{"id":1040,"date":"2026-08-04T14:00:58","date_gmt":"2026-08-04T12:00:58","guid":{"rendered":"https:\/\/luis-paraiso.art\/?p=1040"},"modified":"2026-08-04T14:02:13","modified_gmt":"2026-08-04T12:02:13","slug":"el-mitomano","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/luis-paraiso.art\/?p=1040","title":{"rendered":"El mit\u00f3mano"},"content":{"rendered":"\n<p><strong>Siempre he viajado en las palabras que amo.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Mucho antes de conocer los pa\u00edses, conoc\u00ed sus nombres. Antes de caminar por sus calles, recorr\u00ed sus s\u00edlabas como quien atraviesa un territorio secreto. Hay palabras que no designan un lugar: lo inventan. Par\u00eds fue durante a\u00f1os una palabra antes de ser una ciudad. Lo mismo ocurri\u00f3 con Mosc\u00fa, Florencia, Buenos Aires o Samarcanda. Las habit\u00e9 mucho antes de pisarlas, y cuando por fin llegu\u00e9 a algunas de ellas tuve la extra\u00f1a impresi\u00f3n de regresar, como si los libros hubieran construido un recuerdo anterior a la experiencia.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Tal vez por eso nunca me convenci\u00f3 la palabra <\/strong><strong>mitoman\u00eda<\/strong><strong>.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Los diccionarios la describen con la severidad de quienes creen que toda imaginaci\u00f3n necesita un diagn\u00f3stico. Hablan de individuos que alteran la verdad, que inventan historias, que exageran los hechos hasta confundirlos con la realidad. Los m\u00e9dicos la clasifican entre las patolog\u00edas de la conducta y la emparentan con la simulaci\u00f3n o con ciertas formas de histeria.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Pero yo siempre sospech\u00e9 que los diccionarios conocen demasiado bien las palabras y demasiado poco a los hombres.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Porque hay mentiras que nacen del deseo de enga\u00f1ar y otras que nacen de la necesidad de respirar.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Durante mucho tiempo pens\u00e9 que la imaginaci\u00f3n era una forma elegante de desobedecer a la realidad. Hoy creo que era, simplemente, la \u00fanica manera de sobrevivir a ella.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>So\u00f1\u00e9 tanto con irme que un d\u00eda confund\u00ed el sue\u00f1o con el mapa. Le\u00ed tanto sobre ciudades lejanas que termin\u00e9 creyendo que me esperaban desde antes de que yo naciera. Dante me ense\u00f1\u00f3 que el infierno pod\u00eda tener una arquitectura perfecta; Boccaccio, que las desgracias tambi\u00e9n saben re\u00edr; Pushkin me habl\u00f3 de la nostalgia antes de que yo conociera el exilio; V\u00edctor Hugo llen\u00f3 de catedrales y de miserables una Europa que todav\u00eda no exist\u00eda para m\u00ed; Zola convirti\u00f3 las calles en organismos vivos; Napole\u00f3n atraves\u00f3 la historia con la obstinaci\u00f3n de quien cree que la voluntad basta para mover el mundo.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Todos ellos viajaban conmigo mientras yo segu\u00eda viviendo en el mismo lugar.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Quiz\u00e1 fue entonces cuando empec\u00e9 a comprender que la imaginaci\u00f3n no siempre inventa lo inexistente. A veces se limita a llegar antes que nosotros.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Y si eso es mitoman\u00eda, debo confesar que he pasado la vida ejerci\u00e9ndola con una felicidad que nunca me produjo remordimiento alguno<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Hubo d\u00edas en que despert\u00e9 dentro de una prisi\u00f3n y, aun as\u00ed, segu\u00ed creyendo que el destino ignoraba los barrotes. Las rejas s\u00f3lo consegu\u00edan detener el cuerpo; nunca supe de una capaz de cerrar el paso a la imaginaci\u00f3n. Mientras los dem\u00e1s contaban las horas por el movimiento de la luz sobre las paredes, yo las med\u00eda por la distancia que alcanzaba a recorrer antes del anochecer. Bastaba cerrar los ojos para salir de all\u00ed.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Sobre papeles que no exist\u00edan dibujaba mapas invisibles. Caminaba por calles cuyo empedrado conoc\u00eda mejor que el de mi propio barrio. Llegaba a Roma sin haber cruzado el oc\u00e9ano, atravesaba Par\u00eds bajo una lluvia que todav\u00eda no hab\u00eda mojado mis zapatos, me perd\u00eda en Praga, escuchaba el rumor de las plazas de Mosc\u00fa y me sentaba en las piedras antiguas de Epidauro como si hubiera nacido entre ellas. Hab\u00eda ciudades que viv\u00edan dentro de m\u00ed mucho antes de concederme el privilegio de conocerlas.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Con los a\u00f1os comprend\u00ed que aquello ten\u00eda un nombre poco amable.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Mitoman\u00eda.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Nunca me gust\u00f3 esa palabra. Sonaba a enfermedad inventada por quienes jam\u00e1s hab\u00edan necesitado imaginar otra vida para soportar la que les hab\u00eda tocado. Durante mucho tiempo acept\u00e9 esa culpa. Pensaba que alteraba la realidad porque me negaba a aceptar el pasado, cuando en verdad ocurr\u00eda exactamente lo contrario: necesitaba inventar caminos porque el pasado era demasiado estrecho para contener el tama\u00f1o de mis sue\u00f1os.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>La mitoman\u00eda iba siempre acompa\u00f1ada de otro mal, uno que ning\u00fan m\u00e9dico ha descrito y que yo termin\u00e9 bautizando con un nombre desmesurado: <\/strong><strong>el s\u00edndrome de Mois\u00e9s atravesando el Mar Rojo.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Consist\u00eda en una necesidad casi f\u00edsica de no volver jam\u00e1s sobre los propios pasos.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>No mirar atr\u00e1s.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>No detenerse.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>No permitir que las aguas volvieran a cerrarse sobre el camino recorrido.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Durante mucho tiempo confund\u00ed esa obstinaci\u00f3n con el valor. Despu\u00e9s descubr\u00ed que quiz\u00e1 s\u00f3lo era miedo. Porque regresar obliga a enfrentarse con la persona que uno dej\u00f3 abandonada en otra \u00e9poca, y no siempre existe el coraje suficiente para sostenerle la mirada.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Hay viajes que no admiten retorno.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>No porque el camino desaparezca, sino porque quien vuelve ya no encuentra el lugar que buscaba. El regreso nunca invierte el tiempo. Apenas revela hasta qu\u00e9 punto el tiempo ha seguido avanzando sin pedirnos permiso.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Recuerdo con una claridad casi dolorosa la primera vez que comprend\u00ed esa verdad. Fue como si alguien hubiera rasgado una tela invisible dentro de m\u00ed. La palabra exacta sigue siendo la misma: <\/strong><strong>desgarradura<\/strong><strong>.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Toda partida aut\u00e9ntica contiene una peque\u00f1a muerte.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Se abandona a los padres.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>A los hermanos.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>A los amigos.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>A los \u00e1rboles que aprendieron a soltar hojas al aire en oto\u00f1os lejanos.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>A las calles que sab\u00edan reconocer el sonido de nuestros pasos.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Creo que todos los seres humanos atraviesan alguna vez una separaci\u00f3n semejante. La primera ocurre al nacer. Salimos del cuerpo de nuestra madre creyendo que comenzamos una vida, cuando quiz\u00e1 lo primero que aprendemos es el arte de perder.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cuando me fui hacia ninguna parte llevaba apenas diecisiete a\u00f1os y una confianza casi insolente en el porvenir. Me promet\u00ed partir sin arrepentimientos. No concederle al pasado el privilegio de llamarme de regreso. No volver la cabeza. Hab\u00eda le\u00eddo demasiadas historias para ignorar que hay un instante en el que toda vida exige cerrar una puerta antes de abrir la siguiente.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>No sab\u00eda entonces que las puertas nunca terminan de cerrarse.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Permanecen entreabiertas durante d\u00e9cadas, esperando que una palabra, un olor o una m\u00fasica las empujen otra vez.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>En aquellos d\u00edas, sin saber por qu\u00e9, las frases de Cicer\u00f3n aparec\u00edan en mi memoria con la obstinaci\u00f3n de un estribillo.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>\u00ab\u00bfHasta cu\u00e1ndo, Catilina, abusar\u00e1s de nuestra paciencia? \u00bfHasta cu\u00e1ndo seguir\u00e1 burl\u00e1ndose de nosotros tu locura?\u00bb<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>No las repet\u00eda por erudici\u00f3n. Las repet\u00eda porque intu\u00eda que algunas palabras sobreviven dos mil a\u00f1os \u00fanicamente cuando siguen respondiendo a preguntas que todav\u00eda no hemos terminado de formular.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Siempre sent\u00ed una inclinaci\u00f3n casi f\u00edsica por la oratoria.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Desde ni\u00f1o particip\u00e9 en concursos donde las palabras parec\u00edan adquirir un peso semejante al de las piedras. Admiraba a Cicer\u00f3n, pero quien verdaderamente me acompa\u00f1aba era Dem\u00f3stenes.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Nunca he sabido si la historia de las piedras en la boca ocurri\u00f3 exactamente como la cuentan los libros. Tampoco me importa. Hay leyendas que contienen una verdad m\u00e1s profunda que los hechos. Me bastaba imaginar a aquel muchacho enfrent\u00e1ndose al mar, disput\u00e1ndole su voz al viento, convencido de que la voluntad pod\u00eda corregir aquello que la naturaleza hab\u00eda dejado inconcluso.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Aquella imagen me ense\u00f1\u00f3 algo que todav\u00eda hoy sigo creyendo: el destino no siempre se vence; muchas veces basta con discutirle el derecho a decidirlo todo<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Yo ten\u00eda apenas cuatro a\u00f1os cuando decid\u00ed aprender a leer.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>No fue por amor a las letras. A esa edad nadie ama todav\u00eda el alfabeto. Se ama otra cosa. Se ama la voz que nos llama por nuestro nombre, las manos que nos buscan, los brazos donde creemos que el mundo termina sin peligro.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Yo quer\u00eda recuperar los brazos de mi madre.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Hab\u00eda un libro que ocupaba demasiado espacio entre nosotros. Ella permanec\u00eda horas enteras con los ojos fijos sobre aquellas p\u00e1ginas, y yo no alcanzaba a comprender c\u00f3mo unos signos negros, alineados con tanta disciplina, pod\u00edan arrebatarme una parte de su mirada. Sent\u00eda celos de aquel objeto silencioso. No de sus historias, que todav\u00eda ignoraba, sino del tiempo que consegu\u00eda robarme.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Quise ser tan importante como aquel libro.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Quise averiguar qu\u00e9 secreto escond\u00edan aquellas p\u00e1ginas para que mi madre olvidara durante un instante el resto del mundo. Me dije que, si aprend\u00eda a descifrar aquellos signos misteriosos, quiz\u00e1 tambi\u00e9n descubrir\u00eda el camino de regreso hacia sus brazos.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Fue por amor que aprend\u00ed a leer.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Mi padre y mis hermanos comenzaron a ense\u00f1arme las primeras letras. Yo las recib\u00eda como quien recoge piedras de un r\u00edo sin sospechar todav\u00eda que un d\u00eda podr\u00e1n levantar una casa. Pasaba las tardes jugando con aquellos signos extra\u00f1os, fingiendo comprender lo que apenas intu\u00eda. Hasta que ocurri\u00f3 uno de esos milagros discretos que nadie recuerda con precisi\u00f3n.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Un d\u00eda las letras dejaron de ser dibujos.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Se transformaron en voces.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Y las voces comenzaron a contarme el mundo.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Todav\u00eda hoy me pregunto en qu\u00e9 instante exacto sucede esa transformaci\u00f3n. Debe de existir un momento preciso en que los ojos dejan de mirar tinta para empezar a escuchar pensamientos. Nadie puede se\u00f1alarlo. Sin embargo, todos los que aprendimos a leer hemos atravesado ese umbral invisible.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Aquella ma\u00f1ana tuve por primera vez la sensaci\u00f3n de ser libre.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Descubr\u00ed que los libros abr\u00edan puertas que ninguna prisi\u00f3n pod\u00eda cerrar. Mucho tiempo despu\u00e9s, cuando las circunstancias me obligaron a conocer el encierro, comprend\u00ed que aquella libertad segu\u00eda intacta. En los d\u00edas m\u00e1s oscuros me escrib\u00eda frases enteras dentro de la cabeza. Las repet\u00eda una y otra vez, como si cada palabra fuese capaz de mover apenas un mil\u00edmetro el engranaje del destino.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Nunca supe si aquellas frases cambiaban realmente mi vida.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Pero s\u00ed cambiaban al hombre que deb\u00eda vivirla.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Porque nada permanece para siempre.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Ni el dolor.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Ni la desesperaci\u00f3n.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Ni la huida.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Las desgracias poseen una extra\u00f1a vocaci\u00f3n de eternidad mientras las estamos atravesando. Despu\u00e9s descubrimos que tambi\u00e9n ellas envejecen, se desgastan y terminan convirti\u00e9ndose en otra cosa: una ense\u00f1anza, una cicatriz o, simplemente, una historia que un d\u00eda acabamos contando sin que la voz vuelva a quebrarse.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Con el tiempo comprend\u00ed que incluso las derrotas tienen la cortes\u00eda de dejarnos alguna lecci\u00f3n, aunque casi siempre la entreguen demasiado tarde.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>As\u00ed, despu\u00e9s de atravesar Am\u00e9rica Central, empujado por las circunstancias y por esa vieja costumbre m\u00eda de no regresar jam\u00e1s sobre los pasos dados, termin\u00e9 llegando a Europa.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>\u00bfTe acuerdas?<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Era nuestro primer viaje a Par\u00eds.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Y todav\u00eda me conmueve pensar que, casi veinte a\u00f1os despu\u00e9s de haber aprendido a leer para recuperar el amor de mi madre, acabara caminando por el cementerio de Montmartre buscando el origen de las historias que ella hab\u00eda amado antes que yo.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Hay c\u00edrculos que el destino tarda d\u00e9cadas en cerrar.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Mi madre hablaba con frecuencia de Mar\u00eda Duplessis. Pronunciaba aquel nombre con una mezcla de ternura y compasi\u00f3n que entonces yo no alcanzaba a comprender. Mucho despu\u00e9s descubr\u00ed que aquella mujer, inmortalizada por Alejandro Dumas hijo bajo el nombre de Margarita Gautier, se hab\u00eda llamado en realidad Rose-Alphonsine Plessis.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Hab\u00eda nacido en la pobreza m\u00e1s absoluta.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Su padre, Mar\u00edn Plessis, vendedor ambulante y bebedor incansable, convirti\u00f3 la infancia de la ni\u00f1a en un territorio donde la violencia parec\u00eda una forma cotidiana del lenguaje. Su madre muri\u00f3 cuando ella apenas ten\u00eda siete a\u00f1os y, poco despu\u00e9s, el padre desapareci\u00f3 tambi\u00e9n de su vida, dej\u00e1ndola al cuidado incierto de unos parientes que apenas pod\u00edan alimentar su propia miseria.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Quiz\u00e1 por eso mi madre nunca dej\u00f3 de quererla.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Las mujeres desgraciadas de las novelas terminaban pareci\u00e9ndose demasiado a las mujeres que ella hab\u00eda conocido en la vida.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Y quiz\u00e1 por eso yo termin\u00e9 amando los libros.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Porque descubr\u00ed que la literatura era el \u00fanico lugar donde las existencias humildes pod\u00edan escapar del olvido. All\u00ed comprend\u00ed que la verdadera nobleza nunca hab\u00eda pertenecido a los poderosos, sino a quienes hab\u00edan sufrido sin dejar de conservar la dignidad.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Un a\u00f1o despu\u00e9s de la muerte de Mar\u00eda Duplessis, Alejandro Dumas hijo escribi\u00f3 <\/strong><em><strong>La dama de las camelias<\/strong><\/em><strong>. M\u00e1s tarde la llev\u00f3 al teatro y, cuando parec\u00eda que aquella historia ya hab\u00eda encontrado su forma definitiva, Giuseppe Verdi la transform\u00f3 en <\/strong><em><strong>La Traviata<\/strong><\/em><strong> y la hizo cantar para siempre.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Me gusta pensar que las grandes historias nunca terminan de pertenecer a un solo hombre.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Van pasando de unas manos a otras como las viejas maletas de los viajeros.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cada generaci\u00f3n a\u00f1ade una p\u00e1gina.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cada lector las vuelve a escribir en silencio.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Y quiz\u00e1 toda lectura no sea otra cosa que eso: una conversaci\u00f3n interminable entre los vivos y los muertos.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Entonces apareci\u00f3 Petrarca.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>No lleg\u00f3 como llegan los profesores, con fechas cuidadosamente alineadas y bibliograf\u00edas impecables. Lleg\u00f3 como llegan los verdaderos compa\u00f1eros de viaje: sin hacer ruido, sent\u00e1ndose a mi lado cuando el insomnio ya hab\u00eda ocupado toda la habitaci\u00f3n.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Con \u00e9l descubr\u00ed que la nostalgia tambi\u00e9n pod\u00eda escribirse.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Hasta entonces hab\u00eda cre\u00eddo que el exilio pertenec\u00eda \u00fanicamente a quienes abandonaban una patria. Petrarca me ense\u00f1\u00f3 que tambi\u00e9n se puede vivir desterrado del tiempo, de una mujer, de una juventud o incluso de uno mismo. Bastaba leer unas p\u00e1ginas para comprender que todos los siglos terminan pareci\u00e9ndose cuando un hombre escribe sobre aquello que ha perdido.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Durante aquellos a\u00f1os yo iba reuniendo una familia extra\u00f1a.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>No era una familia de sangre.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Era una familia de libros.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Dante conversaba con V\u00edctor Hugo sin sorprenderse de los siglos que los separaban. Boccaccio sonre\u00eda mientras Horacio discut\u00eda con Cicer\u00f3n sobre la dignidad del destierro. Dem\u00f3stenes segu\u00eda hablando frente al mar con las piedras en la boca, y yo ten\u00eda la impresi\u00f3n de escuchar su voz mezclada con el ruido de los trenes que atravesaban las estaciones francesas.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Nunca estuve completamente solo.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Los muertos poseen una cortes\u00eda que los vivos han ido perdiendo.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Nunca preguntan de d\u00f3nde vienes.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Nunca les importa el oficio que desempe\u00f1as ni el dinero que llevas en los bolsillos. Les basta con saber que has abierto uno de sus libros para recibirte como a un viejo conocido.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Quiz\u00e1 por eso termin\u00e9 creyendo que las bibliotecas son la \u00fanica patria donde los emigrantes nunca necesitamos mostrar un pasaporte.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>En ellas nadie era extranjero.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Virgilio segu\u00eda esperando pacientemente a quien necesitara un gu\u00eda para atravesar los infiernos. Cervantes continuaba ri\u00e9ndose de las derrotas humanas con una compasi\u00f3n que s\u00f3lo poseen quienes tambi\u00e9n fueron vencidos. Dostoievski conoc\u00eda demasiado bien las c\u00e1rceles para sorprenderse de las m\u00edas. Tolst\u00f3i parec\u00eda convencido de que ning\u00fan hombre termina de comprender la vida antes de haber perdido varias veces aquello que m\u00e1s ama.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Yo caminaba entre aquellos estantes como quien atraviesa una ciudad poblada por amigos invisibles.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>A veces abr\u00eda un libro buscando una respuesta.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Otras veces era el libro el que parec\u00eda haberme estado esperando durante a\u00f1os.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Nunca he cre\u00eddo demasiado en las casualidades.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Los encuentros importantes siempre ocurren cuando todav\u00eda ignoramos que los necesit\u00e1bamos.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>As\u00ed fue tambi\u00e9n con Montaigne.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>\u00c9l me ense\u00f1\u00f3 algo que ning\u00fan maestro hab\u00eda sabido explicarme: que escribir no consiste en demostrar lo que uno sabe, sino en averiguar qui\u00e9n es mientras escribe.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Aquella idea me acompa\u00f1\u00f3 durante mucho tiempo.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Porque yo todav\u00eda no escrib\u00eda.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Ensayaba mi vida.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>La correg\u00eda una y otra vez dentro de la imaginaci\u00f3n, cambiando conversaciones, inventando regresos imposibles, pronunciando palabras que nunca me hab\u00eda atrevido a decir cuando todav\u00eda era tiempo.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Quiz\u00e1 todos los mit\u00f3manos hacemos exactamente lo mismo.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>No mentimos.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Corregimos.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Intentamos convencer al pasado de que todav\u00eda acepta modificaciones.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Es un oficio in\u00fatil, desde luego.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Pero profundamente humano.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Con los a\u00f1os comprend\u00ed que la imaginaci\u00f3n nunca fue mi manera de escapar de la realidad.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Fue mi forma de soportarla.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Los hombres solemos creer que primero vivimos y despu\u00e9s recordamos.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>A m\u00ed me ocurri\u00f3 al rev\u00e9s.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Muchas veces imagin\u00e9 una ciudad durante tanto tiempo que, cuando finalmente llegaba a ella, ten\u00eda la impresi\u00f3n de estar regresando.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>As\u00ed me sucedi\u00f3 con Florencia.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Y tambi\u00e9n con Roma.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Las conoc\u00eda antes de haberlas pisado.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Las hab\u00eda recorrido de la mano de los escritores, de los pintores, de los viajeros antiguos, de los poetas que hab\u00edan dejado en sus calles una respiraci\u00f3n m\u00e1s duradera que las piedras.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Entonces comprend\u00ed una verdad que todav\u00eda hoy me acompa\u00f1a.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Uno nunca viaja \u00fanicamente hacia un lugar.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Viaja tambi\u00e9n hacia todos los libros que lo hab\u00edan estado esperando all\u00ed desde hac\u00eda siglos.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Por eso los verdaderos viajeros nunca llegan del todo.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Siempre contin\u00faan buscando la ciudad que permanece escondida detr\u00e1s de la ciudad visible.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>La que s\u00f3lo existe para quien ha aprendido primero a recorrerla con la imaginaci\u00f3n.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Tal vez \u00e9sa haya sido siempre mi enfermedad.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>O mi fortuna.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Creer que cada puente conduce a otro puente, que detr\u00e1s de cada nombre existe otro nombre m\u00e1s antiguo, y que ninguna historia termina realmente mientras alguien siga pronunci\u00e1ndola en voz baja.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Porque la memoria, igual que los viejos r\u00edos, nunca avanza en l\u00ednea recta.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Da rodeos.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Desaparece bajo la tierra.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Vuelve a surgir muchos kil\u00f3metros m\u00e1s adelante.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Y cuando creemos haber encontrado finalmente su desembocadura, descubrimos que apenas acabamos de llegar a su nacimiento.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Ten\u00eda veintid\u00f3s a\u00f1os.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>La misma edad que yo cuando, despu\u00e9s de haber atravesado varios pa\u00edses, llegu\u00e9 finalmente a Florencia con la extra\u00f1a sensaci\u00f3n de estar alcanzando una ciudad donde una parte de m\u00ed hab\u00eda vivido mucho antes de que yo naciera.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Con los a\u00f1os he llegado a creer que ciertas edades no nos pertenecen.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Son edades que heredamos.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Los veintid\u00f3s a\u00f1os de Petrarca terminaron encontr\u00e1ndose con los m\u00edos, igual que los caminos de dos viajeros que jam\u00e1s imaginaron compartir la misma posada.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>\u00c9l era un hombre dividido.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Entre Italia y la Avi\u00f1\u00f3n de los papas.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Entre el Vaucluse y la nostalgia.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Entre Laura y la ausencia.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Yo todav\u00eda no sab\u00eda entonces que casi todos los exiliados terminamos viviendo de esa manera: con el cuerpo instalado en un pa\u00eds y la memoria respirando obstinadamente en otro.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Petrarca hab\u00eda nacido en Arezzo, hijo de un florentino desterrado.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>\u00abNac\u00ed en el exilio, de padres honrados, florentinos de nacimiento y de una fortuna cercana a la pobreza\u00bb, escribir\u00eda muchos a\u00f1os despu\u00e9s.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cada vez que leo esa frase tengo la impresi\u00f3n de que la escribi\u00f3 para todos nosotros.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Porque el exilio cambia los idiomas, las fronteras y las \u00e9pocas, pero nunca modifica el temblor con que un hombre recuerda la tierra de donde sali\u00f3.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Su padre hab\u00eda sido expulsado de Florencia por razones pol\u00edticas, igual que Dante.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>La familia pas\u00f3 por Pisa, por Marsella y termin\u00f3 llegando al Comtat Venusino, antes de instalarse en Avi\u00f1\u00f3n.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cuando uno sigue sobre un mapa el itinerario de un desterrado descubre que las ciudades dejan de ser ciudades.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Se convierten en estaciones de una misma espera.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>All\u00ed, bajo la ense\u00f1anza del maestro toscano Convenevole de Prato, Petrarca comenz\u00f3 a construir la biblioteca que habr\u00eda de acompa\u00f1arlo toda la vida.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Siempre me ha conmovido una historia que \u00e9l mismo cuenta en una carta dirigida a Guido Sette.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Hab\u00eda prestado a su viejo maestro varios manuscritos de Cicer\u00f3n, entre ellos el <\/strong><em><strong>De Gloria<\/strong><\/em><strong>. El profesor, perseguido por las deudas como tantos hombres buenos a quienes la vida termina present\u00e1ndoles cuentas imposibles de pagar, entreg\u00f3 aquellos libros en prenda.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Nunca logr\u00f3 recuperarlos.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cuando muri\u00f3, Petrarca lament\u00f3 la p\u00e9rdida del maestro.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Pero entre las l\u00edneas de su carta uno adivina otro duelo m\u00e1s silencioso.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Tambi\u00e9n lloraba aquellos libros.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Comprend\u00ed entonces que existen dolores que s\u00f3lo los lectores entienden.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Hay quien pierde una casa.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Hay quien pierde una fortuna.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Hay quien pierde una patria.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Y hay quienes pierden un libro sabiendo que nunca volver\u00e1n a encontrar exactamente ese mismo ejemplar, con las huellas de unos dedos, con las manchas de humedad, con el olor de un tiempo que tampoco regresar\u00e1.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Los libros tambi\u00e9n conocen el exilio.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Viajan de unas manos a otras, sobreviven a incendios, a guerras, a herencias mal repartidas y a bibliotecas olvidadas. Algunos desaparecen para siempre. Otros vuelven inesperadamente, igual que esos amigos de la infancia que reaparecen cuando ya hab\u00edamos aprendido a vivir sin ellos.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Quiz\u00e1 por eso nunca pude desprenderme de un libro sin experimentar una ligera sensaci\u00f3n de abandono.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Recuerdo que una tarde, hojeando un volumen dedicado a Jacques-Louis David, encontr\u00e9 una pintura que me oblig\u00f3 a cerrar el libro durante unos minutos.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Era <\/strong><em><strong>Belisario pidiendo limosna<\/strong><\/em><strong>.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>No supe inmediatamente por qu\u00e9 aquella imagen me hab\u00eda herido.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Belisario hab\u00eda sido el m\u00e1s grande general de Justiniano.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Hab\u00eda conquistado ciudades, derrotado ej\u00e9rcitos, ampliado las fronteras del Imperio y conocido una gloria que pocos hombres alcanzan.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Sin embargo, bastaron las intrigas de la corte y la ingratitud de un emperador para convertirlo en un anciano olvidado.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>En el cuadro aparece sentado junto a un ni\u00f1o.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Las manos extendidas.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>No tienen el gesto de quien exige.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Tienen la humildad de quien ya no espera justicia.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Permanec\u00ed largo rato mir\u00e1ndolo.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Sent\u00eda que aquella escena no hablaba \u00fanicamente de un general bizantino.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Hablaba de todos los hombres que alguna vez fueron expulsados de la vida que cre\u00edan haber conquistado.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Belisario termin\u00f3 sus d\u00edas lejos de la gloria.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Y quiz\u00e1 por eso sent\u00ed hacia \u00e9l una fraternidad inmediata.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>No porque nuestras historias se parecieran.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Sino porque reconoc\u00ed en sus ojos esa expresi\u00f3n que s\u00f3lo poseen quienes han comprendido que el destierro empieza mucho antes de abandonar un pa\u00eds.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Empieza el d\u00eda en que uno deja de sentirse esperado.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Con el tiempo descubr\u00ed que los exiliados terminamos reconoci\u00e9ndonos sin necesidad de palabras.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Da igual que hayan vivido en Bizancio, en Florencia, en Guatemala o en Par\u00eds.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Hay una manera de mirar las estaciones.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Una forma de detenerse delante de los puentes.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Una manera de escuchar el nombre de una ciudad.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Es algo casi imperceptible.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Como una m\u00fasica que s\u00f3lo alcanza a o\u00edr quien tambi\u00e9n ha tenido que marcharse.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Los siglos cambian.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Las fronteras se desplazan.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Los imperios desaparecen.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Pero la herida permanece id\u00e9ntica.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>La nostalgia habla siempre el mismo idioma.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Y el hombre que vive lejos termina perteneciendo, poco a poco, a esa naci\u00f3n invisible donde s\u00f3lo habitan quienes llevan consigo una patria que ya no cabe en ning\u00fan mapa.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Belisario termin\u00f3 sus d\u00edas lejos de la gloria.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Y quiz\u00e1 por eso sent\u00ed hacia \u00e9l una fraternidad inmediata.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>No porque nuestras historias fueran semejantes. Ning\u00fan emperador me hab\u00eda condenado al destierro, ni yo hab\u00eda dirigido jam\u00e1s un ej\u00e9rcito. Pero comprend\u00ed que el exilio posee una extra\u00f1a democracia. Reduce todas las biograf\u00edas a una misma condici\u00f3n. Al final importa poco haber sido general, poeta, campesino o estudiante. Todos terminamos aprendiendo el mismo oficio: sobrevivir.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Fue entonces cuando dej\u00e9 de mirar el cuadro.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Comenc\u00e9 a reconocerme en \u00e9l.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Porque tambi\u00e9n yo hab\u00eda conocido esa manera discreta de extender las manos sin pedir limosna. Esa forma silenciosa de aceptar trabajos que nunca imaginamos para seguir creyendo que el ma\u00f1ana todav\u00eda era posible.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Durante dos meses recog\u00ed basura en las calles de Marsella.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Sal\u00edamos cuando la ciudad a\u00fan dorm\u00eda y s\u00f3lo los camiones de limpieza parec\u00edan conocer el secreto de aquellas madrugadas. Las bolsas rotas dejaban escapar un olor agrio que terminaba instal\u00e1ndose en las manos, en la ropa y hasta en los pensamientos. Hay olores que desaparecen con el agua. Otros permanecen mucho tiempo dentro de la memoria.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Nos repet\u00edamos una frase que hab\u00eda aprendido al llegar a Francia:<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>\u00abNo se puede vivir sin amor propio\u00bb<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Era verdad.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Nunca he cre\u00eddo que un trabajo pueda quitarle dignidad a un hombre. La dignidad no vive en el oficio, sino en la manera de ejercerlo. Pero existe una diferencia que s\u00f3lo los emigrantes comprenden: una cosa es trabajar con orgullo y otra muy distinta aceptar cualquier cosa para no dejar de existir.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>\u00c9ramos dos sombras empujando los desperdicios de una ciudad magn\u00edfica para conservar aquella ayuda miserable destinada a los refugiados.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Hab\u00eda ma\u00f1anas en que el coraz\u00f3n pesaba m\u00e1s que los contenedores.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Fue all\u00ed donde comprend\u00ed una verdad que todav\u00eda me acompa\u00f1a.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>El orgullo tambi\u00e9n tiene hambre.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Y cuando el hambre aprieta durante demasiado tiempo, uno termina negociando con aquello que jur\u00f3 no vender jam\u00e1s.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>El m\u00edo resisti\u00f3 exactamente dos meses.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>El d\u00eda que abandon\u00e9 Marsella no llevaba m\u00e1s dinero que el necesario para seguir avanzando, pero recuperaba algo infinitamente m\u00e1s valioso.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Mi dignidad.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Comprend\u00ed entonces que la pobreza no consiste \u00fanicamente en carecer de bienes. Tambi\u00e9n puede consistir en olvidar qui\u00e9n se es.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Y despu\u00e9s vino Florencia.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Todav\u00eda hoy me parece imposible escribir esa frase sin sentir que alguien exagera mi propia vida.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Yo, el muchacho que durante las noches hab\u00eda recorrido Europa con los ojos pegados a los libros y que durante las madrugadas recog\u00eda basura para sobrevivir, caminaba finalmente hacia el Ponte Vecchio.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>No iba simplemente a conocer un puente.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Iba al encuentro de una promesa.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Durante a\u00f1os aquel puente hab\u00eda existido \u00fanicamente dentro de mi imaginaci\u00f3n. Lo cruzaba mientras dorm\u00eda, mientras trabajaba, mientras esperaba un tren o permanec\u00eda sentado en una estaci\u00f3n cualquiera. El Ponte Vecchio era menos un lugar que una forma de esperanza.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Entonces comprend\u00ed que los sue\u00f1os tambi\u00e9n construyen ciudades.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>No las levantan con piedra ni con ladrillos.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Las construyen dentro de nosotros.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Y cuando por fin llegamos a ellas sentimos la extra\u00f1a impresi\u00f3n de estar regresando a un sitio donde nunca antes hab\u00edamos estado.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Detr\u00e1s del Ponte Vecchio aparec\u00eda siempre Giorgio Vasari.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Sus <\/strong><em><strong>Vidas de los m\u00e1s excelentes pintores, escultores y arquitectos<\/strong><\/em><strong> me hab\u00edan ense\u00f1ado que el arte nunca nace de la perfecci\u00f3n. Nace de una obsesi\u00f3n. Del deseo profundamente humano de permanecer un instante m\u00e1s que el tiempo.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Gracias a \u00e9l conoc\u00ed a Dominico Bigordi, aquel artesano que fabricaba guirnaldas para las muchachas florentinas y que terminar\u00eda entrando en la historia con el nombre de Ghirlandaio. Comprend\u00ed que incluso los grandes artistas hab\u00edan comenzado siendo hombres corrientes, aprendices que todav\u00eda ignoraban que un d\u00eda el mundo pronunciar\u00eda sus nombres con respeto.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cada historia escondida detr\u00e1s de un fresco, de una escultura o de una iglesia me produc\u00eda el mismo v\u00e9rtigo.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Porque empezaba a sospechar que toda obra de arte nace de una herida.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>De una ausencia.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>De una necesidad desesperada de impedir que el tiempo tenga la \u00faltima palabra.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Pero detr\u00e1s de Vasari siempre terminaba apareciendo otro hombre.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Dante Alighieri.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Era imposible caminar por Florencia sin sentir que su sombra segu\u00eda doblando las esquinas de las calles estrechas, cruzando los puentes sobre el Arno o deteni\u00e9ndose unos instantes frente a las viejas piedras que todav\u00eda conservaban el color de la Edad Media.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Dante tambi\u00e9n hab\u00eda conocido el exilio.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Tambi\u00e9n hab\u00eda perdido su ciudad.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Tambi\u00e9n hab\u00eda aprendido que hay puertas que un hombre abandona creyendo que volver\u00e1 a cruzarlas y que, sin embargo, permanecen cerradas para siempre.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Quiz\u00e1 por eso nunca pude leer la <\/strong><em><strong>Divina Comedia<\/strong><\/em><strong> como un simple poema.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Era el largo regreso de un desterrado que sab\u00eda que algunas patrias s\u00f3lo contin\u00faan existiendo dentro de la memoria.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Todav\u00eda hoy resuenan en m\u00ed aquellas palabras grabadas sobre la puerta del Infierno:<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>\u00abPor m\u00ed se va a la ciudad doliente,<br>por m\u00ed se va al eterno dolor,<br>por m\u00ed se va entre la gente perdida\u2026\u00bb<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>No s\u00e9 cu\u00e1ntas veces repet\u00ed esos versos mientras intentaba convencerme de que el infierno no exist\u00eda.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Y, sin embargo, comprend\u00eda cada vez mejor que Dante no hablaba solamente del otro mundo.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Hablaba tambi\u00e9n de \u00e9ste.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Porque todo emigrante atraviesa alguna vez un infierno silencioso.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>No siempre tiene fuego.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>A veces tiene la forma de una estaci\u00f3n vac\u00eda.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>De una habitaci\u00f3n alquilada.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>De una madrugada recogiendo basura.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>De un idioma que todav\u00eda no consigue pronunciar nuestro nombre.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Pero incluso all\u00ed, en medio del cansancio y de la incertidumbre, segu\u00eda creyendo que los libros conoc\u00edan un camino que la realidad todav\u00eda ignoraba.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Quiz\u00e1 por eso continu\u00e9 leyendo.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Porque hab\u00eda comprendido que un hombre puede perder un pa\u00eds, una casa, un trabajo, incluso una parte de s\u00ed mismo.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Pero mientras conserve la capacidad de imaginar otro horizonte, el exilio todav\u00eda no habr\u00e1 pronunciado la \u00faltima palabra.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>El Mitomano Novela para nosotros Manuel Jos\u00e9 y yo<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>1989<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Siempre he viajado en las palabras que amo. 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