u00fasica. Era un hombre imantado por el estruendo de las orquestas y las maderas sonantes de la marimba. Fatigado de perseguir el destino en los oficios sucesivos de curtidor, arriero de caballos y alba\u00f1il de andamios, un mediod\u00eda se desplom\u00f3 desde una altura de v\u00e9rtigo. El accidente le fractur\u00f3 las costillas y sumi\u00f3 a las mujeres de su casa en una penumbra de escasez absoluta. Fue al cumplir los dieciocho a\u00f1os cuando Ram\u00f3n tom\u00f3 la determinaci\u00f3n m\u00e1s extra\u00f1a de su vida: camin\u00f3 con paso firme hacia el parque central de Jutiapa.<\/p>\n\n\n\n<p>Era la \u00e9poca aciaga en que las patrullas gubernamentales cazaban a los j\u00f3venes en las esquinas para reclutarlos a la fuerza; Ram\u00f3n, desafiando las leyes del miedo, fue el \u00fanico voluntario que se entreg\u00f3 por su propia voluntad, entregando su juventud a las armas para salvar de la inanici\u00f3n a su madre y a sus tres hermanas.<\/p>\n\n\n\n<p>Gracias a una sombra de influencia que a\u00fan proyectaba el recuerdo del pap\u00e1 Sarvelio, el muchacho logr\u00f3 ingresar en la Escuela de Sustitutos Militares, aquel santuario fundado en los tiempos en que el presidente Garc\u00eda Granados retuvo al maestro italiano Pietro Visoni para que sembrara la primera Banda Marcial en los pechos de Centroam\u00e9rica, antes de que Justo Rufino Barrios impusiera su ley de hierro.<\/p>\n\n\n\n<p>Fue en esos a\u00f1os de partituras e himnos guerreros donde Ram\u00f3n conoci\u00f3 a Adela, una muchacha de pies descalzos y estirpe pokomam, cuyas ra\u00edces se hund\u00edan en los lodos antiguos de Villalobos, B\u00e1rcenas y Chinautla. Era hija de la abuela Pancha, una mujer de manos encallecidas por el oficio de lavar ropas ajenas y palmear tortillas sobre el comal.<\/p>\n\n\n\n<p>Ram\u00f3n, que ven\u00eda de una familia zurcida con los hilos de la venganza, el desprecio y el abandono, encontr\u00f3 en el hogar de los Jim\u00e9nez Vel\u00e1squez un remanso para sus tormentos. El patriarca de aquella casa, el abuelo Mariano, tambi\u00e9n era un iniciado en los misterios de la m\u00fasica. Tocaba una melod\u00eda extra\u00f1a y remota, una m\u00fasica de la tierra que resonaba en los campos olvidados de Villa-Nueva como un conjuro para no ser borrados por el polvo del olvido.<\/p>\n\n\n\n<p>Mariano era un jornalero atrapado en las plantaciones de tabaco, un hombre que durante a\u00f1os tuvo que vivir escondido en la espesura de los montes para escapar de la guardia del general Jorge Ubico. En aquellos tiempos de tiran\u00eda, tener la piel de indio o la condici\u00f3n de pobre era un delito que se pagaba con el calabozo o el trabajo forzado, seg\u00fan lo dictaba el implacable Decreto N\u00famero 1996 de la Ley Contra la Vagancia. Justo Rufino Barrios hab\u00eda despojado a los indios de sus tierras ancestrales para luego obligarlos a cultivar tres manzanas de caf\u00e9 o tabaco bajo la amenaza del l\u00e1tigo. \u00ab\u00bfDe qu\u00e9 tierra habla la ley si nos la quitaron toda?\u00bb, se preguntaba Mariano en la clandestinidad.<\/p>\n\n\n\n<p>El abuelo Mariano no dej\u00f3 partituras ni testamentos musicales; era un campesino cuya mayor obra de arte fue la fuga perpetua frente al r\u00e9gimen dictatorial. Sin embargo, en los d\u00edas de bautizos y casamientos, se juntaba con una cofrad\u00eda de m\u00fasicos ancianos para hacer que las guitarras y el aire vibraran con un eco de felicidad que desafiaba a la tiran\u00eda. Aquellos viejos, que hab\u00edan trabajado desde la infancia con caites de cuero y que hab\u00edan aprendido a leer entre las sombras, terminaron sus d\u00edas como los mendigos del nuevo siglo, muriendo en los callejones o pidiendo posada en los ranchos de otros pobres, confirmando que las revoluciones solo serv\u00edan para cambiar el nombre de los gobernantes.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero Mariano no muri\u00f3 en el abandono. Pertenec\u00eda a una familia descomunal donde los hijos, por una herencia moral que llevaban sellada en la sangre, se hac\u00edan cargo de los padres hasta el \u00faltimo suspiro. La abuela, con una piedad que parec\u00eda no pertenecer a este mundo, abr\u00eda las puertas a parientes lejanos de familias ya extinguidas por las pestes o el tiempo, y los acompa\u00f1aba a morir con una paciencia de santa. Ella repet\u00eda siempre una advertencia b\u00edblica: cuando los hombres mueren, el Creador les concede un plazo de gracia para recorrer todos los caminos que anduvieron en vida, con el \u00fanico fin de recoger los desperdicios de su cuerpo: las u\u00f1as cortadas, los cabellos perdidos y las l\u00e1grimas derramadas en los d\u00edas de dolor.<\/p>\n\n\n\n<p>En sus a\u00f1os finales, el abuelo Mariano se emple\u00f3 como repartidor del diario <em>El Imparcial<\/em>. Sal\u00eda a las cuatro de la tarde de los talleres de la zona uno y caminaba leguas enteras hasta La Pedrera y los proyectos remotos, llevando las noticias del mundo a unos lectores invisibles que jam\u00e1s conocieron su rostro.<\/p>\n\n\n\n<p>Al regresar a casa, cerca de las diez de la noche, los nietos lo esperaban alrededor de la mesa para devorar la cena y leer los peri\u00f3dicos bajo la luz vacilante de un candil de queroseno. En sus horas de vigilia, Mariano se dedicaba a escribir y adaptar \u00ab\u00a0loas\u00a0\u00bb, aquellas piezas de teatro religioso y moralizante que se escenificaban en las plazas entre acordes de vihuelas y arpas. En los d\u00edas ordinarios, sembraba ma\u00edz, frijol y guisquiles en un pedazo de tierra prestada donde florec\u00eda un platanar de guineos majunches. Cuando los nietos tuvieron uso de raz\u00f3n, \u00e9l ya era un anciano que dominaba las letras y el destino, y cuya imagen tocando la guitarra junto a su banda de viejos navegaba en la memoria familiar como un barco fantasma que el tiempo no pod\u00eda hundir.<br><br><br><br><br><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>en construction Muchos a\u00f1os despu\u00e9s, frente a la luz agonizante de un candil de queroseno, los nietos habr\u00edan de recordar las noches en que el abuelo Mariano regresaba de los confines de la tierra con el peri\u00f3dico bajo el brazo,&#8230;<\/p>\n","protected":false},"author":2,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-12","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-non-classe"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/luis-paraiso.art\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/12","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/luis-paraiso.art\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/luis-paraiso.art\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/luis-paraiso.art\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/2"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/luis-paraiso.art\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=12"}],"version-history":[{"count":19,"href":"https:\/\/luis-paraiso.art\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/12\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":1119,"href":"https:\/\/luis-paraiso.art\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/12\/revisions\/1119"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/luis-paraiso.art\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=12"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/luis-paraiso.art\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=12"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/luis-paraiso.art\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=12"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}