{"id":1051,"date":"2026-08-08T18:46:36","date_gmt":"2026-08-08T16:46:36","guid":{"rendered":"https:\/\/luis-paraiso.art\/?p=1051"},"modified":"2026-08-23T14:39:15","modified_gmt":"2026-08-23T12:39:15","slug":"yo-iliana","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/luis-paraiso.art\/?p=1051","title":{"rendered":"Yo Iliana"},"content":{"rendered":"<div class=\"wp-block-image\">\n<figure class=\"aligncenter size-full\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" width=\"297\" height=\"369\" src=\"https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/08\/Iliana-Dominguez.png\" alt=\"\" class=\"wp-image-1074\" srcset=\"https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/08\/Iliana-Dominguez.png 297w, https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/08\/Iliana-Dominguez-241x300.png 241w\" sizes=\"auto, (max-width: 297px) 100vw, 297px\" \/><\/figure><\/div>\n\n\n<p>Yo soy Iliana Durante mucho tiempo cre\u00ed que los recuerdos pertenec\u00edan a quien los hab\u00eda vivido. Despu\u00e9s comprend\u00ed que no era as\u00ed. Algunos pasan de una persona a otra, como una prenda que se conserva en una casa aunque ya nadie recuerde qui\u00e9n la us\u00f3 primero. Se guardan en las conversaciones, en las fotograf\u00edas, en los papeles doblados dentro de un caj\u00f3n y, algunas veces, en los nombres.<\/p>\n\n\n\n<p>Yo ten\u00eda historias que me hab\u00edan contado cuando era ni\u00f1a. No siempre sab\u00eda qui\u00e9n las hab\u00eda contado. Una pod\u00eda ser de una t\u00eda, quiz\u00e1 hermana de mam\u00e1, y otra de mi abuela. Sus voces se confundieron con los a\u00f1os y acabaron formando una sola voz en mi memoria. Una de aquellas historias dec\u00eda que me llevaban en brazos desde nuestra casa hasta el edificio de Correos. All\u00ed trabajaba mi madre. La persona que me llevaba llegaba conmigo, me entregaba a mam\u00e1 y ella me daba el pecho. Yo no pod\u00eda acordarme de aquello.<\/p>\n\n\n\n<p>Era demasiado peque\u00f1a. Pero la historia hab\u00eda quedado guardada en otra persona y, muchos a\u00f1os despu\u00e9s, lleg\u00f3 hasta m\u00ed. A veces pienso en aquel trayecto. No s\u00e9 cu\u00e1nto tiempo duraba ni por qu\u00e9 calles pasaban. Imagino solamente unos brazos llevando a una ni\u00f1a y otros brazos esperando en una oficina. Entonces todav\u00eda no sab\u00eda nada de las distancias, ni de las separaciones, ni de las cosas que los adultos callaban.<\/p>\n\n\n\n<figure class=\"wp-block-image size-full is-resized\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" width=\"468\" height=\"596\" src=\"http:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/08\/iliana-l.jpg\" alt=\"\" class=\"wp-image-1084\" style=\"width:293px;height:auto\" srcset=\"https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/08\/iliana-l.jpg 468w, https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/08\/iliana-l-236x300.jpg 236w\" sizes=\"auto, (max-width: 468px) 100vw, 468px\" \/><\/figure>\n\n\n\n<p>La historia era sencilla. Una mujer llevaba a una ni\u00f1a. Otra mujer la esperaba. Y durante un momento del d\u00eda, las dos se encontraban. Tambi\u00e9n recuerdo una casa. Era una casa vieja. Quiz\u00e1 m\u00e1s vieja que mi abuela. Muchos a\u00f1os despu\u00e9s volv\u00ed a pasar frente a ella. Me sorprendi\u00f3 encontrarla tan peque\u00f1a. Yo la hab\u00eda conservado en la memoria como una casa enorme, con grandes puertas y ventanas inmensas. Las habitaciones parec\u00edan m\u00e1s profundas y el patio m\u00e1s grande de lo que realmente eran. Comprend\u00ed entonces que la casa no hab\u00eda cambiado.<\/p>\n\n\n\n<p>Hab\u00eda cambiado yo. Cuando era ni\u00f1a, todo parec\u00eda grande. Vi a mi abuela en la puerta. Cerr\u00e9 los ojos. Y entr\u00e9. Los autom\u00f3viles pasaban por la calle. Sus motores se mezclaron con otro ruido que ya no pertenec\u00eda a la calle. Era como un aguacero. Camin\u00e9 hasta el fondo de la casa y desde all\u00ed mir\u00e9 hacia la casa vecina. En aquellos tiempos era un hospicio. All\u00ed dorm\u00edan ni\u00f1os que no ten\u00edan familia. Algunos permanec\u00edan all\u00ed durante a\u00f1os. Tambi\u00e9n recuerdo a una anciana, una mujer de nariz grande, y una voz que la llamaba desde lejos: \u2014\u00a1Do\u00f1a Politaaaa! No recuerdo qui\u00e9n gritaba. No recuerdo qu\u00e9 edad ten\u00eda ella. S\u00f3lo recuerdo aquella voz.<\/p>\n\n\n\n<p>La memoria conserva cosas que no parecen importantes. Despu\u00e9s estaba Edmundo. Jugaba con mi hermano como juegan los ni\u00f1os cuando todav\u00eda no saben que la vida puede separarlos de las personas que aman. Nuestro padre estaba en Melchor de Mencos. Edmundo esperaba que regresara. Para \u00e9l, la distancia no ten\u00eda una medida precisa. Nuestro padre estaba lejos y, por lo tanto, pod\u00eda volver en cualquier momento. Los ni\u00f1os no saben cu\u00e1nto dura una ausencia. Esperan. Algunas tardes, cuando mam\u00e1 regresaba sola despu\u00e9s de sus diligencias, yo miraba a Edmundo. No dec\u00eda nada. Pero en sus ojos aparec\u00eda algo que yo no sab\u00eda nombrar. Era decepci\u00f3n. Tal vez era tristeza. Tal vez las dos cosas.<\/p>\n\n\n\n<figure class=\"wp-block-image size-full is-resized\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" width=\"392\" height=\"562\" src=\"https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/08\/ili-2.png\" alt=\"\" class=\"wp-image-1098\" style=\"width:313px;height:auto\" srcset=\"https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/08\/ili-2.png 392w, https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/08\/ili-2-209x300.png 209w\" sizes=\"auto, (max-width: 392px) 100vw, 392px\" \/><\/figure>\n\n\n\n<p>A unas cuadras de nuestra casa estaban el Mercado de la Democracia, el estadio de f\u00fatbol y la Escuela de Se\u00f1oritas, donde estudiaban las j\u00f3venes que despu\u00e9s ser\u00edan maestras y se\u00f1oras respetables del occidente del pa\u00eds. Tambi\u00e9n estaban la iglesia de San Juan de Dios y el hospital que llevaba el mismo nombre. Todo estaba cerca. El mercado. La escuela. El estadio. La iglesia. El hospital. S\u00f3lo nuestro padre estaba lejos. Yo no preguntaba demasiado.<\/p>\n\n\n\n<p>Para m\u00ed estaba en Melchor de Mencos. Eso bastaba. Muchos a\u00f1os despu\u00e9s comprend\u00ed que las ausencias de mi padre quiz\u00e1 ten\u00edan otras razones. No eran solamente el trabajo ni el destino. Tambi\u00e9n estaba su divorcio de la madre de mis otros hermanos y todo lo que hab\u00eda quedado pendiente despu\u00e9s de aquella separaci\u00f3n. Pero yo era una ni\u00f1a. Los asuntos de los adultos quedaban fuera de mi alcance. Cuando Edmundo naci\u00f3, nuestro padre estaba lejos. Tiempo despu\u00e9s encontr\u00e9 entre documentos viejos un acta que hab\u00eda firmado desde el lugar donde se encontraba para reconocer que era el padre de mi hermano.<\/p>\n\n\n\n<figure class=\"wp-block-image size-full is-resized\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" width=\"366\" height=\"519\" src=\"https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/08\/ili-1.png\" alt=\"\" class=\"wp-image-1099\" style=\"width:273px;height:auto\" srcset=\"https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/08\/ili-1.png 366w, https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/08\/ili-1-212x300.png 212w\" sizes=\"auto, (max-width: 366px) 100vw, 366px\" \/><\/figure>\n\n\n\n<p>Encontr\u00e9 tambi\u00e9n los documentos en los que hab\u00eda acudido al registro civil para declararme como su hija. Los papeles estaban amarillos. La tinta hab\u00eda envejecido. Pero all\u00ed estaban los nombres. A veces los documentos dicen cosas que las personas no dicen. Durante mi infancia nunca comprend\u00ed el rencor de la madre de mis otros hermanos. Nadie nos explicaba nada. Hab\u00eda un silencio alrededor de aquel asunto. Yo pensaba que eran cosas de adultos. Los ni\u00f1os aceptan muchas cosas porque no tienen otra explicaci\u00f3n. Ahora s\u00e9 que sienten lo que ocurre aunque no sepan c\u00f3mo llamarlo. S\u00f3lo cuando fui adulta comprend\u00ed algunas de aquellas historias. La vida me llev\u00f3 muchos a\u00f1os despu\u00e9s a una situaci\u00f3n semejante.<\/p>\n\n\n\n<p>Entonces conoc\u00ed el rencor y la desolaci\u00f3n de sentirse desamparada frente a una historia que parec\u00eda repetirse. Fue entonces cuando comprend\u00ed a mi madre. Y tambi\u00e9n comprend\u00ed a la madre de mis hermanos. Hasta entonces hab\u00eda mirado a mam\u00e1 solamente como se mira a una madre. Despu\u00e9s empec\u00e9 a verla como una mujer. Hab\u00eda trabajado. Hab\u00eda cuidado de nosotros. Hab\u00eda seguido adelante. No nos mostraba sus l\u00e1grimas. Si lloraba, lo hac\u00eda lejos de nosotros. Por las noches deb\u00eda de haber tenido preocupaciones que no conoc\u00edamos.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando naci\u00f3 Jos\u00e9 Fernando y la soledad lleg\u00f3 tambi\u00e9n a mi propia mesa, comprend\u00ed mejor lo que ella hab\u00eda vivido. Entonces pens\u00e9 en sus tristezas.<\/p>\n\n\n\n<p>Mucho tiempo despu\u00e9s, frente al milagro de su propia desolaci\u00f3n, Iliana hab\u00eda de comprender que los recuerdos no pertenecen a quienes los viven, sino a quienes los heredan como una prenda desgastada que sobrevive en el fondo de los ba\u00fales familiares.<\/p>\n\n\n\n<p>En su infancia de niebla y murmullos en el occidente de Guatemala, las voces de las t\u00edas y de la abuela se hab\u00edan entretejido con tal sutileza que terminaron por clausurar sus identidades particulares para fundirse en un solo eco her\u00e1ldico. De ese rumor colectivo emerg\u00eda la imagen remota de sus propios meses de lactancia, cuando unos brazos an\u00f3nimos la transportaban por calles sin nombre hasta el edificio de Correos, donde la madre interrump\u00eda la urgencia de los despachos para ofrecerle el pecho en una tregua cotidiana de ternura, uniendo en un instante sim\u00e9trico a la mujer que la llevaba y a la mujer que la esperaba, mucho antes de que la ni\u00f1a supiera de las distancias del mundo o de los secretos que los adultos sepultaban en el fondo de sus silencios.<\/p>\n\n\n\n<p>Ese mismo orden de cosas gobernaba la memoria de la casa vieja, una estructura colosal y profunda que con el transcurso de los a\u00f1os se encogi\u00f3 ante sus ojos hasta revelar su verdadera escala humana, demostr\u00e1ndole que el tiempo no transforma los muros sino la mirada de los ni\u00f1os. Al trasponer el umbral donde el fantasma de la abuela custodiaba la entrada, el estruendo de los autom\u00f3viles de la calle se fundi\u00f3 con un rumor de aguacero eterno que trepaba desde el patio trasero. Desde all\u00ed, asomada al linde de la propiedad, la ni\u00f1a contemplaba el hospicio vecino donde los hu\u00e9rfanos arrastraban una infancia sin fechas, mientras la voz desamparada de un vecino innombrable rasgaba las tardes invocando a una anciana m\u00edtica de nariz prominente con un grito sagrado: \u00ab\u00a1Do\u00f1a Politaaaa!\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>En ese vecindario donde todo parec\u00eda definitivo, Iliana y su hermano Edmundo jugaban con la inocencia de los cachorros que ignoran la fatalidad del desamor, mientras el hermano gastaba las tardes esperando el regreso del padre desde los confines de Melchor de Mencos, habitado por la certidumbre infantil de que la distancia carec\u00eda de fronteras y que el olvido era una condici\u00f3n reversible. Sin embargo, cuando la madre regresaba sola de sus diligencias, una sombra de decepci\u00f3n y vejez prematura asomaba en los ojos del ni\u00f1o, un dolor sin nombre que contrastaba con la geograf\u00eda ordenada de su mundo, donde el Mercado de la Democracia, el estadio de f\u00fatbol, la Escuela de Se\u00f1oritas y el hospital de San Juan de Dios permanec\u00edan al alcance de la mano, mientras el padre era una coordenada inalcanzable.<\/p>\n\n\n\n<figure class=\"wp-block-image size-full is-resized\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" width=\"448\" height=\"604\" src=\"https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/08\/mun.png\" alt=\"\" class=\"wp-image-1100\" style=\"width:260px;height:auto\" srcset=\"https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/08\/mun.png 448w, https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/08\/mun-223x300.png 223w\" sizes=\"auto, (max-width: 448px) 100vw, 448px\" \/><\/figure>\n\n\n\n<p>Tuvieron que pasar muchas d\u00e9cadas para que Iliana descubriera, a trav\u00e9s del examen minucioso de unos papeles amarillentos y actas de tinta extinta, que el destierro del padre no respond\u00eda a los decretos del azar laboral, sino a los escombros de un divorcio tormentoso cuyo rencor la madre de sus otros hermanos guardaba como un tesoro maldito en medio del mutismo general. Aquellos documentos mudos, firmados en la frontera remota para reconocer la paternidad de Edmundo y la suya propia, dijeron lo que las bocas callaron durante generaciones.<\/p>\n\n\n\n<p>Solo cuando la rueda del destino complet\u00f3 su giro y la propia Iliana se sent\u00f3 a la mesa solitaria de su madurez tras el nacimiento de Jos\u00e9 Fernando, conoci\u00f3 en carne propia la desolaci\u00f3n del desamparo y el peso del agravio repetido. Fue en ese invierno del alma cuando dej\u00f3 de mirar a su madre como un \u00eddolo de la infancia para descubrir a la mujer de carne y hueso que lavaba sus l\u00e1grimas en la clandestinidad de la noche, comprendiendo al mismo tiempo, en un acto de redenci\u00f3n tard\u00eda, el rencor de la mujer que la hab\u00eda precedido en el coraz\u00f3n de su padre.<\/p>\n\n\n\n<p>Fue en el examen de aquellos sacrificios silenciosos, de las corazas que la madre hab\u00eda erigido para proteger a la estirpe, donde Iliana descubri\u00f3 que los seres humanos ensayan la existencia repitiendo el libreto de quienes los precedieron, aprendiendo a callar o a resistir, y confundiendo a menudo la sumisi\u00f3n con el amor. Por eso, cuando el vientre se le colm\u00f3 por segunda vez con la promesa de una hija, no necesit\u00f3 consultar almanaques ni sopesar voluntades ajenas, porque la habit\u00f3 la certidumbre fulminante de que la criatura se llamar\u00eda Annie. Aquella revelaci\u00f3n no era un capricho del azar, sino el eco remoto de Ana Basilia, la bisabuela en cuarta generaci\u00f3n que hab\u00eda compartido la vida con Genaro Montejo para fundar la estirpe de Gregorio Dom\u00ednguez Camposeco, de cuyo tronco brotaron cinco v\u00e1stagos, entre ellos el abuelo Maximiliano.<\/p>\n\n\n\n<p>Al repasar las reliquias de aquel abuelo que uni\u00f3 su suerte a la de Elena Beatriz Matamoros, el tiempo parec\u00eda disolverse en una niebla her\u00e1ldica. En los vestigios documentales de Nent\u00f3n, un pueblo akateco suspendido en el ritmo mineral de las monta\u00f1as, sobreviv\u00eda una fotograf\u00eda donde Maximiliano y Beatriz posaban rodeados de sus hijos, exhibiendo al padre en una juventud congelada. Una breve inscripci\u00f3n al reverso declaraba que el abuelo, adem\u00e1s de labrar la tierra, hab\u00eda sido maestro de escuela en su suelo natal. D\u00e9cadas m\u00e1s tarde, sin haber cruzado jam\u00e1s una palabra con \u00e9l sobre el oficio, Iliana se descubri\u00f3 a s\u00ed misma repitiendo el mismo destino sagrado, impartiendo letras y n\u00fameros en las cumbres escarpadas de Huehuetenango, abriendo ventanas al mundo para ni\u00f1os que apenas intu\u00edan los confines de la tierra, como si la vocaci\u00f3n fuera una herencia subterr\u00e1nea que viajaba de los abuelos a los nietos a trav\u00e9s de las cordilleras.<\/p>\n\n\n\n<p>Poco antes del alumbramiento de Annie, la premonici\u00f3n se manifest\u00f3 en un sue\u00f1o c\u00edclico y conc\u00e9ntrico, donde Iliana se vio a s\u00ed misma recluida en la tibia penumbra del vientre materno. En esa oscuridad primordial, mientras el fr\u00edo de la sierra empezaba a sitiar las calles de Quetzaltenango, la criatura percib\u00eda el roce de unas manos sin rostro que acariciaban el vientre y un rumor distante de llantos, gemidos y murmullos familiares que aguardaban el milagro. Supo en el sue\u00f1o que estaba so\u00f1ando, antes de despertar al rigor de los d\u00edas que habr\u00edan de hilarse en meses y los meses en a\u00f1os, hasta fijar su propio nacimiento el 25 de octubre de 1960 en una Guatemala convulsa.<\/p>\n\n\n\n<p>Apenas un mes despu\u00e9s de su llegada al mundo, mientras ella dorm\u00eda la inocencia de la infancia, el estruendo de la historia fractur\u00f3 la paz de su cuna cuando un grupo de oficiales j\u00f3venes se levant\u00f3 en armas contra el gobierno del general Miguel Yd\u00edgoras Fuentes, denunciando la corrupci\u00f3n y el secreto de los exiliados cubanos que los Estados Unidos entrenaban en territorio guatemalteco para una invasi\u00f3n inminente. La ni\u00f1a ignoraba que la historia nacional ya hab\u00eda franqueado el umbral de su casa mucho antes de que ella abriera los ojos, pues su padre ya hab\u00eda navegado los vientos de la guerra de 1954 en las selvas del Pet\u00e9n. Enviado all\u00ed como telegrafista, el destino lo condujo finalmente a los Tel\u00e9grafos de Quetzaltenango, donde conoci\u00f3 a la madre entre el repique met\u00e1lico de las muescas, los hilos de cobre y las horas de vigilia compartida, uniendo sus vidas en un despacho urgente mucho antes de que el porvenir les cobrara sus cuotas de ausencias y nostalgias.<\/p>\n\n\n\n<p>Cientos de veces pas\u00f3 Iliana frente a la monumental puerta de aquel edificio de Quetzaltenango, ignorando que sus propios pasos desandaban el origen de su universo. Se deten\u00eda delante del port\u00f3n colosal para imaginar a sus padres en la remota primavera de sus juventudes, conjurando el fantasma de sus complicidades cotidianas: c\u00f3mo se miraban por encima de las mesas de madera, c\u00f3mo conversaban en los intermedios del oficio y c\u00f3mo terminaron por amarse entre el estr\u00e9pito de las m\u00e1quinas. Ellos, en su inocencia, todav\u00eda no sab\u00edan nada de las alegr\u00edas que conocer\u00edan ni de los v\u00e1stagos que poblar\u00edan la estirpe; ignoraban las separaciones inminentes, las despedidas definitivas y la certeza de que, muchas d\u00e9cadas m\u00e1s tarde, una de sus hijas se parar\u00eda ante ese mismo umbral intentando reconstruir las cenizas de sus vidas. Iliana a\u00fan no exist\u00eda en la geograf\u00eda de la tierra, pero algo de su esencia ya flotaba all\u00ed, agazapado en el rumor de los despachos, en las esperas compartidas y en aquellos cables de cobre por donde viajaban palabras que tardaban solo unos segundos en llegar a su destino, mientras que la vida necesitaba el transcurso de los a\u00f1os para revelar su verdadero significado.<\/p>\n\n\n\n<p>La muerte de la madre, ocurrida mucho tiempo despu\u00e9s, trajo consigo el desentierro de sus archivos agonizantes. En el fondo de cofres habitados por el polvo, entre sobres descoloridos por el peso de los inviernos, el hallazgo de un acta con la caligraf\u00eda inequ\u00edvoca y la r\u00fabrica del padre no trajo ninguna revelaci\u00f3n nueva, sino el prodigio de su voz viva trepando desde el fondo de la tierra. Fue entonces cuando descubri\u00f3 que las reliquias del pasado no eran objetos est\u00e1ticos, sino portales ruidosos hacia un tiempo circular donde los vivos y los muertos compart\u00edan la misma mesa. Desde ese d\u00eda, los documentos mudos cobraron la categor\u00eda de or\u00e1culos: la casa vieja restitu\u00eda la presencia de la abuela, la memoria de sus muros desenterraba a Do\u00f1a Polita, las evocaciones de Edmundo resucitaban al padre, un daguerrotipo desva\u00eddo devolv\u00eda la mirada del abuelo Max y el nombre de Annie convocaba el esp\u00edritu de Ana Basilia. Toda la estirpe parec\u00eda confluir en una misma coordenada familiar, unida por hilos invisibles a los que ni las distancias del tiempo ni los abismos de la muerte lograban fracturar.<\/p>\n\n\n\n<p>Comprendi\u00f3 entonces que la memoria familiar no solo se resguarda en la fijeza de los retratos, sino en la misteriosa inercia de los actos ciegos: en los nombres rescatados del olvido, en las profesiones que se repiten como mandatos del destino, en la hip\u00e9rbole de recordar las casas de la infancia m\u00e1s colosales de lo que fueron, y en la terca costumbre de esperar a los ausentes sin llevar la cuenta de los a\u00f1os. Los muertos se negaban a la extinci\u00f3n total; habitaban el parpadeo de una carta, se camuflaban en los gestos in\u00e9ditos de la descendencia o se instalaban en una manera de hablar que nadie hab\u00eda ense\u00f1ado, como aquella certeza umbilical que la hab\u00eda habitado mientras llevaba a Annie en el vientre: una melod\u00eda ancestral que hab\u00eda viajado de generaci\u00f3n en generaci\u00f3n a trav\u00e9s de silencios y nostalgias, esperando \u00fanicamente el milagro de ser escuchada.<\/p>\n\n\n\n<p>A veces, la memoria se le antojaba como una superficie de agua en movimiento, un oc\u00e9ano que ha perdido la calma pero se resiste a convertirse en tormenta, donde los rostros no desaparecen sino que se deforman lentamente hasta volverse reconocibles solo por la emoci\u00f3n que provocan. Al mirar a Annie en el presente, recortada como una silueta contra el resplandor de la tarde, Iliana la descubri\u00f3 sosteniendo un libro con una impaciencia mansa, acariciando el borde de las p\u00e1ginas con el pulgar en el mismo y exacto movimiento con que la abuela mitigaba sus desvelos. Al ser interrogada sobre sus pensamientos, la ni\u00f1a se volvi\u00f3 con esos ojos que ya exist\u00edan antes de la creaci\u00f3n del mundo, sonre\u00eda sin prisa y contestaba que pensaba en nada, disolviendo el instante en una r\u00e1faga de aire fresco que de inmediato arrastr\u00f3 la tibieza de los recuerdos del padre.<\/p>\n\n\n<div class=\"wp-block-image\">\n<figure class=\"aligncenter size-large is-resized\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" width=\"1024\" height=\"517\" src=\"https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/08\/mun-3-1-1024x517.png\" alt=\"\" class=\"wp-image-1102\" style=\"width:407px;height:auto\" srcset=\"https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/08\/mun-3-1-1024x517.png 1024w, https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/08\/mun-3-1-300x151.png 300w, https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/08\/mun-3-1-768x388.png 768w, https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/08\/mun-3-1.png 1101w\" sizes=\"auto, (max-width: 1024px) 100vw, 1024px\" \/><\/figure><\/div>\n\n\n<p>Volvieron entonces las romer\u00edas de la infancia hacia El Pe\u00f1\u00f3n, la finca tropical donde gobernaba un t\u00edo id\u00e9ntico al padre, miembro de aquella desmesurada hermandad de ocho varones y una sola mujer, la t\u00eda Alicia, todos nacidos del vientre de la abuela Beatriz. El padre, cercado por un pudor indescifrable y una dificultad de piedra para hablar de su propia sangre, guardaba un silencio estricto sobre los suyos, rompiendo su mutismo \u00fanicamente para guiar a sus hijos \u2014ella de ocho a\u00f1os y Edmundo de cinco\u2014 a trav\u00e9s de la penumbra del t\u00fanel de Santa Mar\u00eda hacia las plantaciones de la costa, cuyos d\u00edas luminosos quedaron grabados para siempre en la memoria. Era una familia fant\u00e1stica y secreta, a la que solo ella insist\u00eda en llamar suya porque la distancia les impidi\u00f3 conocerlos a todos: una estirpe poblada por primos invisibles como las hijas de la t\u00eda Alicia que habitaban la capital, y cuyo eco lejano se prolongaba en el nombre de una ni\u00f1a llamada Mar\u00eda de los \u00c1ngeles.<\/p>\n\n\n<div class=\"wp-block-image\">\n<figure class=\"aligncenter size-full is-resized\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" width=\"674\" height=\"790\" src=\"https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/08\/mun-2.png\" alt=\"\" class=\"wp-image-1103\" style=\"width:336px;height:auto\" srcset=\"https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/08\/mun-2.png 674w, https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/08\/mun-2-256x300.png 256w\" sizes=\"auto, (max-width: 674px) 100vw, 674px\" \/><\/figure><\/div>\n\n\n<p>Eran los d\u00edas luminosos en que la distancia de Melchor de Mencos no exist\u00eda porque el padre estaba all\u00ed, llev\u00e1ndolos de la mano, a Edmundo y a ella, gui\u00e1ndolos con su mano de piedra y ternura hacia las tierras altas de Xela, que lindaban con los dominios del R\u00edo Seco. En aquella geograf\u00eda de la dicha, septiembre y octubre no eran meses del calendario humano, sino el momento sagrado de ir a comprar duraznos y manzanas en las chacras del lugar. Caminaban entonces en medio de un oleaje dorado de campos de trigo que cruj\u00edan con un fragor de vidrios rotos bajo sus pasos, siempre perseguidos por la promesa invernal de diciembre, cuando el aire quetzalteco se impregnaba de un denso olor a resina y a misterios antiguos mientras eleg\u00edan juntos el \u00e1rbol que habr\u00eda de custodiar, en el rinc\u00f3n m\u00e1s fresco de la sala, las vacaciones de Navidad.<\/p>\n\n\n\n<p>Al cerrar los ojos tantos a\u00f1os despu\u00e9s, Iliana a\u00fan pod\u00eda rescatar del naufragio del tiempo la imagen de su padre buscando el reposo en la penumbra de la alcoba. Lo ve\u00eda con las piernas cruzadas en una actitud de paz imperturbable, mientras la luz declinante de la tarde encend\u00eda el reflejo de sus lentes y doraba las p\u00e1ginas de un viejo peri\u00f3dico o de alg\u00fan tomo de tapas duras de las <em>Selecciones del Reader&rsquo;s Digest<\/em>. Mir\u00e1ndose al espejo en la distancia de su madurez, Iliana escudri\u00f1aba sus propias facciones buscando los rasgos de aquel hombre, sin saber a ciencia cierta si lo que ansiaba era parecerse a \u00e9l o simplemente recuperar, en un destello del azogue, un fragmento del orgullo y la felicidad de haber sido su hija.<\/p>\n\n\n\n<p>Porque la memoria, que es un laberinto caprichoso y selectiva hasta la crueldad, siempre la devolv\u00eda sin remedio al umbral de la \u00faltima tarde. Lo vio marcharse con la promesa rutinaria de una reuni\u00f3n en alg\u00fan punto impreciso de la costa, dejando tras de s\u00ed el eco de sus pasos cotidianos que parec\u00edan suspendidos en el aire. Lo que vino despu\u00e9s, al cabo de unas horas que parecieron eternas, fue el sobresalto de unos golpes secos y violentos que profanaron la madrugada, golpeando con urgencia la puerta de acero de la casa como si la misma desgracia exigiera entrar. Iliana recordaba el roce helado de las s\u00e1banas donde ella y Edmundo se acurrucaron, conteniendo el aliento para no espantar la vida, mientras su madre cruzaba el pasillo para indagar qui\u00e9n osaba romper el orden del universo a semejantes horas.<\/p>\n\n\n\n<p>Lo que rompi\u00f3 el silencio de los siglos no fue una respuesta de voz humana, sino el llanto desgarrador de la madre, un lamento tel\u00farico que parec\u00eda brotar de un alma que se trizaba en mil pedazos de cristal y que sub\u00eda por las paredes de la casa vieja con la fuerza de una maldici\u00f3n irrevocable: \u00ab\u00a1Dios m\u00edo, por qu\u00e9 eres tan injusto con nosotros!\u00bb. Vestidos de prisa en la penumbra, al amparo de una t\u00eda que acudi\u00f3 convocada por los presagios de la fatalidad, los ni\u00f1os se quedaron suspendidos en el vac\u00edo de una pregunta que tardar\u00eda d\u00e9cadas en encontrar respuesta, sin comprender c\u00f3mo aquel Dios del que les hablaban las campanas de San Juan de Dios, un Dios que se supon\u00eda hecho de puro amor por sus criaturas, no hab\u00eda tenido la piedad elemental de ser justo con ellos.<\/p>\n\n\n\n<p>En su cabeza de adolescente, Iliana contaba y volv\u00eda a contar las horas de ese d\u00eda en que la muerte vino a tocar la puerta. Aquel desconocido que trajo la noticia de que don Mundo hab\u00eda perecido en un accidente de carretera hacia la medianoche, parec\u00eda ignorar que la muerte de un padre es un asunto demasiado severo para los adultos y una mentira incomprensible para los ni\u00f1os. Fue la t\u00eda, con un adem\u00e1n de son\u00e1mbula, quien la llev\u00f3 cerca del f\u00e9retro donde reposaba el cuerpo, e Iliana lo toc\u00f3 con el deseo desesperado de la infancia de que el cad\u00e1ver se llevara la huella de su mano viva hasta la eternidad. Sin embargo, para ella su padre no estaba muerto, por la sencilla raz\u00f3n de que ella no conoc\u00eda los c\u00f3digos del olvido: su padre estaba vivo porque lo hab\u00eda visto salir de la casa el d\u00eda anterior, la hab\u00eda abrazado con una ternura de despedida y le hab\u00eda dicho, con una voz que el viento de Xela repiti\u00f3 durante inviernos enteros: \u201cya regreso\u201d.<\/p>\n\n\n\n<p>Iliana esper\u00f3 muchos a\u00f1os el regreso de don Mundo. No hab\u00eda aprendido a llorar por \u00e9l porque estaba convencida de que el viajero terminar\u00eda por volver de su viaje impreciso. Tuvieron que pasar muchas lluvias y muchos agostos, hasta el d\u00eda en que su madre decidi\u00f3 que ya no quer\u00eda continuar compartiendo su vida con el fantasma de la soledad; solo entonces Iliana comprendi\u00f3, con una lucidez tard\u00eda y dolorosa, que su padre ya no vendr\u00eda nunca m\u00e1s.<\/p>\n\n\n\n<p>Ah\u00ed comprendi\u00f3 el verdadero sentido de la muerte. Entendi\u00f3 que don Edmundo hab\u00eda muerto dos veces: la primera aquella medianoche en el accidente de la costa, y la segunda este d\u00eda definitivo en que do\u00f1a Zoila, vestida con unos colores que ya no eran de luto, les present\u00f3 a Papito, el hombre que habr\u00eda de cuidar de ellos con una paciencia bendita hasta el \u00faltimo de sus d\u00edas.<\/p>\n\n\n\n<figure class=\"wp-block-image size-large\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" width=\"1024\" height=\"312\" src=\"https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/08\/mun-4-1024x312.png\" alt=\"\" class=\"wp-image-1107\" srcset=\"https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/08\/mun-4-1024x312.png 1024w, https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/08\/mun-4-300x91.png 300w, https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/08\/mun-4-768x234.png 768w, https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/08\/mun-4.png 1520w\" sizes=\"auto, (max-width: 1024px) 100vw, 1024px\" \/><\/figure>\n\n\n\n<p>Jose Paraiso 1970-2026<\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Yo soy Iliana Durante mucho tiempo cre\u00ed que los recuerdos pertenec\u00edan a quien los hab\u00eda vivido. Despu\u00e9s comprend\u00ed que no era as\u00ed. Algunos pasan de una persona a otra, como una prenda que se conserva en una casa aunque ya&#8230;<\/p>\n","protected":false},"author":2,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-1051","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-non-classe"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/luis-paraiso.art\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/1051","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/luis-paraiso.art\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/luis-paraiso.art\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/luis-paraiso.art\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/2"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/luis-paraiso.art\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=1051"}],"version-history":[{"count":7,"href":"https:\/\/luis-paraiso.art\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/1051\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":1108,"href":"https:\/\/luis-paraiso.art\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/1051\/revisions\/1108"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/luis-paraiso.art\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=1051"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/luis-paraiso.art\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=1051"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/luis-paraiso.art\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=1051"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}