{"id":1036,"date":"2026-07-30T17:28:48","date_gmt":"2026-07-30T15:28:48","guid":{"rendered":"https:\/\/luis-paraiso.art\/?p=1036"},"modified":"2026-08-12T20:52:24","modified_gmt":"2026-08-12T18:52:24","slug":"martin-sanchez-un-amigo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/luis-paraiso.art\/?p=1036","title":{"rendered":"Martin Sanchez Ixcaragua"},"content":{"rendered":"\n<h1 class=\"wp-block-heading\">Martin Sanchez Un amigo<\/h1>\n\n\n\n<p><strong>Se Llama Mart\u00edn S\u00e1nchez y tambi\u00e9n se fue para el otro lado<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Hace meses que esta idea se pasea por mi cabeza como un animal antiguo que hubiera encontrado en mis recuerdos el \u00fanico lugar donde todav\u00eda puede dormir. No me extra\u00f1a. Desde hace muchos a\u00f1os convivo con los fantasmas del pasado, con los vagabundos de mi infancia que siguen caminando por los mismos senderos de tierra, como si el tiempo hubiera olvidado borrarlos y ellos se empe\u00f1aran en impedir que aquellos caminos llegaran alguna vez a su final. De d\u00eda, cuando el sol apenas alcanza para espantar la nostalgia, y de noche, cuando el sue\u00f1o se niega a cerrar los ojos, esa idea galopa dentro de m\u00ed atravesando mi infancia, mi adolescencia y el instante preciso en que abandon\u00e9 aquella tierra donde estaban enterrados todos los nombres que alguna vez pronunci\u00e9 con amor.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n\n\n<div class=\"wp-block-image\">\n<figure class=\"aligncenter size-large is-resized\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" width=\"755\" height=\"1024\" src=\"https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/familia-165-755x1024.jpg\" alt=\"\" class=\"wp-image-1045\" style=\"width:348px;height:auto\" srcset=\"https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/familia-165-755x1024.jpg 755w, https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/familia-165-221x300.jpg 221w, https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/familia-165-768x1042.jpg 768w, https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/familia-165.jpg 1020w\" sizes=\"auto, (max-width: 755px) 100vw, 755px\" \/><\/figure><\/div>\n\n\n<p><strong>Mi partida\u2026 Tal vez sea esa la raz\u00f3n que me despierta antes del alba y que tantas noches me deja mirando la oscuridad hasta que cantan los gallos. Haber salido de Quetzaltenango con las manos vac\u00edas, como lo hicieron cientos de hombres antes que yo y miles despu\u00e9s, sin saber que la pobreza no era el equipaje m\u00e1s pesado. Me fui creyendo que s\u00f3lo abandonaba una ciudad, sin sospechar que tambi\u00e9n dejaba atr\u00e1s el amor de mi vida, y que uno puede sobrevivir al hambre, al fr\u00edo y al exilio, pero rara vez sobrevive intacto al lugar donde dej\u00f3 su coraz\u00f3n.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cuando uno abandona la tierra donde aprendi\u00f3 a caminar, no se marcha solo. Carga sobre los hombros la voz del padre llam\u00e1ndolo desde el patio, las manos de la madre acomodando la mesa para una cena que nunca volver\u00e1 a repetirse, las risas de los hermanos, los amigos que prometieron esperarlo para siempre y las traiciones que, con el tiempo, terminan pareci\u00e9ndose demasiado a los viejos amores. Porque son precisamente esas traiciones, y los amores rotos por el desenga\u00f1o, los que nos vuelven hombres mientras lloramos en silencio por los caminos del destierro, convencidos de que nadie escucha el ruido que hace un coraz\u00f3n cuando se rompe lejos de su casa.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n\n\n<div class=\"wp-block-image\">\n<figure class=\"aligncenter size-large is-resized\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" width=\"1024\" height=\"789\" src=\"https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/Sans-titre-8-1024x789.jpg\" alt=\"\" class=\"wp-image-1046\" style=\"width:438px;height:auto\" srcset=\"https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/Sans-titre-8-1024x789.jpg 1024w, https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/Sans-titre-8-300x231.jpg 300w, https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/Sans-titre-8-768x592.jpg 768w, https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/Sans-titre-8.jpg 1362w\" sizes=\"auto, (max-width: 1024px) 100vw, 1024px\" \/><\/figure><\/div>\n\n\n<p><strong>Muchos partieron detr\u00e1s de m\u00ed. Algunos se quedaron para siempre en alg\u00fan rinc\u00f3n del camino donde nadie recuerda sus nombres. Otros regresaron antes de cruzar la mitad del desierto porque comprendieron que tambi\u00e9n existe una derrota digna. Algunos atravesaron el r\u00edo, vencieron la frontera, burlaron a la aduana y encontraron al otro lado los amores que hab\u00edan perdido o, al menos, encontraron alguien que les hizo creer durante un tiempo que el pasado pod\u00eda olvidarse.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Me contaron que, all\u00e1 por Veracruz, en M\u00e9xico, existe un grupo de mujeres que espera el paso del tren con los ojos llenos de una misericordia que s\u00f3lo conocen las madres. Cuando aparece aquella inmensa bestia de hierro, lanzan bolsas con comida y botellas de agua a los migrantes que viajan aferrados a los vagones como si abrazaran el \u00faltimo pedazo de esperanza que les queda. Dicen que algunas rezan mientras lanzan el pan, porque saben que el tren devora hombres con la misma facilidad con la que otros animales devoran la hierba.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Siempre he pensado que los nombres no nacen por casualidad. Los nombres de las personas, de los pueblos, de los r\u00edos, de los apellidos y hasta de los apodos esconden una historia que s\u00f3lo el tiempo conoce por completo. Esa bestia de hierro me hace recordar a mi abuelo, quien aseguraba que cuando el primer tren lleg\u00f3 a su aldea la gente corr\u00eda a esconderse detr\u00e1s de los \u00e1rboles y de las paredes de adobe. \u00ab\u00a1Corran, muchachos, que ya viene el Perrocarril!\u00bb, gritaban, pronunciando aquella palabra con el mismo temor con que otros nombraban al diablo, porque el tren parec\u00eda un animal descomunal que resoplaba humo negro y sacud\u00eda la tierra como si anunciara el fin del mundo.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n\n\n<div class=\"wp-block-image\">\n<figure class=\"aligncenter size-large is-resized\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" width=\"768\" height=\"1024\" src=\"https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/WhatsApp-Image-2026-08-05-at-14.44.50-2-768x1024.jpeg\" alt=\"\" class=\"wp-image-1047\" style=\"width:336px;height:auto\" srcset=\"https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/WhatsApp-Image-2026-08-05-at-14.44.50-2-768x1024.jpeg 768w, https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/WhatsApp-Image-2026-08-05-at-14.44.50-2-225x300.jpeg 225w, https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/WhatsApp-Image-2026-08-05-at-14.44.50-2-1152x1536.jpeg 1152w, https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/WhatsApp-Image-2026-08-05-at-14.44.50-2.jpeg 1530w\" sizes=\"auto, (max-width: 768px) 100vw, 768px\" \/><\/figure><\/div>\n\n\n<p><strong>Pero esa bestia nos lleva todav\u00eda m\u00e1s lejos, hasta hace m\u00e1s de dos mil quinientos a\u00f1os, cuando Alejandro Magno logr\u00f3 domesticar a un caballo salvaje llamado Buc\u00e9falo, la cabeza de toro, cuya bravura era tan grande que s\u00f3lo acept\u00f3 inclinarse ante un hombre que supo mirarlo sin miedo. Montado sobre aquel caballo conquist\u00f3 imperios enteros, como si la historia hubiera decidido que los hombres nacidos para marcharse s\u00f3lo pod\u00edan hacerlo sobre criaturas indomables.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Plutarco cuenta que Buc\u00e9falo era tan feroz que muchos cre\u00edan que descend\u00eda de las yeguas de Diomedes, aquellas bestias que se alimentaban de carne humana y que H\u00e9rcules tuvo que capturar en uno de sus doce trabajos. Encadenadas por un rey tan cruel como ellas, devoraban a los viajeros inocentes que ten\u00edan la desgracia de pasar por sus dominios. Desde entonces he pensado que las bestias nunca desaparecen; simplemente cambian de piel para seguir aliment\u00e1ndose de los hombres.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Hoy ya no tienen forma de caballo.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Tienen ruedas de acero.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cruzan la noche con un silbido interminable.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Y siguen aliment\u00e1ndose de la carne de los migrantes.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>No hace falta decir nada m\u00e1s.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Todo este rodeo, que parece desviarse entre trenes, caballos y caminos de destierro, no ha sido m\u00e1s que la manera que tiene la memoria de prepararme para hablar de un hombre al que nunca consegu\u00ed olvidar. Porque los recuerdos son como los r\u00edos de la monta\u00f1a: jam\u00e1s avanzan en l\u00ednea recta; dan vueltas, desaparecen bajo las piedras y reaparecen muchos kil\u00f3metros despu\u00e9s, como si hubieran estado buscando el momento preciso para volver a la superficie.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Ese hombre se llamaba Mart\u00edn S\u00e1nchez.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>\u00c9l tambi\u00e9n emprendi\u00f3 el viaje hacia el otro lado. Nunca supe con certeza cu\u00e1l fue el sendero que eligi\u00f3 ni cu\u00e1ntas fronteras tuvo que dejar atr\u00e1s para encontrarse con el hombre en que habr\u00eda de convertirse, pero s\u00ed s\u00e9 que la vida lo llev\u00f3 tan lejos que un d\u00eda dej\u00f3 de pertenecer \u00fanicamente al barrio para convertirse en uno de esos hijos errantes que la memoria adopta como propios. Sin embargo, a diferencia de tantos que parten creyendo que el regreso es una palabra inventada por los viejos, Mart\u00edn fue de los que volvieron. Hay hombres que regresan con las manos llenas de prosperidad y otros que vuelven llevando solamente el peso invisible de los silencios recogidos durante el camino. Nunca le pregunt\u00e9 cu\u00e1l de esas dos cargas tra\u00eda consigo, porque comprend\u00ed hace mucho tiempo que existen preguntas cuya respuesta s\u00f3lo puede escribirla el tiempo cuando ya nadie la espera.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Ven\u00eda de una familia trabajadora. Era de esas casas donde el pan parec\u00eda ganarse dos veces: primero con el sudor y despu\u00e9s con la paciencia. Ten\u00eda una madre y un padre conocidos en el barrio por la dignidad con que enfrentaban la vida, como si cada amanecer fuera una deuda que hab\u00eda que pagar con trabajo. Dec\u00edan que su padre era un hombrazo de esos a quienes el esfuerzo jam\u00e1s les produc\u00eda miedo, hombres hechos de la misma madera con que se fabricaban las antiguas puertas de cedro: resistentes al sol, a la lluvia, a los a\u00f1os y a las desgracias.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Se llamaba V\u00edctor Antonio S\u00e1nchez, aparentado con los Yescas por el lado de su madre.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Pero hasta los \u00e1rboles m\u00e1s fuertes esconden ramas torcidas. Como tantos hombres de su tiempo, don V\u00edctor llevaba consigo el defecto de quienes viv\u00edan demasiado lejos del hogar y terminaban repartiendo el coraz\u00f3n entre varias casas, varias mujeres y varios hijos. Aquella no fue solamente una herida para Mart\u00edn; fue, sobre todo, el sufrimiento silencioso de su madre el que \u00e9l aprendi\u00f3 a cargar desde ni\u00f1o, como otros cargan un apellido o una cruz.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>A veces pienso que, si Mart\u00edn hubiera querido resumir toda aquella historia en una sola frase, habr\u00eda dicho con esa iron\u00eda triste que s\u00f3lo poseen los hijos lastimados: \u00abEl chaleco de padre le qued\u00f3 demasiado grande.\u00bb Porque parece que don V\u00edctor nunca logr\u00f3 decidirse por una sola hoguera donde calentarse del fr\u00edo de la vida. Siempre hab\u00eda otra puerta, otro techo, otros hijos reclamando un pedazo del mismo afecto. Y Mart\u00edn creci\u00f3 viendo c\u00f3mo su madre soportaba aquella ausencia que se repet\u00eda incluso cuando el padre estaba presente. Entonces comprendi\u00f3 que, en ocasiones, el amor de un hijo consiste \u00fanicamente en acercarse a la mujer que le dio la vida y decirle, con la sencillez de quien no puede reparar el mundo: \u00abMadre, aqu\u00ed estoy.\u00bb<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Ella era una mujer silenciosa, de esas que jam\u00e1s necesitaban levantar la voz para hacerse respetar. Mientras nosotros atraves\u00e1bamos la adolescencia crey\u00e9ndonos due\u00f1os del mundo, la ve\u00edamos caminar por las calles del barrio con una elegancia que no depend\u00eda de la ropa sino de la serenidad con que llevaba la vida sobre los hombros. Caminaba ligera, con la mirada siempre puesta hacia adelante, como si conociera un destino que los dem\u00e1s todav\u00eda ignor\u00e1bamos y no tuviera necesidad de explic\u00e1rselo a nadie.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n\n\n<div class=\"wp-block-image\">\n<figure class=\"aligncenter size-large is-resized\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" width=\"768\" height=\"1024\" src=\"https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/WhatsApp-Image-2026-08-05-at-14.44.50-1-768x1024.jpeg\" alt=\"\" class=\"wp-image-1048\" style=\"width:405px;height:auto\" srcset=\"https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/WhatsApp-Image-2026-08-05-at-14.44.50-1-768x1024.jpeg 768w, https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/WhatsApp-Image-2026-08-05-at-14.44.50-1-225x300.jpeg 225w, https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/WhatsApp-Image-2026-08-05-at-14.44.50-1-1152x1536.jpeg 1152w, https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/WhatsApp-Image-2026-08-05-at-14.44.50-1.jpeg 1530w\" sizes=\"auto, (max-width: 768px) 100vw, 768px\" \/><\/figure><\/div>\n\n\n<p><strong>Cuando se cruzaba con las otras mujeres del barrio las saludaba con aquella mezcla de respeto, pudor y discreci\u00f3n que distingu\u00eda a las madres de entonces, mujeres educadas para sostener una familia sin hacer ruido, convencidas de que la bondad era una forma de fortaleza que no necesitaba demostraciones. Hab\u00eda en su manera de sonre\u00edr una antigua resignaci\u00f3n que s\u00f3lo ahora, tantos a\u00f1os despu\u00e9s, he aprendido a comprender.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Fue el nombre de do\u00f1a Silvia el que comenz\u00f3 a tirar de un hilo que llevaba siglos enterrado. Al principio pens\u00e9 que era solamente una curiosidad, una de esas preguntas que aparecen una tarde cualquiera y que desaparecen antes del anochecer. Pero ocurri\u00f3 lo contrario. Bast\u00f3 seguir el rastro de su apellido para que empezaran a abrirse, una tras otra, las puertas de una casa construida con generaciones enteras.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Entonces comprend\u00ed que los antepasados nunca mueren del todo. Permanecen aguardando en los archivos, en las partidas de bautismo, en los libros olvidados por los escribanos y, sobre todo, en la sangre de quienes todav\u00eda los llevan sin saberlo.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>As\u00ed fueron apareciendo.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Primero Sebasti\u00e1n de Paz, nacido en 1749, junto a Micaela Chapeta, nacida en 1753, como si hubieran permanecido dos siglos esperando que alguien volviera a pronunciar sus nombres.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Despu\u00e9s Jos\u00e9 Mateo de Paz Chapeta, 1775, y Antonia Garc\u00eda, 1774.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>M\u00e1s tarde Siriaco Jos\u00e9 de Paz Garc\u00eda, 1799, acompa\u00f1ado de Mar\u00eda Ignacia Coyoy Quixt\u00e1n, 1803.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Luego Jos\u00e9 Alejandro de Paz Coyoy, 1843, y Mar\u00eda Antonia Cojulum, 1846.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Vinieron despu\u00e9s Pedro de Paz Cojulum, 1865, y Albina Pac Coyoy, 1864.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>M\u00e1s adelante Mart\u00edn Obispo de Paz Pac, 1893, junto a Felisa Emilia Chajchalac, 1892.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Y finalmente Delfina de Paz Chajchalac, 1812, y Miguel Ixcaragua Tezo, 1810.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>No eran solamente nombres. Eran los escalones invisibles por los que hab\u00eda descendido el tiempo hasta llegar a una mujer llamada Silvia. Cada uno hab\u00eda entregado al siguiente un gesto, una tristeza, una manera de mirar el mundo o una palabra destinada a sobrevivir.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Por eso, cuando en 1939 do\u00f1a Silvia apareci\u00f3 en la historia, comprend\u00ed que en realidad no estaba llegando. Ven\u00eda caminando desde hac\u00eda casi doscientos a\u00f1os. Ya exist\u00eda en los sue\u00f1os de quienes jam\u00e1s alcanzaron a conocerla; viv\u00eda en la esperanza de sus abuelos, en el cansancio de sus bisabuelos y en la obstinaci\u00f3n silenciosa de todos aquellos que, sin saberlo, trabajaron para que un d\u00eda ella pudiera nacer.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Fue entonces cuando record\u00e9 una pregunta que me hizo un ni\u00f1o muchos a\u00f1os atr\u00e1s.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>\u2014<strong>\u00bfD\u00f3nde estaba yo antes de nacer?<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>En aquel momento respond\u00ed con la rapidez de quien cree conocer la respuesta.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>\u2014<strong>Ya estabas en los pensamientos de tu pap\u00e1 y de tu mam\u00e1.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Con los a\u00f1os descubr\u00ed que hab\u00eda dicho s\u00f3lo una peque\u00f1a parte de la verdad. Tambi\u00e9n estaba en los pensamientos de todos los que vinieron antes; en los hijos que no alcanzaron a conocer, en las cosechas que sembraron, en las guerras que sobrevivieron, en los caminos que recorrieron y hasta en las palabras que olvidaron decir. Porque nadie nace \u00fanicamente de dos personas. Nace de una multitud de vidas que contin\u00faan respirando dentro de una sola.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Muchos a\u00f1os despu\u00e9s, cuando la distancia ya hab\u00eda convertido a Quetzaltenango en un lugar al que solamente pod\u00eda regresar con la memoria, comenzaron a llegarme largas cartas y, m\u00e1s tarde, interminables correos electr\u00f3nicos escritos por los amigos que permanecieron en el barrio. Me contaban peque\u00f1as noticias que para cualquier otro habr\u00edan sido insignificantes, pero que para m\u00ed ten\u00edan el peso de una patria entera.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>\u00ab\u00bfTe acord\u00e1s de aquel&#8230;?\u00bb<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Y entonces empezaban a desfilar los nombres como si un viejo maestro estuviera pasando lista en una escuela que el tiempo se hubiera negado obstinadamente a cerrar.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>El Chino.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>El Chapis.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>El Moncho.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>El Colocho.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Y, tarde o temprano, siempre aparec\u00eda Mart\u00edn S\u00e1nchez.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Porque hay personas que nunca terminan de irse. Permanecen viviendo en la memoria de quienes compartieron con ellas una calle polvorienta, un partido de f\u00fatbol, una tarde de lluvia o un pedazo de infancia. Mientras alguien siga pronunciando su nombre, ellos contin\u00faan caminando por las calles del barrio La Cumbre y de El Caracol, donde el tiempo parece haber aprendido el antiguo y misterioso oficio de quedarse inm\u00f3vil.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Me acuerdo bien de la casa de Mart\u00edn. De eso hace ya muchos a\u00f1os; por modestia no dir\u00e9 que milenios, aunque quienes vivimos ese momento sintamos exactamente lo mismo.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Una ma\u00f1ana ah\u00ed por las diez , subiendo la cuesta de El Caracol, me top\u00e9 con una noticia que alborotaba al vecindario. Resulta que en su casa, mientras hac\u00edan unos trabajos de terracer\u00eda y excavaciones dom\u00e9sticas, la familia S\u00e1nchez Ixcaragua se hab\u00eda tropezado con algo ins\u00f3lito. Al picar la tierra profunda, desenterraron una estructura masiva y petrificada. Al principio la confundieron con una roca extra\u00f1a o un escombro viejo, pero result\u00f3 ser el caparaz\u00f3n y los restos \u00f3seos de un armadillo gigante, un megamam\u00edfero del Pleistoceno que hab\u00eda elegido el patio de Mart\u00edn para dormir su siesta milenaria.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Creo que ese momento propici\u00f3 la primera vez que charl\u00e9 con \u00e9l. Me detuve en el port\u00f3n de su casa, hipnotizado por el misterio que brotaba del suelo. Hablamos de la bestia prehist\u00f3rica y, en un gesto que nunca olvid\u00e9, Mart\u00edn me regal\u00f3 algunos pedazos de aquel caparaz\u00f3n petrificado. Guard\u00e9 durante a\u00f1os esos fragmentos, cuid\u00e1ndolos como si fueran el trozo de un tatuaje milenario arrancado de la mism\u00edsima casa de Mart\u00edn.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Luego supe que se fue a la Costa a trabajar en la finca de su madre. De esa tierra brotaba lo esencial para el mantenimiento de la familia. No eran pobres, pero viv\u00edan con esa discreci\u00f3n tan propia de sus otros parientes, los de Paz; gente que conoc\u00eda perfectamente el verdadero valor del pisto. Sin embargo, las cosas cambiaron. Mart\u00edn dej\u00f3 de labrar la tierra del sur y, poco a poco, fue despose\u00eddo de aquella fortuna heredada de su madre.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Supe despu\u00e9s que agarr\u00f3 camino para el Norte. All\u00e1 se la rif\u00f3 de la misma manera en que lo hacen todos: con t\u00edtulos o sin diplomas, con papeles o sin ellos, pero siempre con un costal de ganas a la espalda. Se march\u00f3 por unos quince a\u00f1os, tal vez m\u00e1s. Sospecho que fue una honda desilusi\u00f3n lo que termin\u00f3 por empujarlo a salir. Al final, siempre he cre\u00eddo que cuando ya no se posee nada, se conquista la libertad, porque ya nada te sujeta al suelo. A \u00e9l lo mov\u00eda algo m\u00e1s fuerte: el deseo urgente de convertirse en el brazo firme en el cual pudiera apoyarse su madre. Creo que eso fue lo que verdaderamente sucedi\u00f3.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Siempre he pensado que nosotros \u2014los exiliados, los migrantes, los desterrados\u2014 somos como Pulgarcitos. Vamos dejando en el camino pedacitos de nuestra infancia, las alegr\u00edas de la adolescencia, los primeros amores y nuestros primeros llantos, con la secreta esperanza de poder regresar. Porque, a pesar de todas las vicisitudes y los golpes de la vida, el amor es lo \u00fanico que permanece perenne.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Creo que fue una inmensa alegr\u00eda cuando do\u00f1a Silvia pudo irlo a ver. Y digo \u00abirlo a ver\u00bb porque hac\u00eda falta constatar que este hijo se hab\u00eda vuelto todo un hombre, y tener la convicci\u00f3n de que Mart\u00edn merec\u00eda cada gota del amor que ella le ten\u00eda.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n\n\n<div class=\"wp-block-image\">\n<figure class=\"aligncenter size-full is-resized\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" width=\"868\" height=\"667\" src=\"http:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/Martin-et-su-madre-dona-Silvia.png\" alt=\"\" class=\"wp-image-1049\" style=\"width:464px;height:auto\" srcset=\"https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/Martin-et-su-madre-dona-Silvia.png 868w, https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/Martin-et-su-madre-dona-Silvia-300x231.png 300w, https:\/\/luis-paraiso.art\/wp-content\/uploads\/2026\/07\/Martin-et-su-madre-dona-Silvia-768x590.png 768w\" sizes=\"auto, (max-width: 868px) 100vw, 868px\" \/><\/figure><\/div>\n\n\n<p><strong>Tiempo despu\u00e9s, supe que regres\u00f3 a Quetzaltenango. Lo encontr\u00e9 por la novena avenida; yo iba con Arturo del brazo. Nos vimos. Aunque no s\u00e9 si la palabra exacta sea <\/strong><em><strong>verse<\/strong><\/em><strong>; creo que ser\u00eda m\u00e1s prudente decir que nos reconocimos por los pasos que regresan y por la sonrisa de satisfacci\u00f3n de haber cumplido la misi\u00f3n que nos confi\u00f3 el destino.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Lo vi una vez m\u00e1s por la misma calle. Tambi\u00e9n iba Arturo conmigo. Ese d\u00eda nos abrazamos como dos viejos amigos. El tiempo hab\u00eda pasado, pero no en vano; Mart\u00edn reflejaba esa felicidad madura que solo se conquista con la fuerza de car\u00e1cter.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Para Mart\u00edn, para nuestra infancia, para nuestros amigos.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Luis<\/strong><em><strong>Para\u00edso,  Nice Francia, 1977 \u2013 Terminado en Montauroux, 2026.<\/strong><\/em><\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Martin Sanchez Un amigo Se Llama Mart\u00edn S\u00e1nchez y tambi\u00e9n se fue para el otro lado Hace meses que esta idea se pasea por mi cabeza como un animal antiguo que hubiera encontrado en mis recuerdos el \u00fanico lugar donde&#8230;<\/p>\n","protected":false},"author":2,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-1036","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-non-classe"],"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/luis-paraiso.art\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/1036","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/luis-paraiso.art\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/luis-paraiso.art\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/luis-paraiso.art\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/2"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/luis-paraiso.art\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=1036"}],"version-history":[{"count":3,"href":"https:\/\/luis-paraiso.art\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/1036\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":1072,"href":"https:\/\/luis-paraiso.art\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/1036\/revisions\/1072"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/luis-paraiso.art\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=1036"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/luis-paraiso.art\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=1036"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/luis-paraiso.art\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=1036"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}