{"id":1061,"date":"2026-08-12T13:30:19","date_gmt":"2026-08-12T11:30:19","guid":{"rendered":"https:\/\/luis-paraiso.art\/?p=1061"},"modified":"2026-08-12T14:35:03","modified_gmt":"2026-08-12T12:35:03","slug":"la-cuesta-del-caracol-diagonal-4-y-9-avenida-quetzaltenango","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/luis-paraiso.art\/?p=1061","title":{"rendered":"La cuesta del Caracol diagonal 4 y 9 avenida Quetzaltenango"},"content":{"rendered":"\n<h1 class=\"wp-block-heading\"><strong>La Cuesta del Caracol<\/strong><\/h1>\n\n\n<div class=\"wp-block-image\">\n<figure class=\"aligncenter size-full is-resized\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" width=\"554\" height=\"364\" src=\"https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/08\/algo-asi-era.png\" alt=\"\" class=\"wp-image-1063\" style=\"width:463px;height:auto\" srcset=\"https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/08\/algo-asi-era.png 554w, https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/08\/algo-asi-era-300x197.png 300w\" sizes=\"auto, (max-width: 554px) 100vw, 554px\" \/><\/figure><\/div>\n\n\n<p><strong>Muchos a\u00f1os despu\u00e9s, cuando ya nadie recordaba con exactitud cu\u00e1ndo hab\u00edan comenzado a desaparecer las casas, las voces y hasta el olor del carb\u00f3n mojado, el autor de estos d\u00edas habr\u00eda de recordar, al pie de la subida m\u00edtica de El Caracol, aquella tarde remota en que su padre lo llev\u00f3 con sus hermanos a poblar los inviernos de Quetzaltenango.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Ven\u00edan de Mazatenango, un pueblo calcinado por un sol de bruma donde las cosas parec\u00edan reci\u00e9n inventadas y el mundo ten\u00eda la consistencia enga\u00f1osa de los espejismos. All\u00ed los helados se derret\u00edan entre los dedos antes de que uno alcanzara a probarlos, y los d\u00edas parec\u00edan obedecer al comp\u00e1s secreto de las partituras n\u00f3madas de su padre, un m\u00fasico trashumante que viajaba de pueblo en pueblo con la obstinaci\u00f3n de quien pretendiera descifrar el universo mediante el orden de las notas.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>La familia hab\u00eda vivido hasta entonces como viven los pueblos que no encuentran todav\u00eda un sitio donde enterrar sus ra\u00edces: de casa en casa, de patio en patio, arrastrando muebles, recuerdos y temores por habitaciones ajenas. Hab\u00edan padecido un nomadismo b\u00edblico, hecho de paredes prestadas, de puertas que nunca terminaban de ser ajenas y de noches en que los miedos no encontraban un lugar propio donde ser sepultados. Porque nadie sabe de qu\u00e9 est\u00e1 hecho un solo d\u00eda cuando se ha vivido con los materiales del odio, el rencor y las violencias sufridas, y no se tiene un techo seguro bajo el cual aprender a olvidar.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Pero los vientos errantes amainaron por fin la ma\u00f1ana en que el padre anunci\u00f3, con la solemnidad de un profeta que acabara de recibir una revelaci\u00f3n, que la errancia de gitanos y jud\u00edos terminar\u00eda en la encrucijada de la Calle \u00abC\u00bb y la Novena Avenida.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Fue all\u00ed donde el destino decidi\u00f3 detenerlos.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Y fue all\u00ed, bajo el milagro implacable de los atardeceres fr\u00edos de noviembre, donde \u00e9l termin\u00f3 de incubar la infancia y se entreg\u00f3, sin defensas y sin comprender todav\u00eda que los a\u00f1os felices s\u00f3lo adquieren su verdadera dimensi\u00f3n cuando ya han desaparecido, a los rigores desoladores de la adolescencia.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>En aquella esquina florecieron sus primeros amores, tan contrariados como ardientes, y quedaron sellados bajo la complicidad silenciosa de los portones antiguos. All\u00ed tambi\u00e9n el destino, en uno de sus pocos arrebatos de generosidad, le entreg\u00f3 a sus amigos, esos seres que aparecen en la juventud sin que nadie advierta que algunos de ellos habr\u00e1n de acompa\u00f1arnos para siempre, aunque despu\u00e9s la vida se encargue de dispersarlos por ciudades y pa\u00edses y hasta por regiones de la memoria donde resulta imposible encontrarlos.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Los transe\u00fantes de aquellos a\u00f1os cruzaban la calle sin sospechar el peso de sus propias sombras. Ven\u00edan desde la m\u00edtica Salida de Almolonga y serpenteaban junto a la antigua Licorera, un paraje fantasmal donde todav\u00eda parec\u00eda flotar el eco de una medianoche en que los polic\u00edas militares, pose\u00eddos por un s\u00fabito delirio alcoh\u00f3lico, desenfundaron las armas, hicieron estallar dos granadas y dispararon varias r\u00e1fagas de metralleta que estremecieron los cimientos del aire.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>El barrio aprendi\u00f3 entonces que la violencia tambi\u00e9n pod\u00eda tener memoria.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Y sigui\u00f3 viviendo.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Porque los barrios, como las familias, poseen una manera particular de sobrevivir a sus muertos.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Siguiendo ahora el hilo invisible de los recuerdos, como quien descifra un pergamino enterrado durante generaciones, el viajero pasa de largo frente al Palacio de los Tribunales, aquel vetusto Palacio Figueroa, caser\u00f3n de estirpe neocl\u00e1sica levantado a finales del siglo XVIII, que parec\u00eda resistirse con una obstinaci\u00f3n de piedra a los terremotos y al derrumbe del tiempo.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Pero los pasos que llevan a los hombres hacia la cuesta de El Caracol siempre terminan encontrando el rumbo de regreso a la Novena Avenida.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>All\u00ed sigue \u00e9l.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Caminando sobre sus propios recuerdos.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Las calles adoquinadas se le aparecen entonces cubiertas de una nostalgia que no estaba all\u00ed cuando era ni\u00f1o, porque la nostalgia es una enfermedad que s\u00f3lo se manifiesta cuando las cosas han desaparecido. Y mientras avanza vuelve a ver las tardes de su infancia, una tras otra, como si alguien hubiera abierto una puerta secreta en el tiempo.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Al inicio de la subida, donde el tiempo comenzaba a torcerse y las casas parec\u00edan saber m\u00e1s de sus habitantes que los propios habitantes, estuvo una vez un lupanar legendario cuyos secretos terminaron sepultados muchos a\u00f1os despu\u00e9s, cuando un amigo compr\u00f3 la propiedad para convertirla en un mundano parqueo de autom\u00f3viles.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Frente a aquel lugar se alzaba una casa verde.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Y al viajero siempre le pareci\u00f3 una l\u00e1stima que el burdel no hubiese tenido aquel mismo color de selva, porque entonces habr\u00eda pose\u00eddo, seg\u00fan pensaba, tantas cosas que contar como la m\u00edtica casa de Vargas Llosa, aquel relato coral donde los destinos humanos se entrecruzan en medio del caos, el deseo, la violencia y la supervivencia.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>A la derecha permanec\u00eda la casa de la familia Tucush, una dinast\u00eda de artesanos que parec\u00eda haber hecho un pacto con el tiempo para no desaparecer. All\u00ed hubo sucesivamente una tienda, una panader\u00eda y un taller de sastrer\u00eda, y cada negocio parec\u00eda heredar las paredes del anterior como si las paredes mismas fueran las verdaderas propietarias de la casa.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Un poco m\u00e1s all\u00e1, despu\u00e9s de la casa amarilla y del port\u00f3n de Mart\u00edn S\u00e1nchez, la cuesta guardaba uno de sus misterios m\u00e1s profundos.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>De la casa de Mart\u00edn el viajero conservaba una memoria mineral.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Hab\u00edan pasado tantos a\u00f1os que por modestia no dir\u00eda que milenios, aunque quienes sobrevivieron a aquella \u00e9poca sintieran exactamente el peso de las eras.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Fue una ma\u00f1ana, alrededor de las diez, cuando la cuesta recibi\u00f3 una revelaci\u00f3n que parec\u00eda haber sido preparada por la tierra desde hac\u00eda diez mil a\u00f1os.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Los operarios realizaban unas excavaciones dom\u00e9sticas en el patio de los S\u00e1nchez Ixcaragua cuando las palas tropezaron con una estructura masiva y petrificada. Al principio creyeron que se trataba de un escombro antiguo, uno de tantos que el tiempo suele esconder debajo de las casas para que los vivos tropiecen con \u00e9l sin preguntarse de d\u00f3nde viene.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Pero la tierra termin\u00f3 por parir el caparaz\u00f3n inm\u00f3vil de un armadillo gigante.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Era un megamam\u00edfero del Pleistoceno que hab\u00eda escogido el subsuelo de Mart\u00edn para dormir una siesta de diez mil a\u00f1os.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Durante un tiempo, aquella criatura enterrada pareci\u00f3 formar parte natural del vecindario.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Nadie pod\u00eda explicar c\u00f3mo hab\u00eda llegado hasta all\u00ed.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Nadie pod\u00eda explicar por qu\u00e9 hab\u00eda esperado tantos siglos precisamente debajo de aquella casa.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Y tal vez por eso mismo todos terminaron acept\u00e1ndola.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>En la acera izquierda, una estirpe de zapateros dictaba el ritmo de sus vidas a golpes de martillo.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Tac.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Tac.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Tac.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>El sonido se confund\u00eda con el de la cuesta y parec\u00eda medir las horas del barrio.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>All\u00ed, un amigo de la infancia llamado Carlos Armando aprendi\u00f3 las artes del cuero, dentro de una hermandad de artesanos cuyos pormenores habr\u00edan de pertenecer alg\u00fan d\u00eda a las cr\u00f3nicas futuras.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Sus maestros zapateros lo llamaban cari\u00f1osamente \u201cChaly\u201d fue musico dirigi\u00f3 la banda de guerra de \u201cEl glorioso INVO\u201d en su centenario y muchos a\u00f1os mas, se gradu\u00f3 de abogado y notario.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>De entre aquellos hombres surgi\u00f3 Mariano, un joven de voluntad nocturna que estudiaba para perito contador en la ENCO y que, la misma semana en que recibi\u00f3 su t\u00edtulo de tip\u00f3grafo del destino, desapareci\u00f3 de la faz del barrio con la volatilidad de un fantasma.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Dec\u00edan que se hab\u00eda ido a la capital para venderle el alma al comercio.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Pero nadie volvi\u00f3 a saber de \u00e9l.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Y durante alg\u00fan tiempo su ausencia fue una pregunta m\u00e1s entre tantas otras que permanecieron sin respuesta en aquella cuesta.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Frente a los zapateros viv\u00eda Pilo, futbolista de dotes magnas, que estuvo a punto de ser reclutado por el equipo Pepsi. La gloria deportiva estuvo al alcance de sus manos, pero los centavos reales que ganaba en la f\u00e1brica de tejidos de la Cuesta Blanca terminaron siendo m\u00e1s poderosos que los sue\u00f1os.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Pilo escogi\u00f3 la f\u00e1brica.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>O quiz\u00e1 fue la pobreza la que escogi\u00f3 por \u00e9l.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Sobre su casa, sin embargo, pesaba una tragedia que nadie del barrio consigui\u00f3 olvidar. Su peque\u00f1a hija hab\u00eda muerto ahogada en un charco de agua de lluvia mientras la madre se ocupaba del que hacer del cuarto donde viv\u00edan.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Era una muerte demasiado peque\u00f1a para una tragedia tan grande.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Y desde entonces aquella esquina qued\u00f3 marcada por una cicatriz que los a\u00f1os no pudieron borrar.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Al lado de aquella casa de dolores vive el maestro pintor Otto Estrada, en su taller de arte, un maestro a quien el autor vio durante a\u00f1os subir y bajar la cuesta frente a la tienda \u00abLa Cumbre\u00bb, repitiendo el mismo trayecto con la paciencia de un p\u00e9ndulo humano.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>De sus manos naci\u00f3 un retrato encargado que hoy descansa en un estudio lejano, despu\u00e9s de que el lienzo original cruzara el oc\u00e9ano en las manos de Angiee, una francesa melanc\u00f3lica que trabajaba en la embajada de su pa\u00eds.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>As\u00ed tambi\u00e9n viajaban las cosas de aquel barrio.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Un hombre pod\u00eda marcharse.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Una pintura pod\u00eda cruzar el oc\u00e9ano.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Una casa pod\u00eda convertirse en parqueo.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Un muerto pod\u00eda quedarse debajo de la tierra durante diez mil a\u00f1os.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Y, sin embargo, el recuerdo permanec\u00eda.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>La cuesta segu\u00eda subiendo.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>En la parte m\u00e1s alta estaba la tienda de la madre de Franz, un dentista apasionado por el frenes\u00ed del f\u00fatbol, justo frente a la casa de los Hurtado, all\u00ed donde la cuesta se convert\u00eda en una cuchilla definitiva entre la Novena Avenida y la Diagonal 4.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Muy cerca de all\u00ed, junto a la pila p\u00fablica de El Caracol, parec\u00eda habitar todav\u00eda el recuerdo de Rom\u00e1n Bethancourt, marimbista de la familia de Domingo.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>De aquella pila s\u00ed me acuerdo bien.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Todav\u00eda puedo verla.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Aunque ya no s\u00e9 si veo la pila que existi\u00f3 o la que mi memoria decidi\u00f3 conservar.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Era una pila necesaria.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Y las cosas necesarias suelen convertirse en invisibles hasta que desaparecen.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>All\u00ed \u00edbamos a buscar agua para la casa, porque el agua potable era entonces una promesa incierta en aquel lugar donde viv\u00edamos. La pila pertenec\u00eda a la vida de todos, igual que pertenec\u00edan las calles, las cuestas, los pregones y las voces que lentamente se fueron quedando atrapadas en ellas.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>All\u00ed llegaban los lecheros, tirando de sus mulas cargadas con tarros de leche.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Tambi\u00e9n llegaban aquellos hombres que transportaban carb\u00f3n.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Y por unos instantes parec\u00eda que toda la vida del barrio depend\u00eda de aquellas bestias pacientes que sub\u00edan y bajaban la cuesta con una resignaci\u00f3n de siglos, como si hubieran nacido para caminar eternamente por las mismas piedras.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Lo extra\u00f1o es que nunca he visto una fotograf\u00eda de aquella pila.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Ninguna.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Una cosa que fue tan necesaria para nuestra vida desapareci\u00f3 sin dejar otra prueba que el recuerdo.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Quiz\u00e1 as\u00ed desaparecen las cosas verdaderamente importantes.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>No cuando las derriban.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Sino cuando dejan de existir las personas que todav\u00eda pod\u00edan recordarlas.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>La pila todav\u00eda exist\u00eda cuando Salvador Galvez Mora, compa\u00f1ero m\u00edo de la escuela Francisco Mu\u00f1oz Pinto, pint\u00f3 desde aquella cumbre un paisaje que, seg\u00fan recuerdo, hizo cuando tendr\u00eda unos doce a\u00f1os.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Ya entonces pose\u00eda un talento que no necesitaba explicaci\u00f3n.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Pintaba como si estuviera recordando algo que los dem\u00e1s todav\u00eda no hab\u00edamos visto.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Con aquel cuadro obtuvo el tercer puesto en un certamen de pintura muy connotado en aquellos tiempos.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Yo recuerdo la escena como se recuerdan las cosas de la infancia: sin saber que alg\u00fan d\u00eda ser\u00edan importantes.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Desde La Cumbre, empinados sobre la acera de los Canches y sentados en las gradas de la casa de Franz, vimos tambi\u00e9n el incendio del Mercado Central.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Era la madrugada del 2 de diciembre de 1966.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>La ciudad dorm\u00eda cuando el fuego comenz\u00f3 a crecer.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Primero fue una luz.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Despu\u00e9s otra.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Y finalmente el cielo entero pareci\u00f3 incendiarse.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Nosotros mir\u00e1bamos desde lejos sin comprender del todo lo que significaba aquello. \u00c9ramos demasiado j\u00f3venes para saber que est\u00e1bamos contemplando una de esas im\u00e1genes que el tiempo guarda para siempre, aunque despu\u00e9s se lleve casi todo lo dem\u00e1s.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Muchos a\u00f1os despu\u00e9s todav\u00eda pod\u00eda cerrar los ojos y volver a ver aquella madrugada.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>El fuego.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>La oscuridad.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Las casas inm\u00f3viles.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Y nosotros mirando.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Como si la ciudad estuviera ardiendo solamente para ense\u00f1arnos que tambi\u00e9n las ciudades tienen una infancia y que alg\u00fan d\u00eda, inevitablemente, la pierden.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Sobre la Novena Avenida viv\u00eda la familia de Le\u00f3n: don Repinaldo y su esposa, do\u00f1a Flery, con sus hijos Moncho, Sergio, el nenon y dos ni\u00f1as cuyos nombres se me han perdido en alguna habitaci\u00f3n de la memoria.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Le\u00f3n Camping se dio a conocer fabricando mochilas para los andinistas y, seg\u00fan recuerdo, pertenec\u00eda al Club Andino Los Cuervos.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Hay nombres que uno cree haber olvidado y que, muchos a\u00f1os despu\u00e9s, aparecen de pronto como si hubieran estado esperando pacientemente en alg\u00fan rinc\u00f3n oscuro de la memoria.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Guardo un cari\u00f1o especial por do\u00f1a Flery.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Por insistencia de Moncho, aquella familia me acogi\u00f3 en su casa durante un viaje de regreso de Francia.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Nunca he sabido por qu\u00e9 algunas personas quedan ligadas para siempre a uno, mientras otras, con las que quiz\u00e1 compartimos muchos m\u00e1s a\u00f1os, desaparecen sin remedio.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Do\u00f1a Flery qued\u00f3 ligada a una casa.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>A una calle.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>A un viaje de regreso.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Y con los a\u00f1os aquella circunstancia adquiri\u00f3 una importancia que ninguno de nosotros pod\u00eda sospechar.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>\u00abCabal enfrente de los de Le\u00f3n, y a la par de donde Franz, viv\u00edan los canches\u2026 Gente de piel blanca, ojos claros, entre verdes y grises marchitos. Su estampa contrastaba de una forma casi extraordinaria con nuestras fachas bronceadas, de ojos oscuros\u2026<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Viv\u00edan, seg\u00fan me acuerdo, de vender tortillas, tamales o alguna cosa parecida\u2026 Todo ese bendito chance parec\u00eda parte natural de la casa y de la cuadra, tan normal como el holl\u00edn del carb\u00f3n, las mulas, los botes de leche y el agua mansa de la pila\u2026 de un lugar donde la plata no es un rio.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>El m\u00e1s patojo de ellos se colgo de amor por la Crucita\u2026 \u00bfY el resultado? La dej\u00f3 embarazada. Ten\u00eda que ser.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>En ese tiempo, \u00e9ramos tan patojos, frente a las desgracias. No entend\u00edamos nada. \u00bfY los grandes sab\u00edan qu\u00e9 hacer? \u00a1Qu\u00e9 iban a saber! \u00a1Igual de perdidos y ahogados que nosotros! As\u00ed que se tiraron de cabeza a lo que parec\u00eda la \u00fanica salida, el tiro de gracia de los pobres: el aborto clandestino. La carnicer\u00eda en la sombra\u2026<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Solo que la Crucita no aguant\u00f3. Se qued\u00f3 muerta en plena operaci\u00f3n. Se desangr\u00f3 y ah\u00ed termin\u00f3 todo. Pero la desgracia no par\u00f3 ah\u00ed, qu\u00e9 esperanzas\u2026 Detrasito se fue su pobre madre, que se muri\u00f3 de la pura tristeza. Y meses despu\u00e9s, el abuelo, ese viejo don Tanito, tambi\u00e9n entrego el equipo. La muerte se meti\u00f3 a esa casa y la vaci\u00f3 por completo.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Siempre he pensado que esa familia muri\u00f3 de tristeza, aunque la tristeza no figure en los certificados de defunci\u00f3n y ning\u00fan m\u00e9dico haya podido demostrar que el dolor tiene la costumbre de matar despacio.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>As\u00ed fue como la muerte entr\u00f3 en aquella esquina de nuestras vidas.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>No lleg\u00f3 anunci\u00e1ndose.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>No llam\u00f3 a la puerta.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Simplemente se instal\u00f3.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Se mezcl\u00f3 con el olor del carb\u00f3n, con el paso de las mulas, con el agua de la pila p\u00fablica y con las voces de quienes todav\u00eda no sab\u00edamos que algunos recuerdos estaban destinados a acompa\u00f1arnos durante toda la vida.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Ahora, cuando intento reconstruir aquel barrio, descubro que la memoria no tiene la cortes\u00eda de respetar el orden de los acontecimientos.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Primero vuelve la pila.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Despu\u00e9s las mulas.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Luego la casa de los Le\u00f3n.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>La voz de do\u00f1a Flery.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Los ojos claros de aquella familia.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Crucita.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Don Tanito.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Y de pronto, sin ninguna advertencia, vuelve aquella madrugada del 2 de diciembre de 1966, con el cielo encendido por el incendio del Mercado Central.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Tambi\u00e9n vuelve Salvador Galvez, muchacho todav\u00eda, inclinado sobre su paisaje, sin saber que estaba pintando algo m\u00e1s que una cumbre.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Quiz\u00e1 estaba pintando, sin saberlo, el mundo que nosotros tambi\u00e9n habr\u00edamos de perder.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Porque de aquel barrio quedan los nombres, algunas casas transformadas por el tiempo y unas cuantas im\u00e1genes que regresan cuando menos se las espera.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>La pila ya no est\u00e1.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Las mulas ya no suben la cuesta.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Los zapateros dejaron de marcar las horas con sus martillos.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>El viejo lupanar desapareci\u00f3 debajo de los autom\u00f3viles.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Las voces de muchas familias se apagaron hace a\u00f1os.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Algunas personas se fueron sin despedirse.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Otras murieron.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Otras simplemente desaparecieron de la memoria de los vivos.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Pero hay noches en que todo vuelve.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Vuelve el agua de la pila.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Vuelve el olor del carb\u00f3n.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Vuelven las mulas subiendo lentamente la cuesta.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Vuelven las gradas de la casa de Franz.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Vuelve la voz de do\u00f1a Flery.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Vuelve Crucita.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Vuelve don Tanito.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Vuelve Salvador con sus doce a\u00f1os y su paisaje.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Vuelve el fuego del Mercado Central iluminando la madrugada.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Vuelven los nombres de quienes fueron nuestros vecinos, nuestros compa\u00f1eros y nuestros primeros testigos del mundo.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Y por un instante el barrio vuelve a ser el mismo.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Las casas recuperan sus colores.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Los muertos regresan a sus puertas.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Los ni\u00f1os vuelven a ocupar las aceras.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>La pila vuelve a llenarse.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Y nosotros volvemos a ser aquellos muchachos que todav\u00eda no sab\u00edan que estaban viviendo los d\u00edas que un d\u00eda recordar\u00edan con desesperaci\u00f3n.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Entonces comprendo que quiz\u00e1 nunca hemos perdido del todo aquel lugar.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Tal vez los lugares verdaderamente perdidos son los que terminan viviendo dentro de nosotros.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Tal vez la Cuesta del Caracol no desapareci\u00f3.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Tal vez somos nosotros quienes seguimos subi\u00e9ndola, a\u00f1o tras a\u00f1o, mientras el tiempo nos lleva de la mano hacia la cima.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Y quiz\u00e1 por eso, cuando cierro los ojos, todav\u00eda puedo escuchar el agua de aquella pila.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Puedo o\u00edr las mulas.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Puedo escuchar los martillos de los zapateros.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Puedo ver el fuego distante sobre la ciudad.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Y puedo sentir que, en alguna parte de aquella cuesta que ya no existe como entonces, todav\u00eda camina el ni\u00f1o que fui, llevando entre las manos el \u00fanico equipaje que el tiempo no pudo quitarle:<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>la memoria.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La Cuesta del Caracol Muchos a\u00f1os despu\u00e9s, cuando ya nadie recordaba con exactitud cu\u00e1ndo hab\u00edan comenzado a desaparecer las casas, las voces y hasta el olor del carb\u00f3n mojado, el autor de estos d\u00edas habr\u00eda de recordar, al pie 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